El trono de hierro y los disfraces de la serie de HBO “Game of Thrones” en la exhibición “Game of Thrones: The Touring Exhibition” en el Museo Marítimo en Barcelona, España. Alejandro García/European Pressphoto Agency

Este sábado se inauguró en Barcelona Game of Thrones: The Touring Exhibition, la exposición oficial de la serie de HBO que recorrerá durante los próximos años las principales ciudades del mundo.

España se ha ido convirtiendo en una mala parodia de Game of Thrones durante los mismos años en que se multiplicaban los escenarios ibéricos de la serie. Los productores de HBO han interpretado a la perfección lo que Mariano Rajoy se niega a aceptar: la realidad plurinacional de este país de países. Los muchos paisajes naturales y humanos que conviven en este medio millón de kilómetros cuadrados son perfectos para ambientar un mundo también múltiple y contradictorio: el de Poniente.

Las ciudades y las naciones son construcciones mentales. La Girona de Carles Puigdemont se ha desdoblado, esquizofrénica, en las últimas temporadas de la serie: algunas de sus zonas eran de Braavos, otras de Desembarco del Rey (allí se rodó el acto de terrorismo estatal que masacró a los fieles del Gran Septo de Baelor); otros pueblitos catalanes, como Canet de Mar o Besalú, también acogieron escenas de la ficción, que ya han sido incorporadas a los discursos de los operadores turísticos.

A Navarra pertenecen las Bardenas Reales de los nómadas dothraki y al País Vasco, la mítica Rocadragón. La Peñíscola del Papa Luna acoge fragmentos urbanos de Meereen. El Real Alcázar de Sevilla se convierten por arte de magia en las Fuentes del Agua de Dorne, donde ocurre la trama más tonta de la serie; la cercana plaza de toros de Osuna también tuvo su momento de gloria. En Almería cabalgaron y follaron los dothrakis, y otras culturas de Poniente también encontrarán su horizonte en ese paisaje lunar, primigenio.

Se podría trazar un mapa con todas esas localizaciones y varias decenas más. Pero, aunque parezca mentira, el Ministerio de Turismo no ha hecho nada para aprovechar que —junto con Irlanda del Norte y Croacia— el escenario favorito de los Lannister, Targaryen y compañía es el Reino de España, ese anacronismo.

“Hemos escogido Barcelona como primera sede de Game of Thrones: The Touring Exhibition porque muchas escenas icónicas de la serie se han filmado en España y porque los españoles siempre han sido una de nuestras comunidades de fans más entusiastas”, me dice Jeff Peters, vicepresidente de HBO Licensing & Retail. El estreno ha coincidido con la declaración de la independencia republicana del viejo principado. Pero no hay señales de crisis en esta cola para entrar en el Museo Marítimo. Diez mil fans han visitado este fin de semana la muestra. Tras tantas semanas de tensión real, parece que necesitamos un baño de tensiones fingidas.

La mano dorada de Jaime Lannister en "Game of Thrones: The Touring Exhibition", en el Museo Marítimo de Barcelona, el 26 de octubre de 2017 Alejandro Garcia/European Pressphoto Agency

La mano dorada de Jaime Lannister en “Game of Thrones: The Touring Exhibition”, en el Museo Marítimo de Barcelona, el 26 de octubre de 2017 Alejandro Garcia/European Pressphoto Agency

Aunque los Stark, los Caminantes Blancos, los Inmaculados, los Bolton, los Hombres sin Rostro y el resto de familias, facciones, ejércitos y monstruosidades de Poniente sean especialistas en crear tensiones, es la banda sonora la que más rápidamente nos tensa los nervios. Sí, es cierto que son decenas de canciones, pero todos pensamos en una. La Sintonía. La Melodía. A la expo se entra como a la serie: a través de un mapa de Poniente. Y, enseguida, un vídeo en pantalla de cine que demuestra que en nuestra época de iPhone y portátiles las mejores series se disfrutan mejor en la gran pantalla. Y la música, chachán-chachachachán-chachachachachán, nos pone a tono.

El acceso también se realiza a través de un photocall, porque de eso se trata, de hacer fotos y de hacerte fotos, no en vano vivimos en la época más fotografiada y quién sabe si fotogénica de la historia humana. Los 150 que entramos en cada turno nos transformamos en máquinas de reconocer armaduras y trajes, traiciones y batallas, espadas y bestias pardas, automáticamente archivadas en la memoria de nuestro móvil. Se exhibe el espectacular vestuario de la serie, diseñado por Michele Clapton y su equipo, repetidamente premiado en los Emmy. La interacción que asegura la experiencia es también eminentemente fotográfica: un sofisticado dispositivo permite que tu cara forme parte de la colección del Dios de Muchos Rostros; algunas escenografías con croma o espejos te sitúan en parajes legendarios; y te puedes sentar en una réplica perfecta del Trono de Hierro, si pagas 12 euros extra —la entrada cuesta 20— por una foto más (digamos: la definitiva).

Artefactos en exhibición en "Game of Thrones: The Touring Exhibition", en el Museo Marítimo de Barcelona, el 26 de octubre de 2017 Alejandro Garcia/European Pressphoto Agency

Artefactos en exhibición en “Game of Thrones: The Touring Exhibition”, en el Museo Marítimo de Barcelona, el 26 de octubre de 2017 Alejandro Garcia/European Pressphoto Agency

Juego de tronos ingresa con esta exposición en la Gran Liga de los Mitos Narrativos Mainstream. La de El señor de los anillos, La guerra de las galaxias, Star Trek o Harry Potter, esa constelación de lo que Carlos S. Scolari llama en su imprescindible Narrativas transmedia. Cuando todos los medios cuentan “mundos-marca”: “Un puñado de rasgos distintivos y valores que pueden ser transcritos como si fueran una fórmula o algoritmo”. En el momento en que la serie de novelas Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, se convirtió en la serie televisiva Game of Thrones, la literatura se transformó en lo que Scolari denomina “diseño narrativo”. El final de la telenovela, el estreno de las secuelas, la circulación de Game of Thrones: The Touring Exhibition, el previsible parque temático: todo forma parte de un mismo mundo diseñado para la expansión.

En la tienda que hay al final de la exposición se puede comprar desde un lápiz (2 euros) hasta un huevo de dragón (150 euros). Predomina el vestuario casual (camisetas, sudaderas) y los objetos de la vida cotidiana (tazas, fundas de móvil): porque el objetivo de los universos transmedia es convertirse en cotidianos, en tu segunda piel. Todo es de la marca HBO, de modo que están a la venta en un rincón simbólico los paquetes de DVD, pero no las novelas de Martin. En cambio sí tienen mucha presencia varios tipos de cuaderno, puntos de libro, plumas o sets de escritura de cartas. Porque de eso se trata: de que el fan no deje de escribir, de reescribir, mientras la música de marras resuena épica en su cabeza.


Fuente: NYTimes / Jorge Carrión

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