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La mujer y el voto

México no fue la excepción: ya desde el inicio del siglo XX un grupo de lúcidas y comprometidas mujeres exigían el reconocimiento de su derecho a la igualdad política con los varones.

Viene a mi memoria, por ejemplo, el testimonio del Primer Congreso Feminista en plena época posrevolucionaria, efectuado hace justo 100 años en Yucatán. En estos días de enero de 2016 se conmemoró el centenario de tan relevante acontecimiento con diversos eventos, entre ellos un encuentro al que tuve el privilegio de ser invitada.

Recordemos que, siendo gobernador de esa entidad, el general Salvador Alvarado fue sensible ante la solicitud de las mujeres yucatecas que se empeñaron en elevar su voz para decirle a México que deseaban y estaban en capacidad de participar en los diversos ámbitos de la vida laboral y pública del país. El congreso se realizó del 13 al 16 de enero en el Teatro Peón Contreras de la capital yucateca, con la asistencia de más de 600 delegadas. En las consideraciones de la convocatoria, el general revolucionario afirmó: “… es un error social educar a la mujer para una sociedad que ya no existe […] para que puedan formarse generaciones libres y fuertes es necesario que la mujer obtenga un estado jurídico que la enaltezca, una educación que le permita vivir con independencia…”.

Años después, Yucatán reconoció el voto femenino a nivel tanto municipal como estatal, y en 1923 tres mujeres fueron electas diputadas al Congreso local: Elvia Carrillo Puerto, Raquel Dzib Cicero y Beatriz Peniche Barrera.

La batalla por el derecho de las mujeres a la ciudadanía ocurrió en diversos puntos del país durante la primera mitad del siglo XX. En San Luis Potosí las mujeres obtuvieron el derecho a participar en las elecciones municipales en 1924 y en las estatales en 1925, derecho que se perdió al año siguiente. En Chiapas se reconoció el derecho de las mujeres a votar en 1925.

En 1937 el presidente Lázaro Cárdenas envió a la Cámara de Senadores la iniciativa para reformar el artículo 34 constitucional como primer paso para que las mujeres obtuvieran la ciudadanía. En 1938 se aprobó esa reforma pero nunca se hizo la declaratoria correspondiente porque el partido en el poder echó marcha atrás.

Años después, el 17 de febrero de 1947, durante la presidencia de Miguel Alemán se publicó en el Diario Oficial la reforma al artículo 115 de la Constitución que concedía a las mujeres el derecho de votar… pero sólo en las elecciones municipales. Esta medida, que ahora nos puede parecer extraordinariamente limitada, se consideró entonces un gran avance en vista de que otorgaba a las mujeres un lugar –aunque muy acotado– en la vida política del país.

En 1953, por iniciativa del presidente Adolfo Ruiz Cortines se modificó la carta magna para otorgar la ciudadanía a las mujeres y se reconoció, así, el derecho al sufragio femenino. En las elecciones del 3 de julio de 1955 las mujeres mexicanas emitieron su voto por primera vez en unas elecciones federales, a fin de integrar la XLIII Legislatura del Congreso de la Unión.

Desde esa fecha, nuestra importancia se ha ido reflejando cada vez más, y no sólo en cuanto a la proporción poblacional, sino por la presencia femenina en el mundo laboral, social, político, cultural y económico.

Me alegra atestiguar que ahora muchas jovencitas que ya cumplieron los 18 años acuden a emitir su voto por vez primera con enorme orgullo. Pero no sólo eso: también me entusiasma ver en cada jornada electoral a mujeres de todas las edades y condiciones socioeconómicas formadas en largas filas con el deseo de hacer valer su voluntad en los comicios. Todavía me alienta más constatar que hoy tenemos una cantidad mayor de legisladoras en las dos cámaras del Congreso federal, así como en muchos congresos estatales. A la vez, hay un número creciente de mujeres al frente de amplias responsabilidades en el servicio público, sin menoscabo de su importante misión en los sectores privado o social.

Por eso, las invito, queridas lectoras, a que cada vez que vayamos a votar pensemos en esas valiosas mujeres que fueron pioneras y que tanto lucharon, en condiciones muy adversas, por darnos un lugar equitativo en la sociedad, a la par de los varones.

Son heroínas sociales que debemos tener en mente cada vez que se celebre una jornada electoral. Tenemos que rendirles tributo, claro está, pero sobre todo debemos emular su valentía y decisión, pues se trata de mujeres que siguen presentes en el México contemporáneo, como lo presenciamos en estos días en la celebración del aniversario del Primer Congreso Feminista de Yucatán, que cumple ya un siglo.

Martha Chapa

Martha Chapa

En nuestra cultura han existido mujeres de enorme talento y fina sensibilidad, por lo que las artes plásticas no han sido la excepción y entre ellas siempre brillará la pintura de Frida Kahlo como también la de María Izquierdo o Cordelia Urueta.
Dentro de esa dimensión, la de artistas mexicanas que decidieron ser pintoras, se inscribe Martha Chapa, quien también ha generado una gran obra, con significativos reconocimientos, dentro y fuera del país.
Su imaginación y fina sensibilidad abarcan diversos temas, texturas y materiales, aunque en casi todas sus pinturas aparece como icono central, esa legendaria fruta que es la manzana.
Ella la eligió seguramente porque aprecia en este fruto su condición de testigo presente de los orígenes de la humanidad.
En su búsqueda, lo mismo pinta óleos que dibuja e incursiona en la gráfica, y en años más recientes, plasmando su talento sobre láminas viejas, oxidadas, carcomidas, que rescata de su etapa final para recuperarlas e infundirles nueva vida y belleza.
Día a día, con sus pinceles emprende la travesía de la imaginación y esboza una manzana: aquella que fascinó a Eva, la que perdió a Atalanta o la que hipnotizó a Cezane y hasta la que empieza a crecer en el árbol del paraíso, a sabiendas de que una manzana puede ser todas las manzanas.
Cada vez que tiene frente a sí un lienzo, lo aborda con sensibilidad, talento, pasión y vitalidad para sembrar ese fruto que apuntala la vida, refuerza el amor a la tierra y acrecienta el disfrute estético.
Ratifica así que el arte conlleva elevados valores en nuestra sociedad y en la construcción de ese ser humano pleno, sensible y generoso que todos deseamos como ideal y esperanza para enfrentar el futuro.
Martha Chapa, originaria de Monterrey, Nuevo León, inicia su trabajo artístico en la década de los sesentas
Son ya 300 exposiciones individuales y un sin fin de colectivas, las que ha realizado en México, Europa, Estados Unidos y diversos países del Caribe, Centro y Sudamérica. Asimismo ha incursionado en la escultura y en el arte objeto.
De su enorme creatividad surgen mágicamente lo mismo montañas, magueyes, colibríes, que búhos, guadalupanas y abstractos, entre otros muchos temas de sus pinturas.
Su trabajo e imaginación se extiende también meritoriamente a través de una importante obra gastronómica pues ha publicado ya 32 libros, en especial sobre la cocina mexicana, además de artículos periodísticos en diversos medios de comunicación y como conductora de la serie “El sabor del Saber”, en TV Mexiquense
Una artista de dimensión internacional, que convierte a Martha Chapa, en todo un valor de nuestra cultura contemporánea, con ya 4 décadas de destacada trayectoria dentro de la plástica mexicana, y con múltiples homenajes y reconocimientos, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Una destacada mexicana y talentosa creadora, comprometida con el arte y la cultura contemporánea.

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