Un bonobo en una reserva afuera de Kinsasa, República Democrática del Congo Bryan Denton para The New York Times

La redada comenzó en las redes sociales, como sucede hoy con muchas otras cosas.

Daniel Stiles, un autoproclamado detective del tráfico de monos en Kenia, había estado explorando Instagram, Facebook y WhatsApp durante semanas, buscando fotos de gorilas, chimpancés u orangutanes. Esperaba afectar a un tráfico ilegal a nivel mundial que ha causado la captura o la muerte de decenas de miles de simios, y ha puesto al borde de la extinción a algunas especies en peligro.

“La manera en que negocian”, dijo sobre los traficantes de simios, “hace que los mafiosos parezcan novatos”.

Después de cientos de búsquedas, Stiles encontró una cuenta de Instagram en la que aparecían en venta decenas de animales poco comunes, incluyendo chimpancés bebés y orangutanes vestidos con ropa de niños. Envió un correo electrónico a la dirección de la cuenta —“buscando ‘otans’ jóvenes” (la jerga estándar de la industria para referirse a los orangutanes)— y varios días después recibió una respuesta.

“Dos bebés, 7500 cada uno. Precio introductorio especial”.

El traficante solo se identificó como Tom y dijo que residía en el sureste de Asia. Stiles sabía cuáles eran las intenciones de Tom: vender los pequeños orangutanes a un coleccionista privado o a un zoológico sin escrúpulos, donde a menudo los golpean o los drogan para someterlos y los utilizan como entretenimiento haciéndolos golpear una batería mecánicamente o enfrentándolos entre sí. Ese tipo de espectáculos con simios son un negocio creciente en el sureste de Asia, a pesar de las regulaciones internacionales que prohíben traficar con simios en peligro de extinción.

Varias semanas más tarde, luego de algunos intercambios de mensajes de texto con Tom para establecer los detalles, Stiles decidió volar a Bangkok, Tailandia.

“Estaba haciendo lo que nadie más haría”, admitió Stiles más tarde. Pero estaba dispuesto a atrapar a Tom, quien dijo que podría encontrar orangutanes y chimpancés con tan solo algunos días de anticipación, indicio de que se trataba de un gran traficante.

Empleados de la reserva Lola Ya Bonobo con bonobos jóvenes rescatados Bryan Denton para The New York Times

Empleados de la reserva Lola Ya Bonobo con bonobos jóvenes rescatados Bryan Denton para The New York Times

 

‘La preservación de las últimas especies’

El tráfico de simios es una parte poco conocida del comercio ilegal de fauna salvaje, una industria criminal mundial que recauda miles de millones de dólares. A diferencia del próspero negocio del marfil de elefantes, los cuernos de rinoceronte, el vino de huesos de tigre o las escamas de pangolín, el tráfico de simios involucra a animales vivos que están entre los más inteligentes, sensibles y en mayor peligro de extinción sobre la Tierra.

Stiles, de 72 años, empezó a sentirse intrigado por los simios hace décadas, cuando egresó de la carrera de Antropología. Desde entonces se ha involucrado cada vez más en el mundo de los simios y se convirtió en el autor principal de Stolen Apes, un informe publicado por las Naciones Unidas en 2013 considerado como uno de los primeros intentos integrales para documentar el comercio clandestino de simios. Él y otros investigadores calcularon que el contrabando se había apoderado de más de 22.000 simios, ya sea traficados o asesinados.

Simios desnutridos y aterrorizados han sido recuperados por todo el mundo en redadas encubiertas o en puntos fronterizos en países como Francia, Nepal, Tailandia, República Democrática del Congo y Kuwait. Hace dos años, en el aeropuerto internacional de El Cairo, las autoridades egipcias descubrieron un chimpancé bebé en posición fetal que habían metido en un equipaje de mano. Este verano, las autoridades de Camerún detuvieron a un traficante que intentaba transportar 45 kilogramos de escamas de pangolín y un pequeño chimpancé, que no tenía ni un mes de nacido, oculto en una bolsa de plástico.

Sin embargo, los especialistas en fauna salvaje dicen que, por cada redada exitosa, de cinco a diez animales pasan desapercibidos. Y por cada simio de contrabando varios más podrían haber sido asesinados en el proceso. La mayoría de las especies de simios son sociales y viven en grandes grupos, y los ladrones a menudo eliminan familias enteras para llegar a un solo animal joven, que es mucho más fácil de contrabandear.

“Transportar un chimpancé adulto es como transportar una caja de dinamita”, dijo Doug Cress, quien hasta hace poco era el director de la Asociación para la Supervivencia de los Grandes Simios, un programa de las Naciones Unidas. “Los adultos son extremadamente agresivos y peligrosos. Por eso es que todos quieren un bebé”.

Los investigadores de la fauna salvaje dicen que hay un suministro secreto de simios proveniente de los impresionantes bosques de África central y el sureste de Asia, a través de puertos poco vigilados en el mundo en vías de desarrollo, y que estos animales terminan en hogares de personas adineradas y zoológicos sin escrúpulos a miles de kilómetros de distancia.

Un área forestal afuera de Boende, República Democrática del Congo, que fue talada y convertida en una zona de pequeñas lagunas para criar peces. Bryan Denton para The New York Times

Un área forestal afuera de Boende, República Democrática del Congo, que fue talada y convertida en una zona de pequeñas lagunas para criar peces. Bryan Denton para The New York Times

Los simios son un gran negocio —un gorila bebé puede costar hasta 250.000 dólares—, pero saber exactamente quién está comprando estos animales a menudo es algo tan poco claro como la identidad de los traficantes. Muchas veces, dicen los investigadores, solo pueden comenzar a rastrear dónde terminaron los simios al toparse con publicaciones de Facebook y videos de YouTube de adinerados coleccionistas de mascotas.

“Esto es enfermizo”, dijo Stiles, mientras mostraba la foto de un pequeño chimpancé que tenía lápiz labial. “Tienes a este pobre animal sin su madre, sin ningún otro miembro de su propia especie, totalmente aterrorizado y desconcertado, todo para que los humanos se entretengan”.

Los funcionarios de fauna salvaje dijeron que un puñado de empresarios occidentales también habían sido arrestados. No obstante, añadieron, la mayoría de las redadas recientes habían sido en África y el sureste de Asia, generalmente contra traficantes de bajo nivel y subordinados con malos salarios, no contra los jefes que controlan las exportaciones ilícitas y viajan al extranjero para hacer acuerdos.

Y el tráfico no es la única amenaza que enfrentan los simios. La demanda mundial de biocombustibles y aceite de palma —un producto alimenticio barato que se utiliza en productos como labiales, sopas instantáneas y galletas Oreo— está arrasando con bosques tropicales y convirtiéndolos en granjas. En África sucede lo mismo con las nuevas plantaciones de caucho, nuevos caminos y nuevas granjas que se adentran en lo profundo de las zonas de gorilas. Una de las especies, el gorila occidental del río Cross, ahora está en tal peligro que los científicos creen que solo quedan entre 200 y 300.

“En la historia reciente hubo millones de simios”, dijo Ian Redmond, un reconocido primatólogo. “Ahora solo hay unos cuantos cientos de miles, una cifra que disminuye cada vez más”.

“Lo que estamos observando”, agregó, “es la preservación de las especies que quedan”.

Una bonobo alimentando con fruta a su bebe en la reserva Lola Ya Bonobo. Desde 2005, investigadores de las Naciones Unidas afirman que decenas de miles de simios han sido traficados o asesinados. Bryan Denton para The New York Times

Una bonobo alimentando con fruta a su bebe en la reserva Lola Ya Bonobo. Desde 2005, investigadores de las Naciones Unidas afirman que decenas de miles de simios han sido traficados o asesinados. Bryan Denton para The New York Times

La redada

Stiles es un hombre grande, pecoso y sociable, y le gusta usar pantalones cortos holgados y camisetas arrugadas de safari. También se ha inventado varias identidades falsas en internet, con sitios web que lo describen como un comprador activo de animales raros.

Daniel Stiles, un autodenominado detective de simios que vive en Kenia Georgina Goodwin para The New York Times

Daniel Stiles, un autodenominado detective de simios que vive en Kenia Georgina Goodwin para The New York Times

Para hacer su redada a través de la compra de un orangután, Stiles se registró en el hotel Landmark en Bangkok. Desde una habitación silenciosa con vista a calles congestionadas por el tráfico, comenzó a enviarle mensajes por WhatsApp al traficante Tom.

Stiles llevó su investigación a Freeland, un grupo sin fines de lucro que combate el tráfico de personas y de fauna salvaje desde una gran oficina en el centro de Bangkok. Freeland trabaja en secreto. También trabaja de manera cercana con los servicios de policía tailandeses, incluyendo a un alegre oficial encubierto que se hace llamar Inspector X.

A lo largo de los siguientes días, Stiles intercambió más mensajes por WhatsApp con Tom e intentó concertar una cita. Un par de veces incluso hablaron por teléfono. Tom tenía un acento malasio o indonesio, hablaba inglés con fluidez y jamás se quedaba sin palabras.

“Caray, te vas a divertir”, dijo Tom hablando de los orangutanes bebés. “¿Te estás preparando para tener unas noches sin sueño?”.

A finales de diciembre, el día de la cita, el Inspector X y los otros agentes tailandeses rodearon la ubicación indicada (el estacionamiento de un supermercado en el centro de Bangkok). Un taxi se detuvo en el lugar.

El Inspector X y los agentes se abalanzaron; arrestaron al conductor y descubrieron a dos bebés orangutanes en el asiento trasero que se aferraban entre sí. Parecían estar asustados pero sanos, y ahora viven en un santuario tailandés de vida salvaje. Pero a Tom no lo encontraron.

Stiles estaba contentísimo de haber rescatado a los orangutanes, pero también se sentía frustrado. “Debemos atrapar a los traficantes”, dijo.

Desde entonces, ha vuelto a Instagram en busca de más simios. Y de más Toms.


Fuente: NYTimes / Jeffrey Gettleman

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