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La percepción de la historia y el arte, sin internet. A 10 años de distancia

Este año se cumple el 10º aniversario que salí de la carrera de Arte de la Universidad del Claustro de Sor Juana; ciertamente, no pasa sin provocarme un dejo de nostalgia por aquellos días, y al mismo tiempo, una especie de resignación por haber estudiado una carrera tan magnífica a inicios del siglo XXI, con herramientas del siglo XX.

Hace algún tiempo, en video-conferencia con un amigo, me lamentaba del servicio de internet y su lentitud, él, quien esta en Islandia y con seis horas de diferencia, me paro en seco y me dijo: “si no fuera por el internet no podríamos platicar”, ¡Cierto!, dije yo.  Gracias a estas herramientas estamos más cerca casi de todo, y esas, son la clase de cosas que lamento no haber podido acceder tan fácilmente en aquellos años universitarios, “me hubiera gustado que existiera internet como existe hoy”, me expresaba uno de mis más entrañables compañeros.

Recuerdo que uno de los primeros ensayos que realicé, fue sobre la “Estela de los Buitres” (2470 A.C.) de Lagash, que actualmente se encuentra en el Museo del Louvre,  lo entregué en máquina de escribir, porqué mi compu de aquél entonces se había descompuesto. Tampoco olvido como una de nuestras profesoras, nos prohibió tajantemente recurrir a cualquier fuente de Internet por desconfiar de su legitimidad, falta de referencias, contenidos, así como la manipulación y sesgo de lo que pudiéramos encontrar; ya vetado, ni yo, ni mis compañeros nos atrevimos a utilizar las redes como fuente para realizar ningún tipo de trabajo escolar.

En esos ayeres, que hoy en día se escuchan hilarantes, todavía llegué a trabajar con imágenes en blanco y negro de las enciclopedias de arte; la Salvat fue un regalo magnánimo de una tía abuela. Ahora me percato que tarde mucho en tratar de visualizar tamaños reales de las piezas, lo cuál, no sucedió hasta que, justo hace diez años, pude observarlas en mi primer viaje a Europa cuando pude visitar el Prado o el Louvre.

Las clases de la siete de la mañana se apoyaban con diapositivas, que, mi queridísimo profesor Salvador Flores traía desde la Biblioteca Francisco Xavier Clavijero perteneciente a la Universidad Iberoamericana, en donde trabajaba de bibliotecario; y, la proyección de las películas de la más que magnífica clase de Crítica de cine del profesor Daniel González, se hacía a las 12 del día y con un exhaustivo trabajo de recopilación para conseguir películas clásicas como Napoleón  (1927) de Abel Gance. A los libros les sacábamos fotocopias, recuerdo una investigación que tenía que realizar una de mis mejores amigas sobre François Boucher (1703-1770), fue casi imposible conseguir suficiente bibliografía, menos en español, por no decir imágenes.

Mis libros de cabecera fueron básicamente tres: “Historia del Arte” (1950) de Ernest Gombrich, “Verdad y Método I” (1977 primera edición en español) de Hans-George Gadamer y “Las vanguardias artísticas del siglo XX” (1959) de Mario de Micheli, conclusión que hago después de echar un vistazo a mi carpeta de trabajos, y darme cuenta que los cité siempre que tuve oportunidad.

Ahora me preguntó, ¿cómo hubieran sido mis trabajos si hubiéramos tenido acceso a todas las herramientas que nos ofrece Internet?, y evidentemente después de haber tomado chorrocientas clases de inglés. ¿Qué hubiera escrito sobre Caspar David Friedrich (1774 –1840) y la marina “El Mar de Hielo” (1823-1824)? ¿Cómo hubiera hablado de la recepción de los museos y la hermenéutica? ¿Cómo hubiera escogido las piezas para la materia de Arte Griego?, entre otros tantos temas que sería imposible citar aquí.

Esta remembranza, me permite valorar el trabajo y la entrega de mis maestros quienes, a pesar de no contar con herramientas como Wikipedia, la cual publico su primer artículo en 2001, o Google Art Project, lograban trasladarnos la emoción de conocer al Dalai Lama y de una buena postura yogui con el Dr. Xicoténcatl Martínez Ruiz, quien por cierto, generó una revolución que provocó que casi todos quisieran estudiar sanscrito y viajar a la India. La tenacidad y sarcasmo de Sandra Ontiveros, mi directora de tesis; la dedicación y minuciosidad de las clases de Natalia Del Moral, en especial de la Edad Media y el Renacimiento; la diferencia entre el espacio sagrado y el espacio profano en los sitios arqueológicos con el arqueólogo Fernando Getino; los conocimientos y entrega, dentro y fuera del salón de clases, del director Roberto Sánchez Valencia y después de la amable mano de Gonzalo Soltero; a amar a Shakespeare y la cuarta pared de Peter Brook con Ricardo Díaz; el descubrimiento de la mitología con las evocaciones de Francisco Huitrón, y las más que excelentes clases de la historiadora Susana Delgado.

Finalmente, mi profesor más consentido de todos, con el aprendí que era una “lectora virgen” y que inocentemente creía todo lo que decían los autores al pie de la letra;  con el que descubrí uno de mis libros preferidos de la carrera “Diálogo sobre la Historia de la Pintura en México” (1862) de Bernardo Couto –el cual terminó justo tres días antes de morir-, aprendí arte, cine de terror y de Japón, el Dr. Daniel Santillana.

Después de cinco años, llegando a las 7 de la mañana y saliendo a las casi 3 de la tarde todos los días, terminar la carrera no parecía tan significativo como lo es hoy en día. Con un programa tan amplio que contenía historia, filosofía, estética, historia del arte, entre muchos otros, aprendí que todo en conjuntó formaban la mentalidad de las diferentes épocas.

Sí, me hicieron falta más herramientas, pero en realidad lo que más apreció en el 2015, son todas las ventanas que me abrió el cursar ese programa; de excavar en los recovecos de las bibliotecas y seguir las huellas de algún documento útil, el traslado que realizábamos entre las ellas, de la de la Universidad a la de la Ibero, la de Casa Lamm, incluso la México; cada hallazgo era un tesoro en la espera de ser descubierto, y cada ensayo el fruto de la búsqueda y prueba de su existencia, evidencia que descansa hoy en un librero de mi casa.

Ximena Apisdorf Soto

Ximena Apisdorf Soto

Maestra en Arte, con especialidad en Art Business por la Universidad de Manchester y egresada de la Licenciatura en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se enfoca en la creación de mejores relaciones para el intercambio de instituciones nacionales e internacionales. Actualmente, trabaja para el Barroco Museo Internacional, el cual será inaugurado en 2016 en Puebla y como consultora de relaciones internacionales con las asociaciones como la Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD por sus siglas en inglés) y Bizot para el Museo del Palacio de Bellas Artes. En 2014 fue coordinadora operativa de la 2da. Bienal de Arte Veracruz, para la creación y difusión de artistas del estado. Desde el 2011 se ha especializado en arte contemporáneo latinoamericano y su difusión en las plataformas digitales como fundadora y editora del blog Tildee.info. Escribe para las publicaciones especializadas: Flash Art, Revista Código, Artishock, entre otras. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas, enfocada en la coordinación estratégica, operativa y de comunicación; tanto en México como en Estados Unidos; entre los que destacan: el Museo Nacional de Arte, el Museo Tamayo, Proyectos Monclova, I-20, Casey Kaplan Gallery, Prospect 2.5. Ha impartido clases para la Suprema Corte de la Nación (2007) y el Instituto Realia (2014). En el 2008 curó y coordinó la primera exposición de arte contemporáneo en el Museo Diego Rivera Anahuacalli: “Elefante Negro: Arte Contemporáneo”, en la cual participaron 21 artistas de 10 nacionalidades diferentes.

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