Bajo diversas modalidades, la violencia de género evoluciona y se manifiesta en todos los espacios posibles de convivencia humana. En la calle, en el trabajo, en las instituciones de gobierno, en la familia y en la escuela, las agresiones físicas y simbólicas hacia las mujeres son frecuentes. En fechas recientes, más de una ley y de una política pública fue pensada no sólo para acortar la brecha en el goce de derechos entre hombres y mujeres sino para proteger a estas últimas de malos tratos, violencia intrafamiliar, acoso sexual y discriminación.

Hace pocas semanas se discutió en el Senado una ley que penalice a quienes suban a la red imágenes íntimas o comprometedoras de parejas o ex-parejas sin su consentimiento. En 2013 ya se había propuesto en la Cámara baja una moción de ley que iba en el mismo sentido, dado que México fue en 2012, según Mattica, una empresa dedicada a las investigaciones digitales, el primer país de América Latina en el envío de imágenes por celular con contenido sexual cuya meta es exhibir y manchar la reputación de terceros. Desde adolescentes que cometen bullying hasta parejas resentidas que buscan vengarse de sus ex-compañeros sentimentales, el sexting es una nueva tipología de delito propia de nuestra época que, sea por medio del chantaje o la intimidación, ocasiona un grave daño moral y psicológico. En la mayoría de los casos las víctimas son mujeres, muchas de las cuales aún no alcanzan la mayoría de edad. La multiplicación de esta práctica tiene inquietas a las autoridades judiciales de diversos estados en la Unión Americana; tanta es la relevancia que ha adquirido dicha práctica que ya se han hecho modificaciones legales para establecer diferencias entre casos y que no todos los acusados sean castigados bajo el cargo de pornografía infantil.

Así como el celular ha favorecido la violencia de género a través del sexting, las redes sociales no se quedan atrás. Si antiguamente asociábamos la violencia hacia la mujer con los golpes al interior del hogar, el acoso en el trabajo y las agresiones verbales en la calle, hoy día tenemos que pensar, amén de las anteriores, en la aparición de nuevas conductas agresivas y acosadoras hacia las féminas. Los futuros estudios de sociología e historia de la vida cotidiana sobre las mujeres tendrán mucho que analizar a partir del auge de las tecnologías de la información. Éstas han abierto la posibilidad de producir una crueldad simbólica que antes era inimaginable. Así como las redes sociales modifican el sentido de la realidad, las subjetividades y el modo en el que nos relacionarnos (diversificando y aumentando el número de personas que conoceremos a lo largo de la vida), también le presentan nuevos retos y problemáticas a casi todas las áreas del conocimiento, desde la psicología hasta el derecho.

La preocupante multiplicación de la violencia hacia las mujeres en las redes sociales obedece a actos de machismo, despecho vil o acoso. Otro tanto abona la falta de educación cibernética sobre los riesgos que implica el uso irresponsable o desconfiado de estos medios. El sector más vulnerable, coinciden varios especialistas y reportajes periodísticos, son las adolescentes. Su inexperiencia emocional las convierte en presa fácil de ciberdelincuentes o parejas celosas. Lo que tampoco quiere decir, desde luego, que las mujeres adultas no estén expuestas al riesgo de ser ofendidas o afectadas en su integridad moral. El internet se revela así como un arma de doble filo. Es, por una parte, la mejor herramienta que nos brinda la sociedad del conocimiento; por la otra, se convierte en el medio más accesible para suplantar una identidad u ocultarse en el anonimato y dañar la dignidad, la honra o el nombre de cualquier persona.

Las autoridades tienen ante sí la enorme tarea de plantearse un nuevo marco normativo que distinga, identifique y castigue la creciente aparición de conductas agresivas que amenazan con trastocar la convivencia social, en un contexto bajo el cual el uso de las redes sociales y del internet en general son casi imprescindibles. Los espacios virtuales y digitales desde los cuales se pueden llevar a cabo estos actos, según Diana Cristina Caicedo, una abogada colombiana defensora de derechos humanos, afectan el “derecho a una vida libre de violencias que debe ser abordado como un problema de seguridad para las mujeres”. Si en el pasado llegaban a aparecer pintas misóginas o humillantes en los baños de hombres de las escuelas y los lugares públicos, ahora estos mensajes circulan por la red y se acompañan de imágenes audiovisuales o fotográficas que dejan al descubierto el rostro y la identidad de quienes han sido objeto de esta nueva modalidad de maltrato.

La proliferación de cámaras integradas en casi todos los teléfonos celulares y la posibilidad de subir a la red en tiempo real una foto o un video recién capturado reducen los espacios de intimidad y privacía al que tenemos derecho. La distopía orwelleana de la novela 1984 se queda chiquita si sopesamos que hoy día podemos ser observados por millones de usuarios. Internet democratizó la omnipresencia del gran hermano. Quien desee salir del anonimato o pretenda exhibir a otras personas con o sin su aprobación lo puede hacer. No hace falta ser hacker para vulnerar y hacer público lo que debería ser privado. La violencia de género en las redes sociales adquiere dimensiones preocupantes en virtud de los avances y opciones disponibles que brinda el acceso a las nuevas tecnologías. Entre los escándalos de espionaje masivo que denunció Edward Snowden y los riesgos que conlleva el uso irresponsable o malicioso de las redes sociales, nuestro presente supera con creces el futuro que alguna vez imaginó George Orwell.

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