Juan O’Gorman era un enamorado de la modernidad, de todo lo que podría construir el hombre. A los 26 años trabajó en un sistema constructivo diferente para crear una casa en San Ángel: la primera casa funcionalista inspirada en la arquitectura de Le Corbusier. Un sistema nuevo para un nuevo país, lleno de esperanza y ánimo, trabajó para la Secretaría de Educación en la creación de escuelas primarias, realizó una gran cantidad de murales contando la historia, una de sus más grandes hazañas fue la construcción de su laboratorio: su propia casa; donde podría llevar a cabo la transformación de sólidos en aire, con una escalera única, o proponer un nuevo estilo que definiera lo que entendía por mexicano. Era un creador capaz de trabajar con la dureza de las piedras en mosaico para albergar lo más importante de una universidad, el conocimiento, y al mismo tiempo con el delgado de los pinceles para pintar todas sus facetas en su “Autorretrato Múltiple” (1950). Fue capaz de tomar una de las decisiones más difíciles, cuando dejaría su cuerpo. Así, en la exposición del Museo Mural Diego Rivera: Monstruosidades y la nueva figuración, vemos una de sus últimas creaciones: “La Humanidad – Cáncer del Mundo Orgánico” (ca. 1979), ese mal que se multiplicó en el siglo XX y que lo carcomía.

La exposición propone una visión de los monstruos, donde residen, si es al lado de la “loca de la casa”, como Baudelaire llamaba a la imaginación, o en el raciocinio de la tecnología y la ciencia. Con obras que van desde Diego Rivera hasta Jazzamoart, pasando por José Clemente Orozco, José Luis Cuevas, Helio Montiel. Es en la carne y en la nueva figuración donde reside una nueva forma de entender el mundo, después del desencanto de la modernidad fallida la figura pierde los atributos de la belleza, de la simetría, de la perfección del ser humano. En realidad todos somos potenciales monstruos.

En la obra de O’Gorman hay un diálogo directo con los maestros flamencos, tanto por la técnica, como por los temas: paisajes cotidianos que se convierten en reflejo de la perdición de la sociedad, donde la mirada se regodea en los detalles, pero sobre todo funcionan como una llamada de atención, la ambición desmedida de querer controlar todo. Mientras que antes de su depresión, esa ambición era que se convirtiera en crecimiento de una sociedad llena de desigualdades, como en el mural que se encuentra en la Terminal 1 del Aeropuerto de la Ciudad de México, “La Conquista del aire por el hombre” (1937-1938), en su vejez esa ambición se convierte en un cáncer que hace metástasis con todo lo que toca, tal como la “Torre de Babel” (1563) de Pieter Brueghel el Viejo, en el centro de la composición de “Nuestra maravillosa civilización (El dinero y el poder)” (1976) la Estatua de la Libertad es presentada como un esqueleto coronado por armas detonando, rodeado de todas las perdiciones de la civilización.

En “La Humanidad – Cáncer del Mundo Orgánico”, donde, como las escaleras de su casa llevaban a otra dimensión, de la construcción terrenal, que parece una fábrica en un paisaje seco con agua contaminada, flota una especie de maldición que se esparce, justo como cáncer en toda la composición. Así, en su obra vemos una transformación del optimismo de su pieza maestra: “La Ciudad de México” (1947), una vista aérea desde el Monumento de la Revolución, donde unas manos sostienen un mapa de la ciudad, un albañil con unos planos se ve trabajando y donde vemos una serie de edificios altos, todo se ve como nuevo, inmaculado, sin basura, sin contaminación, con la vista al fondo de los volcanes, con la contraposición entre una pared de ladrillos y una de piedra volcánica. Todo con gran detalle se vuelve un testimonio histórico de un momento único, una serpiente emplumada cruza el cielo. En cambio, en la materia amorfa, orgánica que devora los cielos, que se alimenta de medicamentos fabricados a toneladas, donde vemos por lo menos dos cuerpos: uno deforme con varias caras, como las cabezas prehispánicas que se abren, y otro, el “Progreso”, con tres narices y ojos saltones, una combinación entre lo orgánico con lo tecnológico con una computadora que parece tener el control y una corona que simula el hongo nuclear de una explosión atómica, apuntando a diferentes direcciones. Seguimos viendo el detalle de dos ciudades, una cercana al fuego, como una visualización de un infierno boschoniano y del otro lado, una sociedad que pareciera ser cuidada por un ser barbudo.

Curiosamente, a pesar de la paleta de colores seleccionada, entre rosas, azules, amarillos pasteles, el tema apocalíptico lo acompaña con la desesperanza de una sociedad mejor. Durante su juventud, y hasta el final de sus vidas, fue cercano de Diego Rivera y Frida Kahlo, al morir ésta cayó en una depresión que lo llevó a un aislamiento y ayuno por 60 días, el tratamiento señalaba que matando todas las células de grasa la tristeza se iría, pero justo en esa temporada fue cuando falleció su maestro Rivera. A partir de ese momento la vida no volvería a ser igual. Por motivos económicos y de salud de su mujer Helen, decidió vender su mayor orgullo, su casa fue destruida por alguien quien “prometía” cuidarla en 1969. A partir de ahí, todo se fue en caída libre, que lo dejó gravemente adolorido y amargado.

Su obra en realidad se vuelve un augurio de todos los males que nos acogen, de templos que prometían una mejor vida como la tecnología  junto a una montaña de cadáveres, residuos tóxicos que caen en desde torres que parecen de extracción de petróleo. En una entrevista O’Gorman menciona: “No me gustaría vivir muchos años más, ¡ahí sí no!, … Están haciendo horrores con la atmósfera, acabando con los bosques… Cuando cada tortilla llegue a valer cinco pesos la gente no se resignará a morir de hambre… de suerte que me muero y muero contento de no vivir más en un mundo lleno de contradicciones que no tienen solución.” Su capacidad de reconocer sus diversas facetas en el “Autorretrato Múltiple” y la presencia de un ser que no era de este mundo es la que le permitió tener la claridad de lo que sería la perdición de la sociedad. La obra que tenemos oportunidad de ver en esta exposición parece una continuación del “Proyecto de monumento fúnebre al capitalismo industrial “ de 1943. Nos lleva a reflexionar entorno a una nueva figuración, a la idea de una nueva carne, como mencionaba Cronenberg poco años después, la pieza se vuelve un testamento de un hombre que había tenido toda la energía para un nuevo futuro, pero que después de la destrucción de su obra; no una, ni dos, sino por lo menos tres veces; la maldad y la inmoralidad, la aniquilación de la naturaleza fueron minando su espíritu para dejarlo con un desasosiego nada consumido por la muerte.

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Sobre el autor

Ximena Apisdorf Soto

Ximena Apisdorf Soto

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Maestra en Arte, con especialidad en Art Business por la Universidad de Manchester y egresada de la Licenciatura en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se enfoca en la creación de mejores relaciones para el intercambio de instituciones nacionales e internacionales. Actualmente, trabaja para el Barroco Museo Internacional, el cual será inaugurado en 2016 en Puebla y como consultora de relaciones internacionales con las asociaciones como la Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD por sus siglas en inglés) y Bizot para el Museo del Palacio de Bellas Artes. En 2014 fue coordinadora operativa de la 2da. Bienal de Arte Veracruz, para la creación y difusión de artistas del estado. Desde el 2011 se ha especializado en arte contemporáneo latinoamericano y su difusión en las plataformas digitales como fundadora y editora del blog Tildee.info. Escribe para las publicaciones especializadas: Flash Art, Revista Código, Artishock, entre otras. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas, enfocada en la coordinación estratégica, operativa y de comunicación; tanto en México como en Estados Unidos; entre los que destacan: el Museo Nacional de Arte, el Museo Tamayo, Proyectos Monclova, I-20, Casey Kaplan Gallery, Prospect 2.5. Ha impartido clases para la Suprema Corte de la Nación (2007) y el Instituto Realia (2014). En el 2008 curó y coordinó la primera exposición de arte contemporáneo en el Museo Diego Rivera Anahuacalli: “Elefante Negro: Arte Contemporáneo”, en la cual participaron 21 artistas de 10 nacionalidades diferentes.

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