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La visita del papa a Perú vuelve a poner a la luz los casos de abuso en el Sodalicio

Un cartel da la bienvenida al papa Francisco en el malecón de Lima días antes de su llegada a Perú. Un congresista envió una carta al representante del papa en el país solicitándole que se reuniera con las víctimas del Sodalicio durante su visita. Ernesto Benavides/Agence France-Presse — Getty Images

En las paredes de su cuarto en Colonia, Alemania, donde vivió los últimos años, no había un solo rastro que revelara que Álvaro Urbina era peruano. Nada recordaba al país donde había nacido y vivido hasta los 23 años, cuando decidió marcharse. “Dejé un poco atrás mi vida en el Perú”, dijo, una tarde del 2017, “y muchas veces me duele mucho recordar”.

Urbina se fue de Lima en 2004 y durante más de una década trató de evitar el pasado; pero un día del 2015, mientras revisaba Facebook, se topó con una noticia que lo obligó a recordar: el artículo decía que a Luis Fernando Figari y a Germán Doig —dos altos dirigentes del Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad católica a la que él se había unido de adolescente— se les acusaba de abusar sexual, física y psicológicamente de menores de edad y adultos jóvenes.

El Sodalicio de Vida Cristiana fue fundado en Perú en 1971 por Luis Fernando Figari, uno de los primeros líderes de la organización acusados de abuso por exsodálites, cuyos testimonios dieron a conocer los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz. Esta sociedad católica —formada por sacerdotes y laicos como Figari y aprobada por el papa Juan Pablo II— ha buscado establecer un grupo de religiosos devotos que viven en comunidad. Desde su fundación, el Sodalicio ha concentrado sus esfuerzos de evangelización entre la elite peruana, pero también tiene presencia en toda América Latina y en Estados Unidos. Algunos medios han reportado que la organización cuenta con más de 20.000 seguidores.

Después de ver aquella noticia, Álvaro Urbina siguió buscando y leyó en un blogque Jeffery Daniels, su antiguo guía espiritual en el Sodalicio, presuntamente había abusado de una cantidad indeterminada de adolescentes. No lo podía creer: “Yo estaba tan ciego que nunca supe que yo no había sido el único. Por eso siempre me quedé callado”, dijo esa tarde de abril en Colonia, donde vivía desde el 2012. Entonces decidió contar su historia: unos meses después, su testimonio salía publicado en la prensa peruana.

Urbina tiene 36 años, rastas largas y ojos claros. Es la única víctima de Daniels que ha dado su nombre públicamente para contar lo que vivió. “Podríamos decir que es mi forma de pago por todo esto”, dijo.

Cuando decidió hacerlo, aún faltaban casi dos años para que el Ministerio Público de Perú solicitara prisión preventiva para su antiguo guía espiritual, Jeffery Daniels, y otros tres exlíderes del Sodalicio, incluyendo a Figari. El fundador del Sodalicio y siete exlíderes fueron denunciados en mayo del 2016 por los delitos de secuestro, lesiones graves y asociación ilícita para delinquir.

La historia de Urbina forma parte de un episodio especial de Radio Ambulante sobre las víctimas de esta organización que se emite hoy, a un mes del pedido de prisión preventiva contra exlíderes del Sodalicio y dos días antes de la visita del papa Francisco a Perú, la primera de un pontífice al país en treinta años.

El miércoles 10 de enero, a una semana de su llegada, la oficina de prensa del Vaticano comunicó que Francisco había ordenado intervenir el Sodalicio a causa de la preocupación que le generan “todas las informaciones que, desde hace varios años, han ido llegando” sobre la organización.

‘No había manera de escapar para mí’

Álvaro Urbina tenía 14 años cuando fue a su primera actividad organizada por el Sodalicio. Allí conoció a Jeffery Daniels, quien le doblaba la edad. En ese tiempo, a mediados de los noventa, Daniels era uno de los laicos que lideraba a grupos de adolescentes de entre 12 y 16 años. Organizaba actividades, salidas y viajes. Abordaba temas religiosos de una manera divertida y accesible para los jóvenes.

Álvaro Urbina en la playa de Lobitos, Piura, Perú, diciembre de 2017. Enrique Rodríguez
Álvaro Urbina en la playa de Lobitos, Piura, Perú, diciembre de 2017. Enrique Rodríguez

Daniels era conocido por su actitud jovial, por hacer chistes y ser “chacotero”, dice Urbina. Esa irreverencia no era lo que él esperaba de un líder religioso: “Se dio la suerte para él de que nos caímos muy bien”, cuenta. Daniels también era cariñoso y Urbina dice que hacía sentir que “podías confiarle tus problemas, cualquier tipo de problemas”. Acoso escolar, sexo, tus padres. “Se volvía tu mejor amigo”.

Esa conexión era algo que Urbina anhelaba. No encajaba en su escuela privada de clase alta en Lima; tenía malas notas, sus compañeros lo acosaban, y estaba en peligro de ser suspendido por indisciplina. Sus padres se habían separado hacía poco y su papá había salido del país. En ese grupo liderado por Daniels, Urbina se sentía seguro. “Me hicieron sentir feliz”, dice, “me dieron un motivo para sonreír, que eso era algo que me faltaba desde que mi papá se fue”.

Un día, después de una de sus primeras salidas con el grupo, Daniels lo fue a dejar a casa. Estacionó el auto y empezó a hablarle sobre la confianza: le dijo que si era capaz de confiar en él, que se bajara los pantalones, cuenta Urbina. Luego le pidió que se bajara los calzoncillos. “Y también lo hice”, dice ahora Urbina, y recuerda que Daniels lo revisó como si estuviera haciendo una inspección médica.

Después de otra salida se repitió la escena, pero Urbina dice que esa vez tuvo un tono sexual. Para aquel chico solitario de 14 años, lo que pasaba con Daniels se sentía como el comienzo de una relación. “O sea: él sabía lo que me estaba dando a mí. Entonces, claro, desde ese punto de vista me tenía completamente amarrado psicológicamente”, dice.

Al principio Daniels lo visitaba una o dos veces a la semana, incluso cuando Urbina dejó de ir a las actividades del Sodalicio. Y durante los casi dos años que duraron sus encuentros sexuales, Urbina dice que Daniels nunca tuvo que pedirle que mantuviera en secreto lo que hacían. “No hacía falta”, dice Urbina, “hablar con mi madre o algo por el estilo hubiera sido, a mi mejor amigo y a la persona en la que más confiaba, tirarlo a los leones. No había manera de escapar para mí”.

Hasta que de repente, sin aviso, Daniels dejó de visitar. Después de meses sin tener noticias, Urbina llamó a la casa del Sodalicio donde vivía Daniels. La persona que contestó le dijo que se había mudado. Al poco tiempo Urbina se topó con él en una playa cerca de Lima. Recuerda que Daniels “tenía una cara de loco trastornado”, que hablaron por un minuto y le dijo que se tenía que ir. “Esa fue la última vez que hablé con él”.

Cinco años después, Urbina se fue de Perú y no volvería a saber sobre Daniels hasta doce años más tarde, cuando leyó el artículo con las acusaciones y decidió contar su historia. “Si lo hubiera sabido en ese momento, si me hubiera dado cuenta, si no hubiera sido tan ciego. Yo qué sé, tantos ‘si hubiera’”, me dijo esa tarde en Alemania.

En febrero del 2017, la página del Sodalicio publicó un informe que dice que Daniels “ha sido señalado como autor de abusos sexuales a por lo menos doce jóvenes varones”, pero que según testigos, hay más víctimas que no lo han denunciado. El documento es el resultado de una investigación realizada por expertos internacionales por encargo de Alessandro Moroni, quien figura como superior general del Sodalicio en la página web de la organización.

La experiencia de Urbina ahora es parte de una extensa lista de testimonios detallando abuso sexual, físico y psicológico por líderes del Sodalicio. Muchos están registrados en el libro Mitad monjes, mitad soldados, escrito por el periodista y exsodálite Pedro Salinas y la periodista Paola Ugaz.

Editorial Planeta
Editorial Planeta

El libro, publicado en el 2015, es el resultado de cinco años de investigación. Reúne treinta testimonios apuntando a Figari, retirado desde finales del 2010 y actualmente en Roma; a Doig, fallecido en el 2001, y a Daniels, quien según reportes recientes en el Chicago Tribune, vive en el estado de Illinois, en Estados Unidos. Ugaz cuenta que desde que comenzaron su investigación, a finales del 2010, han recogido más de cien testimonios.

Dentro del Sodalicio las acusaciones no eran nuevas. Según el informe antes citado, un menor denunció a Figari de abuso sexual en 1975, cuatro años después de que se fundó el Sodalicio. En los años siguientes hubo más denuncias contra Figari, Doig, Daniels y otros. Pero los primeros artículos sobre abuso físico y psicológico  no salieron hasta el 2000, gracias a una serie de columnas escritas por el exsodálite José Enrique Escardó Steck para la revista Gente. Como con los casos del sacerdote chileno Fernando Karadima o el mexicano Marcial Maciel, tuvieron que pasar décadas para que se destaparan estos abusos.

En el caso de Karadima, The New York Times reveló las primeras denuncias en su contra en el 2010. Las acusaciones se remontaban a los años ochenta. En febrero del 2011, el Vaticano declaró al sacerdote chileno culpable de abusar sexualmente de menores y le ordenó retirarse a una vida de oración. Cinco años antes había ordenado el retiro del mexicano Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo y acusado de abusar de menores durante décadas. Maciel falleció en el 2008.

En el caso de Figari, el Vaticano le ordenó que no regresara a Perú — “excepto por motivos muy graves” y con permiso escrito—, que no contactara a sodálites y que no hablara con los medios. Estas indicaciones son parte de una carta de enero del 2017 dirigida a Moroni, donde informan sobre el resultado de una “visita apostólica” que buscaba verificar las acusaciones contra el fundador del Sodalicio.

El sacerdote chileno Fernando Karadima se retira del tribunal después de declarar en un caso que tres de sus víctimas presentaron contra la iglesia católica, el 11 de noviembre de 2015 en Santiago. Luis Hidalgo/Associated Press
El sacerdote chileno Fernando Karadima se retira del tribunal después de declarar en un caso que tres de sus víctimas presentaron contra la iglesia católica, el 11 de noviembre de 2015 en Santiago. Luis Hidalgo/Associated Press

En mayo del 2016, Pedro Salinas y cuatro exsodálites demandaron a Figari y a otros antiguos líderes de la organización por delitos de secuestro, lesiones graves y asociación ilícita para delinquir. La fiscala a cargo del caso interrogó a Figari en Roma. Sin embargo, en enero del 2017 la fiscala archivó el caso alegando que no había suficientes pruebas y que los delitos habían prescrito.

Pero dos meses después otro fiscal reabrió el caso y el pasado 13 de diciembre el Ministerio Público pidió nueve meses de prisión preventiva para Figari, Daniels y otros dos exlíderes del Sodalicio: Virgilio Levaggi y Daniel Murguía.

La solicitud de prisión preventiva se hizo pública a un mes de la visita del papa Francisco a Perú. El congresista Alberto de Belaunde, quien lideró la creación de una comisión especial para investigar al Sodalicio, mandó una carta al representante del papa en Perú solicitando que el pontífice se reuniera con las víctimas del Sodalicio durante su visita del 18 al 21 de enero.

Hasta el lunes 15 de enero, el pedido de Belaunde no había obtenido respuesta. Pero, ocho días antes de la llegada de Francisco, el Vaticano anunció la intervención del Sodalicio, lo que algunos han considerado más una maniobra de relaciones públicas que un compromiso real por transformar la organización.

Álvaro Urbina regresó a Perú en agosto del 2017, después de trece años fuera. Ahora trabaja como fotógrafo de surf en una playa al norte de Lima. “Yo salí al extranjero a buscar respuestas”, dice. “Ahora estoy acá buscando asentar mis raíces y ayudar en lo máximo posible”. Una de las primeras cosas que hizo de vuelta en Lima fue testificar en la Fiscalía. “Si yo puedo ayudar a un niño a que no sea tocado por esa bestia, pues más que feliz de hacerlo, más que feliz”.


Fuente: NYTimes / Silvia Viñas

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