La capacidad del pueblo de elegir a sus gobernantes en un régimen democrático teóricamente debería de facilitar la confianza entre los ciudadanos y la clase política. La comunicación ciudadanos-gobernantes debería ser de fácil acceso, y la participación ciudadana debería de ser activa. Sin embargo, factores tales como la corrupción, la desigualdad social, y el rezago educativo, mezclados con un sustancial crecimiento demográfico y un contexto histórico autoritario, dificultan el funcionamiento democrático.

La corrupción en la esfera gubernamental involucra manipulación de resultados electorales, malversación de fondos y al extenderse al ámbito legal otorga una sensación de protección a aquellos miembros de la clase política que estén inmiscuidos. Puede ser que al inicio los actos de corrupción de las autoridades pasen desapercibidos. Sin embargo, el hecho de que dichos actos permanezcan impunes incentiva a más individuos a cometerlos. Una vez que la fachada de “presunta transparencia” comienza a colapsar, la credibilidad de los ciudadanos para con sus gobernantes se derrumba. Esto dificulta las campañas electorales, dado que la clase política deja de ser vista como representante del pueblo y pasa a ser un problema para el desarrollo y el bienestar social.

La desigualdad social y el rezago educativo facilitan las campañas asistencialistas que en el mejor de los casos pretenden solucionar problemas de manera inmediata pero sin atacarlos desde la raíz, y en el peor únicamente buscan ganar votos mediante un fingido interés. Por el otro lado, una amplia brecha económica y social aunada a una distribución injusta de la riqueza fomenta el alza de campañas populistas cuyas estrategias no sean más que una manipulación violenta de conceptos socialistas.

El crecimiento demográfico también imposibilita la comunicación directa ciudadanos-representantes y deposita un alto nivel de confianza meramente en las campañas mediáticas. Para complicar más la situación, aunque ciertos representantes cuenten con estrategias eficientes, existe detrás una compleja estructura burocrática en la cual se juegan muchos más intereses. En un sistema político en el cual los diferentes partidos políticos se muestran incapaces de cooperar entre sí, es común que diversas iniciativas o propuestas de ley sean obstaculizadas por el simple hecho de que éstas son propuestas por ciertos partidos políticos. Con una clase política tan fragmentada resulta complicado el proceso de gobernanza.

Quizás en países en los cuales la democracia surgió de manera casi natural desde hace tiempo y en los cuales la población no tuvo que sobrevivir a una colonización ni encontrar maneras de evadir a autoridades extranjeras para preservar sus recursos, sea mucho más sencillo mantener regímenes verdaderamente democráticos hoy en día. Sin embargo, en países en los cuales la democracia nunca ha existido realmente y en los que el proceso de colonización dejó implantadas estructuras de carácter autoritario y de explotación, resulta sumamente complejo instaurar un modelo meritocrático. Quizás la falta de democracia no se hace tan notoria o tan grave si la población cuenta con una situación económica próspera, bajas tasas de criminalidad, servicios sociales, y cierta movilidad social. Sin embargo, la falta de democracia aunada a malos servicios sociales, altas tasas de crimen, crisis económica, entre otros factores, funge como antecedente de  un régimen autoritario. De este modo, la población se muestra de acuerdo a sacrificar ciertas libertades democráticas a cambio de seguridad en todos los ámbitos e incluso llega a justificar la represión y el autoritarismo a cambio de estabilidad.

La falta de democracia como antecedente y justificación de los regímenes autoritarios se convierte en un ciclo vicioso casi imposible de modificar, pero también en un pretexto para que ciertos elementos de la sociedad se beneficien de manera personal. El líder autoritario que concede libertades al final es alabado, pero también el líder autoritario que incluso mediante la represión otorga estabilidad. La democracia se convierte así en una ilusión, en un espejismo político, en una meta inalcanzable, y el ciclo vicioso continúa…

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