Centro Público

La Violencia: rasgo indeleble del fútbol

El futbol es el deporte más contemplado y practicado del país. Desafortunadamente la línea que separa al  sano entretenimiento del libertinaje suele desdibujarse entre las gradas de un estadio.

Su padre la cargaba en hombros mientras  se abría paso entre las gradas del Estadio Azteca. Ese día se enfrentaba el América contra el Cruz Azul en un partido rutinario de liguilla; no era una final, no era este un partido de relevancia, ni siquiera estaba en juego la clasificación de los equipos.

Para sorpresa de muchos, el hombre con niña en hombros se colocó frente a la porra americanista “La Monu” –como se le conoce- besó su camiseta del “Azul” y sonrió burlonamente. Las agresiones no se hicieron esperar. Botellas de agua, cerveza, cartones y una lluvia de insultos, acompañados de silbidos que simulaban mentadas de madre se dejaron ir sobre el individuo y también sobre la niña.

Han pasado más de 10 años desde que presencié la escena y aún recuerdo el rostro de terror de aquella pequeña. No puedo evitar sentir indignación ante la inconciencia del padre y ante la respuesta de aquel grupo de personas. Como este caso, muchos y peores. La violencia parece ser un rasgo indeleble del futbol.

La euforia está presente antes del juego y después del mismo. La pasión desbordada por muchos de los asistentes no se limita a lo 90 minutos que dura el encuentro. El aficionado se transforma ante la cercanía del evento; hace de la bandera del equipo su vestimenta, cubre su rostro con los colores representativos. Ya no es sólo él, es todos: los de la cancha, los de la banca y los que vienen detrás armados de objetos estridentes, haciendo mucho ruido y mucho lío por donde pasan.

Los disturbios comienzan desde las afueras de los estadios; usuarios del trasporte público, comerciantes, aficionados del equipo contrario y la autoridad –en su presentación de policías– son el blanco perfecto para grupos de aficionados que van agrediendo cuanta persona se cruza en su camino. Es un ritual violento; de agredir al contrincante y desafiar la autoridad.

Para muchos ir al estadio se ha convertido en todo un riesgo, se hace necesario evaluar la situación. “Voy, pero cuando no es contra los Pumas o el América. Si me lanzo no llevo la camiseta de mi equipo. A veces, aunque no te metas con los aficionados, el ser del equipo contrario ya te trae problemas”, comenta un joven.

Sería una falacia argumentar que cualquier individuo que se da cita en un estadio lo hace bajo una conducta violenta, lo cierto es que se pueden extraer segmentos dentro de los espectadores que muchas veces son generadores de desorden: me refiero a las barras o porras. La porra se ha convertido en sinónimo de agresividad. Lugar donde la adrenalina, las personalidades extremas y la ingesta de alcohol confluyen al ritmo de los tambores, los bombos y trompetas, rodeada de cuerpos policiacos preparados para la irrupción.

¿Y el juego? Bien gracias. En una suerte de trance, el fanático está frente el partido, pero no lo ve a detalle. La verdadera contienda está en la tribuna, donde la sola presencia del contrincante se devela como una provocación.

Antes, durante y después del partido, pareciera que en vez de disfrutar el encuentro se está en un estado de extrema vigilancia. Impera la predisposición  a la violencia: esperan el gesto ofensivo, el coro injurioso o la víctima perfecta para descargar en ella todo su coraje. ¿De qué? Desconozco. ¿Con qué finalidad? No lo sé. El extremo de la irracionalidad, donde esas acciones parecen tener razón de ser.

Lo cierto es que las barras de aficionados no nacieron por generación espontanea. Son el hijo malcriado de las directivas de los equipos; éstas se encargaron de impulsarlas y  hoy día no pueden poner freno a sus acciones. Viven gracias a las dadivas de lo dirigentes del futbol, reciben entradas, obsequios y hasta salarios.

¿A quién culpar entonces? ¿A los directivos o a los aficionados?. Los dos sin duda comparten culpas; por un lado las autoridades de los equipos deberían poner sanciones y limitar el comportamiento de sus porras, y éstas, a la vez, replantearse cuál es el verdadero sentido del futbol. Un deporte que invita a la convivencia, no a la violencia.

 

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Paola Anai Landero Espinosa

Paola Anai Landero Espinosa

Comunicóloga Política. Recopiladora de citas.

Hecha en CU.

Las opiniones expresadas en este artículo, son mi responsabilidad y no reflejan la posición de Centro Público al respecto.

6 comments

  • Si es un partido de liguilla, y no es la final, entonces es un encuentro de clasificación a la siguiente ronda. No es partido rutinario y por lo tanto es relevante.

    • Es muy acertado tu señalamiento, cometí un error.
      En ese sentido, me refería a un partido al inicio de un torneo.
      Agradezco tu comentario
      ¡Saludos!

  • la intención es buena, creo. Hablar sobre los recientes hechos violentos en el partido entre atlas y chivas, se presta para un análisis profundo de las causas y consecuencias socioculturales de éstos, sin embargo no queda claro a lo largo del texto sobre qué desea hablarse exactamente, sobre las barras, la violencia en el fútbol independientemente de las barras o cómo surgen éstas, ni el cómo, si es acerca de la historia sobre el padre y la hija, si es relacionado a la experiencia de la autora o a la de otros asistentes, en fin no deja claro si desea ser subjetiva u objetiva. Por otra parte, jamás de los jamases un partido entre Cruz Azul y América será rutinario.

    • Diego, sin duda un hecho como el ocurrido durante el fin de semana nos puede llevar a un análisis en diversos niveles. Escribí esta colaboración a principios de febrero, por ello no encuentras mención sobre el partido del fin de semana. Parto de una experiencia personal, para luego compartir mi percepción de la violencia en estos eventos deportivos.
      Te agradezco mucho el comentario y lo tomo en cuenta para próximas colaboraciones.
      ¡Saludos!

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