“Obsesión Infinita” de Yayoi Kuzama es la mejor exposición de 2014, porque demuestra lo que un artista NO debe hacer…para seguir siendo artista.

En mi opinión, su obra sólo es tal hasta 1953 y 1959 -periodo considerado en Estados Unidos como “incipiente”- y al que yo denomino “Tripofílico” (porque su obra era vasta en formas celulares, mitocondriales y químicas). En esta etapa se puede observar el impacto  de Kandinsky y Miró en su obra…impacto que muere a partir de los años sesenta, cuando se rodea de “finísimos amigos” como Andy Warhol y Claes Oldenburg, abandonando la pintura para dedicarse al “performance”(¿habrá alguien que considere al “performance” como “arte”? En fin). De entonces y hasta 2012, sus trabajos demuestran una afectación mental determinada más por el entorno psicodélico, las influencias de la contracultura hippie, el abuso y consumo de alucinógenos y la tendencia “feminista”de la exhibición lasciva e irreverente, que por una situación patológica hereditaria.

En mi opinión, esta exposición -sin proponérselo- exhibe la “muerte” de una artista y el nacimiento de un objeto mercadológico “hippie-japonés”. Si bien, el tema de los trastornos mentales de los individuos y su impacto social son tópicos ampliamente desarrollados dentro de las teorías foucaultianas, en este caso recurriremos a algo más sencillo para comprender el declive de Kuzama: la sabiduría popular. Y en ese sentido, citaré un refrán y un dicho: “Quien con lobos anda, a aullar se enseña”, y desde luego: “Nadie puede andar en el fuego sin quemarse”. Ejemplo de lo anterior son los últimos trabajos de 1990 y hasta 2012: todas sus telas tienen la estructura, discurso, degradación, formas y colores de cualquier retablo huichol en ceremonia de hongos.

En conclusión, la artista “alabada” en Estados Unidos por su estilo “rebelde”, “lascivo”, “hipnótico” y “obsesivo con los falos”…no es sino un burdo y mórbido producto de la mercadotecnia y de cómo la persuasión ideológica de “la moda” puede lograr que una mujer renuncie a su tradición cultural (japonesa) y a su condición artística. Nadamás.

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