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La tradición indómita de Elena Poniatowska

La escritora mexicana Elena Poniatowska dibuja un mapa de mujeres brillantes y fuertes en su libro “Las indómitas”. Eduardo Verdugo/Associated Press

Elena Poniatowska nació en París en 1932 con las venas llenas de sangre azul y polaca, pero jamás se interesó demasiado por esa genealogía de princesas aficionadas a la poesía y al piano, con la grandilocuente figura al fondo de un general que luchó al lado del mismísimo Napoleón. Cuando llegó a México a los 9 años, nació de nuevo y —gracias a las niñeras y a las criadas— empezó a crecer en otra lengua y a crear su propia tradición.

En Las indómitas deja claro que su mito de origen no es europeo, sino mexicano. El primero de los nueve textos extensos que configuran el volumen está dedicado a Josefina Bórquez, mujer periférica con las venas llenas de sangre muy roja, revolucionaria de armas tomar, quién sabe si hija de Pancho Villa.

“Nadie le hacía falta, se completaba a sí misma, se completaba sola”, escribe Poniatowska. Pero lo cierto es que la recordamos sobre todo porque la convirtió en Jesusa, la protagonista de su primera novela, Hasta no verte Jesús mío. O de su primera biografía. O de su primer gran relato tejido a partir de decenas de entrevistas. En el interior del triángulo que dibujan esos tres géneros (la novela, la biografía y la entrevista) crecieron los libros mayores de la escritora mexicana.

El libro —magnífico— dibuja un mapa de mujeres brillantes y fuertes con Bórquez en el centro, tanto en la historia de México como en la propia biografía de la escritora (“En su voz oía la voz de la nana que me enseñó español, la de todas las muchachas que pasaron por la casa”, escribe).

La acompañaron generacionalmente las soldaderas, que caminaban todo el santo día porque los caballos estaban reservados a los revolucionarios; o la escritora Nellie Campobello, quien según Poniatowska “fue la única mujer que destaca en la literatura de la Revolución y está a la altura de los novelistas que figuran en el canon oficial”. La antecedieron las heroínas de la Independencia, como Antonia Nava o María Josefa Martínez, también eclipsadas por sus coetáneos varones.

Y tras ellas llegaron algunas de las grandes escritoras, intelectuales, luchadoras y feministas de la segunda mitad del siglo XX, contemporáneas aproximadas de Poniatowska: Josefina Vicens, Rosario Castellanos, Alaíde Foppa, Rosario Ibarra y Marta Lamas. Ellas protagonizan otras cinco crónicas que ensayan, otros cinco ensayos que combinan sabiamente la creación de escenas con los datos eruditos, el pulso narrativo con la cronología, el homenaje con la crítica.

Como hiciera Rubén Darío en Los raros en 1896, se trata de proponer un nuevo canon. Un canon literario mexicano en clave femenina, donde El libro vacío de Josefina Vicens o Los recuerdos del porvenir de Elena Garro ocupen la centralidad que les corresponde. Un canon que se expanda a todos los territorios de la lengua española. O al mundo: Vicens y Garro merecen las traducciones y los honores de sus contemporáneos Octavio Paz o Carlos Fuentes. Como los merece la propia Poniatowska.

Como en los años cincuenta no estaba bien visto que las mujeres fueran a la universidad, la escritora estudió mecanografía. Como en aquella época las mujeres tampoco escribían artículos de opinión o crítica literaria, se abrió camino en los periódicos como entrevistadora.

Esas dos acciones —la de escuchar y la de escribir, después, a partir de las voces ajenas— la acercan a Svetlana Alexievich, la gran cronista de los coros trágicos, la gran historiadora oral. El primer libro de la premio nobel fue La guerra no tiene rostro de mujer, de 1985. Poniatowska publicó La noche de Tlatelolco en 1971, con el subtítulo “Testimonios de historia oral”.

La narradora que construye está un peldaño por debajo de sus personajes. Ella, que es “de la estatura de un perro sentado” y que carga su “costal de quejumbres de bestezuela mimada”, le cuenta algo a Jesusa y esta le riñe por enésima vez: “Usted siempre haciéndole a lo pendejo”. Ella paga las cuentas de los almuerzos con Fuentes o con Carlos Monsiváis (en la última crónica del libro, un testimonio personal con remix de testimonios ajenos que recuerda con respeto y cariño tanto a Lamas como al propio Monsiváis). Ella cuenta su vida en las grietas de la biografía de su marido Guillermo Haro en El universo o nada.

Porque en el periodismo lo que importa es el tú, no el yo. Es un oficio esencialmente subalterno. Desde ese lugar sabio y humilde, Poniatowska ha entrado en el canon. Aunque de ella siempre se recuerda que reinventó la entrevista a hombres monumentales y famosos, su principal aportación ha sido narrar a las olvidadas o a las infrarrepresentadas de la historia de México. Para ello tuvo que olvidarse de su sangre azul e inyectar sangre bien roja en sus venas.

“Jesusa ha muerto, ya no puedo verla, no puedo escucharla, pero la siento dentro de mí, la revivo y me acompaña”, leemos. Y añade: “Es a ella a quien invoco y evoco”.


Fuente: NYTimes / Jorge Carrión

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