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La enfermedad y sus (otras) metáforas

En 1616, Miguel de Cervantes comenzaría un lamentable camino de desventuras patológicas. Una enfermedad: la diabetes, a la que se sumaría una cirrosis y una supuesta hidropesía, llevaría al autor de las aventuras quijotescas, después de años de sufrimiento, hacia su muerte.

Cervantes alcanzaría los 69 años con una sed insaciable provocada por la misma enfermedad. Cuatro días antes de morir dicta, con sus últimos alientos, el prólogo de Persiles, su última obra terminada, dirigiéndose al lector: “Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida.”

Cuando el dolor y la enfermedad tocan a la puerta, recibimos el llamado que nos manda directamente al presente, al aquí y ahora; al mismo presente en que siempre estamos como sencillos pasajeros de la inconsciencia de la vida. Todos los enfermos se preguntan, sabiendo ya lo que se siente estar enfermo, qué se siente, entonces, estar sano.

Escribió Julio Ramón Ribeyro, en La tentación del fracaso, que “lo desagradable de las enfermedades es que nos desconectan del mundo para condenarnos a la sintonía permanente de nuestro organismo.” Nunca estamos tan desconectados de lo otro y tan conectados al tiempo de nosotros mismos. “Todo nuestro interés –continúa Ribeyro‒ está volcado en el cuerpo, que se convierte así en el único objeto digno de interés, con exclusión de todos los demás.” El mayor dolor del enfermo, por tanto, es no poder decir que duele lo que duele a quien se le aproxime. El mayor de los padecimientos del enfermo es vivir su dolor a solas.

Parece evidente que, del dolor los poetas, los artistas en general, obtienen los elementos necesarios para describir el mundo de las sensaciones. Esto se explica porque nunca se ha sentido más que cuando se vive la pulsión de muerte que la enfermad acerca. Los enfermos están pendientes de un yo convaleciente, viven “al acecho de sus ruidos, ronquidos, secreciones, sobresaltos, pulsaciones, mutaciones, evaluando sin descanso lo que significa una mejoría o un empeoramiento.” En esos momentos la salud se aleja, sin desaparecer completamente se posiciona en un horizonte de nostalgia, que nos hace recordar aquellos días en que caminamos sin sentir que no sentíamos el peso de la vida.

La salud, en cambio, “es el olvido de nuestro cuerpo, que deja de ser un escollo para convertirse más bien en un pasaje transparente a través del cual nos comunicamos con el mundo y con los demás. La salud hace de nuestros cuerpos una abstracción, mientras que la enfermedad lo carga de un peso imposible, que nos obliga a sobrellevarlo como un paquete inmundo por donde quiera que vamos.”

En resumidas cuentas, el bienestar es siempre mudo y no vive novedades, cae acríticamente en la mundanidad del mundo. Por lo contrario, la enfermedad, el dolor y la angustia siempre son locuaces, parlotean continuamente y, aunque la enfermedad no permita el salir de las palabras, interrumpen el silencio, de una habitación callada, con prolongadas toses.

Un día le dijeron al filósofo Jean Luc-Nancy que su corazón fallaría en poco tiempo y, que de no encontrar pronto un trasplante, moriría a sus cincuenta años. Fue, no es difícil imaginar, un golpe brutal. No es lo mismo, aceptar la muerte como idea que puede ser, que escuchar al médico pronunciar un diagnóstico a manera de epitafio. El médico, habiendo renunciado a encontrar la causa de su cardiomiopatía, le confesó con desaliento que “su corazón estaba programado para durar hasta los cincuenta años”. Pero ¡qué diablos!, ¿es la programación para la muerte nuestro acontecimiento infranqueable?

Fue inevitable, entonces, tomar esa frase a modo de sentencia. Estaba condenado desde su nacimiento a morir en medio siglo. El chip que de alguna forma, como soplo vital, le había sido insertado, se autodestruiría exactamente cuando el reloj marcara media noche. Pero entonces ¿qué clase de programa es ese del que no se puede hacer ni destino ni providencia? ¿“No es más que una corta secuencia programática en una ausencia general de programación”? ¿Quién dio el pitazo inicial que culminará con ese inexplicable padecimiento en el órgano que ya por sí mismo viene siendo problemático?

Es posible pensar que llevamos inscrito, como un tatuaje, un código-para-la-muerte. Pero no es sólo que el código nos conduzca al abismo, aunque sí lo haga, sino que ya desde siempre ha sido el abismo realizándose en nosotros; creciendo mientras crecemos y jugando mientras jugamos. Una vez que nacemos, el abismo nace en nosotros, se echa a andar el mecanismo abismal en cada uno. A partir de ese punto ya tenemos todo lo necesario, ya estamos listos para la muerte. No en vano, alguien decía, que una vez nacidos ya somos lo suficientemente viejos para morir. El código de programación, nuestra secuencia genética ‒según se ha descubierto con el avance de la ciencia‒ viene siendo una insulsa y a la vez sencilla acumulación en lenguaje binario, de unos y ceros.

No es necesario buscar e identificar a los enemigos afuera, en los otros. Nunca será suficiente asegurar la puerta con miles de cerrojos para salvarnos. Llevamos al intruso, al enemigo, reflexionó Jean Luc-Nancy, dentro de nosotros mismos. Es en nuestro interior donde se ubica la razón de todos nuestros males. Los enemigos verdaderamente fatales y desgraciados nadan en el interior, como “viejos virus cubiertos desde siempre en la sombra de la inmunidad”, esperando tomar por asalto, ya sea mañana o dentro de diez años, nuestras Bastillas vitales.

Susan Sontag plasmó en su ensayo La enfermedad y sus metáforas, algunas reflexiones entorno a enfermedades como el cáncer o la tuberculosis, que se convirtieron en un paseo imprescindible por el mundo de los padecimientos, el dolor y los estigmas sociales que implican el estar enfermo. Ella misma se trataba, en ese año de 1978, de un cáncer que no le impidió escribir.

Dicen Sontag que existe, paralela a la nuestra, una tierra nocturna, un lado enfermo de la vida habitada por ciudadanos desdichados. Al nacer, a todos se nos otorgan dos ciudadanías: la del reino de los sanos y la de los enfermos. Y aunque todos deseamos habitar el mundo sano, tarde o temprano, todos nosotros viviremos, al menos por un tiempo como ciudadanos de aquel otro lugar.

Sontag piensa que ciertas enfermedades padecen estigmas sociales, mientras que otras son nombradas como sinónimos de purificación e inteligencia. En el siglo XIX, el culto a la tuberculosis “no era simplemente un invento de los poetas y libretistas románticos, sino una actitud ampliamente difundida”, incluso “a quien moría (joven) de tuberculosis se le atribuía realmente una personalidad romántica”. La enfermedad para los románticos, era una forma de volverse interesante. Tal como escribió Novalis, “el ideal de la salud perfecta, solo es interesante científicamente”, lo verdaderamente interesante es el estar enfermo.

La misma Sontag, da cuenta del deseo que Lord Byron tenía de enfermar y morir de consunción. Cuando alguien le preguntaba por el motivo de tan peculiar deseo, Byron respondía: “Porque todas las damas dirían: ‘Mirad al pobre Byron, qué interesante parece al morir’.” Incluso se sabe que el poeta Percy B. Shelley consolaba a su amigo John Keats por su tuberculosis, diciéndole que esa enfermedad era “particularmente amiga de gente que escribe versos tan buenos como los que tú escribes…”

Sin embargo, no solamente a la tuberculosis se le ha atribuido un aire de melancolía, crítica e insatisfacción propia de los jóvenes. Un ejemplo más cercano se encuentra en los personajes que Gabriel García Márquez diera vida, en El amor en los tiempos del cólera, al hacerlos confundir los padecimientos de la desgraciada enfermedad del cólera con el trance propio del enamoramiento. En las novelas, el cólera, aparecía siempre como una “penalización de un amor secreto”.

Se ha pensado, desde tiempos remotos, que el estado anímico tiene una relación directa con la salud de los pacientes. Hoy día ya no se habla de la ‘teoría de los cuatro humores’ de la Grecia clásica, pero sí se han puesto de moda términos como ‘risoterapia’ que busca la curación del cuerpo y la mente a través de la risa, o ‘psicooncología’ que se interesa por incorporar una actitud rehabilitadora y un recetario emocional con miras a la recuperación total del enfermo.

Sontag piensa que “las teorías psicológicas de la enfermedad son maneras poderosísimas de culpabilizar al paciente.” Haciéndole creer que, sin buscarlo, ha causado su propia enfermedad. Por lo que se le hace sentir, como a Job, que bien merecido se lo tiene. Otro ejemplo podría ser el de las plagas, aquellas calamidades que arrasaban con civilizaciones enteras y que eran explicadas como “enfermedades del cuerpo político” que debían ser erradicadas. No por nada Ronald Reagan usaría la metáfora del “cáncer” para referirse muchas veces al comunismo y a los movimientos de liberación latinoamericanos, que él mismo combatió.

Aldous Huxley escribió que en los últimos años, como nunca antes, la investigación sobre las enfermedades y padecimientos ha avanzado tanto, que cada vez es más difícil encontrar a una persona totalmente sana. Es fácil pensar, siguiendo a Huxley, que más allá de vivir la época de la detección rápida de patologías extrañas, estamos viviendo, por tanto, en una sociedad de hipocondriacos. Pareciera que la enfermedad se ha vuelto un lugar común. Tal como piensa Sontag, la salud en nuestros tiempos se ha vulgarizado, volviéndose cada vez más banal.

Roselbet Toledo Mayoral

Roselbet Toledo Mayoral

Estudiante de Economía por la UAM y de Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM. Amante de la alta literatura, la poesía y el cine.

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