Un día Jorge Luis Borges descubrió el poder de su concepción del mundo contemplándose a sí mismo junto al lago de Ginebra; un misterioso musulmán después de buscar por el mundo, encontró, exhausto y casi destruido, el tesoro que le aguardaba, justo debajo de la fuente de su casa; Colón halló su paso a la eternidad ente las páginas del Milione, como Alonso Quijano en las novelas de caballería. Muchos son los que se han salvado descubriendo enormes misterios en los libros, muchos otros se han  perdido irremediablemente y sin embargo, en común tienen ambas especies de nombres, haber sido tocados por la riqueza fantástica de las letras; es decir por su opulencia.

La literatura puede enriquecer a los lectores, porque es en sí misma aquello que los economistas llaman la súper abundancia, la fortuna sin límites, la ambrosía interminable, esto es: la opulencia. De ella el lector toma lo que desea, lo que requiere, eso que su corazón anhela y que su deseo aguarda, los minutos de gloria y los instantes de terror, las horas de reposo y las noches de placer.

Solo llegando se puede esclarecer el misterio de la literatura que es, así mismo, el más profundo misterio de la existencia. ¿Cómo es que podemos vernos retratados en las letras que hablan de los otros? ¿Cómo es que llegamos a depender tanto de las palabras de alguien más, al grado de buscarlas por años, de esperarlas pacientemente y devorarlas inclementes cuando las tenemos a mano?, ¿Cómo es que, finalmente, nos volvemos lectores? Porque aspiramos a esa abundancia interminable que, en términos de tiempo llamamos eternidad y en magnitud denominamos opulencia.

El derroche del verbo y la imagen, aún en la obra sencilla y escueta, se relaciona con la capacidad de las letras de decirlo y crearlo todo, de recrear lo que una vez existió y de dar al mundo lo que todavía no ha sido. En la literatura coexiste y se armoniza el cosmos, lo que fue, lo que es y lo que algún día será, con absoluta independencia de su realidad palpable. Encontramos fascinación en la literatura porque es, ya lo dijo  Alfonso  Reyes, el refugio de los pecadores, o como bien lo dijo Wilde, la sujeción a todas las tentaciones.

El niño y el hombre se vuelven lectores porque sólo en la lectura satisfacen su natural ansia de eternidad, y conjuran su innato y atávico terror por la miseria; nadie puede sentirse ni saberse más rico que el lector, porque puede ser dueño, amo y señor del universo que las palabras crean y los libros resguardan.

El mismo fenómeno que ocurre a los sujetos, acontece a las culturas y a las naciones; éstas resguardan el capital inmenso de su literatura porque en ella se encuentran las claves para la construcción de su identidad y sus destinos; opulentas pues, son las obras que sostienen el edificio de las culturas de las que sólo pueden trascender aquellas que proporcionan la dulce sensación de tenerlo todo; ese es el secreto de las larguísima vida del Quijote; de la Odisea y de las Mil y una Noches. Su presencia en el deseo universal  de existir siempre; esa es, también la prueba definitiva de la literatura, más allá de los premios, de la critica y de las necesidades del mercado librero; la independencia de la obra respecto de su autor y el camino del libro hacia la inmortalidad.

Mi infancia lectora se acunó en las abundantes líneas de las Mil y una noches; quienes así se acogen a la lectura no pueden sino padecer eternamente la sed de las palabras infinitas, construidas en las noches de vacío y en la inmensidad de los desiertos, moldeadas de belleza exótica, de fascinación mística y de una fantasía abundante y tan bien labrada que hace palidecer de vergüenza a las ordas desafortunadas de duendes, magos, elfos y demás híbridos que combinan la mala digestión de las mitologías celta, germánica, griega y romana, caídas en la maltrecha marmita de la Edad Media.

Desde las montañas y enormidades del Asia Central hasta las desembocaduras de los paternales Tigris y Éufrates, desde el fondo oriental del Mediterráneo hasta la península  arábiga, se extiende ese mundo que nos fascina y que nunca acabamos de comprender del todo; que nos inspira y nos asusta; que hemos querido domar y que, al mismo tiempo nos somete por su violencia y su potente erotismo; un mundo al que nos rendimos por sus letras y su arte, un universo en fin, suspendido para siempre en la res nullius que se forma entre Asia y Europa, entre Oriente y Occidente, y que Kurban Said supone ser una voluntad más allá de la fatalidad geográfica. En su maravillosa novela Alí y Nino, ante la incógnita del profesor ruso en la secuela de Bakú, la pequeña multitud de niños georgianos, azeríes, armenios, judíos y musulmanes, se rehusa  a ser europea.

Algunos estudiosos piensan que la región situada al Sur de la Cordillera del Cáucaso pertenece a Asia, pero otros opinan que estas tierras han de considerarse Europa, especialmente si se tiene en cuenta su desarrollo cultural. Así que, niños, el que nuestra ciudad haya de pertenecer a la avanzada Europa o a la atrasada Asia, va a depender en parte de cómo os comportáis vosotros…

Perdone profesor, pero es que preferimos quedarnos en Asia…

Esta ruptura de la fatalidad geográfica, constituye el símbolo de un universo de practicas y valores que son un misterio para el alma occidental; el nuestro es un reino de este mundo, aquél lo es de éste y de un universo de belleza y goce que acaso hayamos perdido en occidente para siempre. Si para nosotros la pertenencia a la civilización representa el acceso a satisfactores que se traducen en niveles de bienestar y modernidad, allá son otros los códigos que permiten vivir en una realidad enriquecida por el intercambio de culturas. Frente al enorme misterio del amor, el hombre aparece desnudo, armado solo por su capacidad de amar y su ingente necesidad de belleza. Alí, musulmán, hombre del desierto, describe así su encuentro con el objeto de su adoración, esto es, con la razón de su existencia:

Mi prima Aixa me saludó. Me introduje por la puerta del jardín, Aixa iba de la mano de Nino Kipiani, y Nino Kipiani era la chica más guapa del mundo. Cuando les conté mis batallas geográficas, la chica más guapa del mundo torció la nariz más bonita del mundo y dijo: “Alí Kan, mira que eres tonto. Gracias a Dios estamos en Europa. Si estuviéramos en Asia yo hace tiempo que llevaría velo y no me podrías ver…

En la ciudad abrieron los cines e instalaron líneas de teléfonos, y Nino Kipiani seguía siendo la chica más guapa del mundo.

Esa capacidad de caer subyugado ante el amor y ante la belleza es la que permite a Sherezada salvar su vida y la de las otras vírgenes; además, crea el cosmos de las narraciones que luego habrían de poblar todos los imaginarios. Ahí, como en la literatura, no existen los mundos sencillos, todo es misterio y milagro inefable, aún en occidente la simpleza en la literatura es un complejo artificio que hace pasar por transparente y fácil aquello que, en realidad es opaco y complicado. Incluso el autor de Alí y Nino resulta parte de un denso misterio.

Publicada por primera vez en 1937, en Viena, por la Baronesa Elfriede Ehrenfels, pronto aparecieron indicios de que el nombre Kurban Said, ocultaba al escritor azerí Lev Nussimbaum que también solía firmar su literatura como Essad Bey, disfraces ambos, de un judío autor de novelas éxito en su tiempo y que lo mismo había huido de las guerras centroasiáticas que escapado de Azerbaiyán por miedo a la persecución soviética y hasta interpretado jazz en un Berlín rebosante de nazis furibundos. Sin embargo, en la propia Bakú, fantástica capital de Azerbaiyán, se tiene por autor de Alí y Nino, a Yusif Vazir Chamanzaminli, nacionalista azerí abatido por los soviéticos; para hacer aún más denso el velo del misterio, una contradicción aparece entre la obra de Vazir y Alí y Nino; mientras que la literatura del escritor azerí es un himno patriótico sobre la pureza y la grandeza de un pueblo, la obra de Said es un canto por el encuentro y la tolerancia, un poema sobre la sumisión de los prejuicios ante la potencia incontenible de la pasión y la belleza.

Sin embargo, la tradición, la crítica y la lupa histórica de investigadores como Tom Reiss, han descubierto que de la pluma original de Vazir solo se transmitieron el espíritu general de la obra y algunos fragmentos fundamentales y que luego, de alguna manera todavía por aclarar, aquellos textos en manos Nussimbaum –esto es Kurban Said y Essad Bey- más lo que puedo tomar de otras obras análogas del georgiano Grigol Robakidze, y aún de su propia actividad creativa, se convirtieron en el libro que hoy conocemos y atribuimos a un escritor inexistente: Kurban Said.

Un libro así, no puede explicarse sino como el depósito del alma de varios pueblos encontrados en un momento histórico dramático para todos ellos y que sus personajes son, más que arquetipos, símbolos de la cosmovisión de la compleja sociedad de ese universo próximo a la extinción de su forma pero inmortal en su espíritu.

Se trata pues de un texto nacido de la potencia vital; resulta sumamente extraño que un texto tan retocado, tan llevado y traído por tantas manos, devenga en una unidad literaria tan compacta y de una fuerza expresiva tan contundente, pero es así porque la práctica de la literatura colectiva parece ser parte de la manera en que aquellos pueblos entienden la creación artística; así nacieron el Corán y la Biblia, las Mil y Una Noches y así fue sembrada la semilla de aquella fuente de vida como Serrat llama al Mediterráneo.

La opulencia de la literatura termina por hacer añicos nuestra percepción occidental ascética de la vida, nuestra hipócrita negación del derroche y nuestra atormentada relación con los placeres. Nuestra propia percepción de lo que es o no civilizado, nuestros esfuerzos constantes, no siempre victoriosos por alcanzar la concordia y la tolerancia se enfrentan, y casi diría se estrellan, entre un abigarrado tapiz donde todos los colores son posibles y aún, en aquellos extremos que nos resultan incomprensibles y hasta injustificables; como su raro concepto del honor, la venganza familiar o la condición de la mujer.  Estudiando para poder terminar sus cursos en la escuela rusa donde ha sido matriculado, el noble Alí se pregunta por el sentido aquello que los occidentales llamamos progreso.

Un diván bajo, dos pequeños escabeles con incrustaciones de madreperla, multitud de blandos almohadones, y, en medio de todo, molestísimos y absurdos, los libros del saber occidental: química, latín, física, trigonometría… nimiedades inventadas por los bárbaros para ocultar su barbarie…

Aunque el noble Alí Kan se le olvida que el álgebra es un invento árabe y no occidental, no pasa desapercibido que los occidentales también hemos desarrollado nuestras propias vías a la felicidad, al placer y que tampoco para el Oriente próximo y para el Asia Central son desconocidas las contradicciones del placer y los martirios de la belleza. El reclamo de Alí es en contra de la intransigencia del eurocentrismo que nos hace creer que no hay mundo civilizado fuera de las fronteras de las lenguas romances y anglosajonas. Pero aún así, son ellos, los maestros de la opulencia y los amos de la literatura del derroche, los que han mordido el fruto prohibido de la ambición como la conocemos en occidente, nuestra extraña pasión por la fuerza  impersonal caracterizada por el dinero y el poderío político y militar, por lo que se preguntan amargamente:

El tío enmudeció se estaba haciendo de noche. Su nombre era como un pájaro flaco y viejo. Se incorporo y tosió con tos de anciano y dijo con fervor: “Y sin embargo, aunque nosotros hacemos todo lo que nuestro dios nos exige y los europeos no hacen nada de lo que les exige su Dios, su poder y su fuerza crecen si cesar, mientras que los nuestros disminuyen. ¿Alguien sabe porque será?”

No hay respuesta dentro del pensamiento mágico del anciano que no alcanza a comprender el revuelto instante histórico que le ha correspondido vivir y es esa incapacidad de comprender aquel otro mundo que le avasalla, lo que terminara por destruir su entorno y sus instituciones, pero no podrá aniquilar su cultura. La respuesta es, en cambio, un desbordamiento de metáforas que nos hacen sentir, aun en los momentos mas terribles, que caminamos entre nubes y que sobre nuestras cabezas se cierne un dosel tejido de flores, que frente a nuestra mirada se extiende una ciudad de la que dice Said, con la más delicada de las metáforas: En el interior de las murallas las casas eran estrechas y curvas como el sonido de los sables orientales.

Es esa la perfección a la que se aspira en la literatura, el vaciado final de las ideas para escribir la belleza de las palabras por sí mismas; opulencia definitiva por la que las voces recuperan el sentido mágico que tenían cuando nació la literatura. Porque Alí y Nino respira magia, esa torcedura inefable de la realidad cuyas causas y mecanismos se nos escapan dejándonos anonadados frente al despliegue de su hermosura que tiene su cima en el supremo misterio que es rostro de Nino:

Nino tenía la piel clara y unos grandes, brillantes, obscuros y risueños ojos caucasianos tras sus suaves y largas pestañas. Solo las georgianas tienen estos ojos llenos de dulce alegría. Nadie más. Las europeas no. Las asiáticas tampoco. Finas cejas en forma de media luna y perfil de virgen María. Me puse triste. El símil me afligía. Con la de comparaciones posibles para un hombre de oriente. Pero a estas mujeres solo se las pueda comprender en la Miriam Cristiana, símbolo de un mundo ajeno e incomprensible.

La literatura avanza más allá del lugar en el que la ciencia y la filosofía se detienen, describe lo inenarrable y a través del misterio de la belleza, habla de lo inasible y aún de lo incomprensible, desdice a Wittgenstein que supone que de aquello de lo que no se puede hablar es mejor no decir nada y permite que León Felipe haga llorar violín aún luego que Adorno adujera que después de Auschwitz no podía ya escribirse poesía.

Porque literatura es precisamente riqueza infinita en el misterio caudaloso de las palabras, construye realidades y ordena el universo sobre las sombras de sus más diminutos indicios; al conocer la tierra originaria de Nino, dice Alí, presa de un asombro contenido: llevan armas colgadas a la cintura iban envueltos en un silencia tenebroso. Quizá este silencio encierra el recuerdo de hazañas criminales, quizás no encierre nada en absoluto. De ahí pues, que sólo en una cultura así puedan generarse libros como éste, que sólo en lugares en donde la inútil belleza de la poesía sea más valorada y más celebrada que el pago de los impuestos, donde la belleza tenga valor intrínseco más allá del objeto en que se posa; conforme a la tradición oriental Alí describe lugares fabulosos en los que el milagro ha dejado su lugar a lo cotidiano como muestra de lo prodigioso:

En casi todos los pueblos del Karaba hay cantores locales que cantan sus canciones por los palacios y cabañas. Pero hay tres pueblos donde sólo viven poetas, y como muestra de la gran consideración que Oriente tiene por la poesía, desde hace años están exentos de todos los tributos e impuestos a los señores feudales. Tas Kenda es uno de esos pueblos.

Hay también un fuerte condicionante en esta literatura  dulce y tremenda: la enormidad de los espacios y la abrumadora serenidad de su naturaleza crea una cultura lo mismo contemplativa que introspectiva, una civilización en la que la contraposición entre lo austero, casi ascético y el lujo plagado de abundancia, constituye el contrapunto de una vida arrebatada y sensible que tiene sus polos en el café y en la batalla, en el harén y en la cabalgata, en el desierto y la montaña.

A diferencia de occidente, donde el mundo es casi siempre escenario, en oriente el ámbito es siempre lenguaje pleno de significado y sólo por excepción aparece como foro o como espacio; el mundo esta en diálogo permanente con el hombre porque a diferencia de nosotros(occidentales)que aprendimos a leer el mundo, el hombre de  oriente nunca perdió la práctica de escucharlo; tal vez no sea aventurado pensar en el haiku japonés como hijo de esta misma estirpe; así, de Natsume Soseki:

Sobre la montaña florida

Sueltan los caballos

En el cielo otoñal.

Sin embargo pese a las apariencias, pese a lo que nos gusta pensar como occidentales que apenas comprenden al oriente,  allá  tampoco hay alianza entre el hombre y la naturaleza, pero en aquel mundo transmediterráneo; la guerra del hombre contra la naturaleza, es la misma que se tiene con un enemigo largamente conocido, con desconfianza sí, pero también con lealtad, con respeto pero también con pasión y esa peculiar relación del sujeto con su entorno genera una literatura extremadamente rica en escenarios pero siempre al servicio de profundas pasiones:

Dadiani me miró pensativo. “Usted tiene alma de hombre del desierto”, dijo, “quizá haya una única forma verdadera de clasificar a los hombres: hombres del bosque y hombres del desierto. La seca borrachera oriental procede del desierto, donde el viento caliente y la arena caliente embriagan a los hombres donde el mundo es sencillo… el bosque esta lleno de preguntas. Solo el desierto no pregunta nada y no promete nada. Pero el fuego del alma procede del bosque. El hombre del desierto, me hago cargo, tiene un solo sentimiento y conoce una sola verdad, que lo absorbe. El hombre del bosque tiene muchas caras. Los fanáticos vienen del desierto; los creadores, del bosque.

Bien pudiera ser esta la diferencia principal entre oriente y occidente, por eso en occidente el texto puede ser sublime, pero no sagrado, mientras que en oriente aún la poesía más llana y hasta las piedras pueden ser sagradas aunque sean absolutamente simples. En el comercio de palabras e ideas, gracias a oriente en nuestro hemisferio unas cuantas palabras y unos pocos textos han llegado a este momento sacramental;pero, mientras que para la literatura asiática lo sagrado es lo vivo y actúa de manera cotidiana, entre la gente de este lado del Cáucaso y del Mediterráneo, sacralizar algo lo mata irremisiblemente, pues aunque lo vivo para nosotros puede ser adorado,sólo lo muerto e intocable puede ser sagrado.

Esta distinta noción de lo sagrado, extiende aquella clasificación general para los humanos, a los lectores y desde luego, a los autores. El lector y el autor asiático escribe como un acto de adoración a la belleza, pero no lo separa del mando ni la inmoviliza en un altar, sino que la toca, la posee y la vuelve literatura, esto es, lenguaje articulado; el lector y el autor occidental deslizan las palabras, las desentrañan y las momifican luego de haber extraído de ellas su poder y su mensaje; así, ya muertas y embalsamadas pueden tomarse objetos de culto aunque no puedan jamás retomar a su existencia previa de palabras vivas y actuantes, al menos hasta que la varita mágica del tiempo las toque y las transforme en monumentos, criptas y aún en colosales y memorables necrópolis.

Las palabras se salvan no solo por lo que dicen, sino también por lo que no pueden decir y por la belleza que ocultan. El núcleo de la literatura oriental, aquello que bien podríamos llamar su corazón, radica en su culto por la belleza y la pasión que desata, asunto frente al cual todos los demás se supeditan y así, el ojo asiático capta la belleza en la batalla y también en la desgracia, como en Said que cuenta la belleza patética y cruel del camello y compone cantos enteros al aroma de los jazmines. Nunca faltan las palabras ni sobran los adjetivos, antes bien, se levantan sobre su propia estatura y hasta los símbolos cívicos y las cualidades morales parten del puerto de la pasión y la belleza, generosa y desbordada, para conquistar el mundo:

El año de la Hégira de 637 murió en el castillo de Kabadia el sultán Aledín Kaikubad. El trono de los selyúcidas paso a Jayasedín Kaikosru. Este se casó con la hija de un príncipe georgiano, y su amor por la cristiana de Georgia era tan grande que mando que en las monedas se grabara la imagen de ella junto a la suya. Entonces llegaron los sabios y piadosos y dijeron: “el sultán no puede incumplir las leyes de Dios. Su intención es un pecado”.  El poderoso estaba lleno de rabia. Llamó a los sabios y dijo así: “No quiero incumplir las leyes sagradas que Dios me ha impuesto observar. De modo que sea así: el león de larga melena que lleva una daga en la zarpa, ese soy yo. El sol, que nace sobre mi cabeza, es la mujer de mi amor. Que sea ley. “Desde entonces el león y el sol son los símbolos de Persia. Y los sabios dicen: no hay  mujer tan bella como las de Georgia.

Fue ley y lo siguió siendo en Persia y luego en Irán, hasta que la revolución islámica destruyó los viejos símbolos e impuso una estética monástica que, por lo bajo y muy adentro de su espíritu anhelaba y envidiaba a tal grado la belleza que terminó proscribiéndola. En efecto, el león y el sol fueron para Persia – Irán, símbolo de identidad y señal de su propia contradicción y tragedia; lo fue desde la dinastía selyucida del siglo VII y lo siguió siendo hasta la dinastía Pahlaví derribada por la revolución islámica de finales de la década de 1970. Cuando el símbolo milenario fue sustituido por el emblema que representa el creciente, el nombre de Dios y el tulipán que es símbolo de la sangre derramada por los mártires; esta transformación simbólica significó un cambio de fondo en la auto imagen de oriente y su presencia en el mundo.

Durante siglos ambos polos se han atraído y han comerciado con sedas, especias, tecnología y también con sangre, ideas y palabras; la mutua atracción se vuelve una tentación constante, unas veces repelida y condenada y otras más voluptuosamente aceptada. Como si entre ambos mundos quisiéramos completar el universo, como si fuera posible salir al encuentro del otro y volver indemne, el hecho es que siempre que pensamos el mundo en términos de feliz intercambio y de dialogo abierto no sólo somos más fieles a nosotros mismos, sino que volvemos a casa, como Ulises, cargados de inmensos tesoros. Nino es el símbolo de nuestro miedo a lo desconocido y de nuestra insaciable sed de encuentro, de nuestra curiosidad infinita:

Le cogí la mano: “¿Qué es lo que quieres Nino?” “Ay”, dijo, “que tonta soy Alí Kan. Quiero que te gusten las calles anchas y los bosques verdes, quiero que entiendas más del amor, que no te apegues a los muros deshechos de una ciudad asiática. Paso un miedo constante: a que dentro de diez años te vuelvas devoto y astuto, a que pases el tiempo en tus tierras de Guilán y a que un día te levantes y me digas: “Nino, tú sólo eres un pedazo de tierra”. “Dímelo tú, ¿porqué me quieres Alí Kan?”

Porque esa misma abundancia de la literatura cuenta para la felicidad como para la desgracia y opera para nosotros como un bálsamo pero también como una maldición que nos ahuyenta sin perder su hechizo; en la medida que nuestros propios códigos culturales nos impiden conocer a cabalidad el significado de todo aquello que da sentido a la vida en Oriente, nos atrae la demencia de su agresividad y nos cautiva la pasión con la que ese mundo se vuelca sobre sí mismo, aunque le temamos.

El amor de Nino y de Alí es un amor difícil pero posible, a veces turbio pero siempre potente, un amor que florece a ratos a pesar de sus protagonistas sometidos a la inmensa prisión que representa el peso de tantas tradiciones encontradas. Ellos son la metáfora de aquel nudo de pueblos, lenguas y naciones, ellos son la encarnación de cómo la fuerza del espíritu humano, su necesidad de amor y de belleza subsiste aún en la más compleja coyuntura histórica, aún en el desencuentro más difícil que pudiéramos imaginar:

De pronto oímos unos gritos salvajes. Miramos por la ventana y vimos a un derviche harapiento que se tiraba bajo los cascos del caballo y entonces, el cónsul señaló con la mano y dijo asombrado: “¿No es ese…? No terminó la frase. Miré en la dirección de su dedo y vi en medio de esos locos a un persa con la túnica desgarrada que se golpeaba el pecho y se fustigaba la espalda con una cadena. ¡Y ese hombre eras tú, Alí Kan! Sentí vergüenza de ser tu esposa, la esposa de un fanático salvaje. Seguí todos tus movimientos, sintiendo la mirada compasiva del cónsul. Creo que después tomamos té o comimos algo, ya no me acuerdo. Me costaba trabajo mantenerme en pie, pues vi de repente el abismo que nos separa. Alí Kan, el joven Huseín ha destruido nuestra felicidad. Te veo como un salvaje entre salvajes supersticioso y nunca más te podré ver de otra manera…

Pero es la necesidad de amar, de entrega, de goce, la que habría de sobreponerse a ese impactante e incomprensible hecho que es la conmemoración de la Ashura, festividad terrible, celebrada el décimo día del mes de muharram, para conmemorar el asesinato de Huseín, sucesor de Mahoma, sayyid ish-shuhada, señor de los mártires y que se conmemora entre los devotos chiítas con una procesión de flagelantes cuyas escenas de violencia pueden resultar incomprensibles para el observador, como pueden serlo las crucifixiones reales en Filipinas durante Semana Santa.

Azerbaiyán sobrevivirá al mandato británico, a la invasión otomana y al dominio soviético; las etnias torturadas y enfrentadas seguirán habitando el mismo espacio y construyendo un mundo peculiar de expresión. Nino y Alí habrán así  vencido a la muerte en una literatura que nos arranca una lágrima en medio de la sonrisa.

Se levantó temprano, saltó por encima de mi y corrió a la habitación de al lado. Tardó mucho en lavarse, chapoteó en el agua y no me dejo entrar… Después salió si mirarme a los ojos. En la mano llevaba un cuenquito con ungüento. Me lo frotó en la espalda, con conciencia de culpa. “Tendrías que haberme pegado Alí Kan”, dijo con voz de niña buena. “No podía, me había pasado el día pegándome a mi mismo, y no me quedaban ya fuerzas”…

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