apelprof¿Qué es la verdad? ¿”Verdad” es lo que afirman muchos, todos o unos cuantos? ¿Cómo se construye lo que denominamos “verdad”? Al respecto, los referentes filosóficos clásicos y renacentistas son vastos porque sobre la construcción de las “verdades” se han instaurado los principios de validez de las normas sociales y la legitimidad de los Estados de Derecho en términos de gobernanza.

En ese sentido, Karl-Otto Apel en su obra “Teoría de la Verdad y Ética del Discurso”[1], propone analizar los argumentos desde la perspectiva racionalista crítica, esto es, que toda tesis debe ser vista como hipótesis, es decir, un todo refutable y criticable.

En este trabajo inédito, Apel cuestiona el concepto clásico de verdad y busca contribuir con el progreso del conocimiento a partir de una estrategia de argumentación basada en primer lugar en el principio de falibilismo de Charles Peirce, entendido como la refutación de un hipótesis, cualquiera que esta sea, utilizando contraejemplos o falsaciones.

Este ejercicio consiste en aceptar que todo conocimiento sintético es falible (falseable, refutable), por lo tanto, solo puede haber comprensión y convergencia de los razonamientos a través de procesos lingüísticos de interpretación que realicen los miembros de una “comunidad de interpretación” (científica).

Para Apel, la “verdad” es un asunto pragmático, resultado de los razonamientos convergentes y del consenso de opiniones (comunidad de argumentación) porque para el autor, la verdad está en la opinión general consensuada y en el logro aproximativo de opiniones que ya no se pueden discutir más porque son irrebasables.

¿Cómo llega el autor a esta conclusión? Desde el punto de vista ético-crítico-hermenéutico, Apel realza la posibilidad del conocimiento a partir de la develación de las ideologías para posibilitar la comunicación y convergencia del entendimiento, bajo un consenso de los criterios de verdad para determinar que el contenido es válido y por lo tanto, una norma es correcta.

Su principal crítica estriba sobre la teoría realista y clásica de la verdad, esto es, la ponderación de la correspondencia entre la realidad y los enunciados porque no contempla la posibilidad del error de la realidad y la falibilidad del conocimiento.

Para determinar el concepto de verdad, la filosofía ha recorrido un “largo camino” : sentido aristotélico; teoría de la evidencia (Descartes); teoría de la coherencia; criterios pragmáticos y semánticos; las tendencias constructivistas, etcétera, y todas manifiestan -en un grado importante- un continuo regreso a la negación de sus propias premisas en la búsqueda de la validez de sus criterios: las “aporías” obedecen a la falta de entendimiento y reconocimiento colectivo del conocimiento y de los criterios de sentido, verdad, veracidad, y corrección normativa.

Nuestro autor analiza, como arriba ya se ha mencionado, las dificultades que presenta la teoría clásica de la verdad (correspondencia), los límites de la teoría fenomenológica de la verdad (Husserl), y la teoría semántica de la teoría de la verdad de Tarski.

En el primer caso, se ha dicho que la correspondencia es falible; en el segundo caso las evidencias siempre dependerán del juicio perceptivo del sujeto que enfrenta el fenómeno, lo cual tampoco es suficiente porque semióticamente una teoría de la verdad deberá contemplar al menos tres funciones sígnicas: 1) Función indexical (la delimitación de ubicuidad del “ser”); 2) Función icónica (la representación del “ser así”, uso adecuado de predicados); 3) Función simbólica (validez intersubjetiva de significado lingüístico).

En tercer lugar, la teoría tarskiana considera que el lenguaje artificial recibe ayuda del lenguaje científico y por lo tanto mediante el lenguaje natural se determinan los fenómenos como interpretables. Sin embargo, Apel asegura que “la validez intersubjetiva de la interpretación linguística del mundo está garantizada siempre a priori, pues la verdad se ha definido previamente como verdad proposicional en un sistema lingüístico unívoco y semántico”.[2]

El autor es muy claro sobre lo que define como: “sentido de la verdad”, si bien es un “problema” traducir al lenguaje pragmático lo que entendemos por “verdad” tiene mayor esfuerzo comprender que la correspondencia del estado de cosas con el cumplimiento de la intención median entre la evidencia y la validez intersubjetiva: entre un enunciado y un supuesto hecho abstracto.

En este punto el lector se introduce a la teoría pragmático-trascendental de la verdad como consenso y las implicaciones metodológicas que el falibilismo tiene en la construcción del conocimiento (en tanto el uso adecuado de las palabras) en función de la explicación de su significado, su correspondencia y por ende su validez:“…la comprobación de creencias o hipótesis en un contexto tal, solo puede pensarse como prueba de la capacidad de consenso mediante argumentos.”[3]

Sobre lo anterior, la comprobación práctica para las pretensiones de verdad se constituyen a priori por el consenso sobre los criterios de verdad, derivado de un acto de disención y falsación en el marco del discurso argumentativo que establece la comunidad científica de interpretación y experimentación, como una función “criteriológica” para formar opiniones falibles y provisionales.

En este sentido, el consenso por la verdad y la comunidad de argumentación van de la mano y nos acompañan en la formación de criterios objetivos disponibles para fundamentar el conocimiento ya que, de acuerdo al autor, no se trata de una perspectiva sociológica de “colectividad” en el ejercicio del consenso, se trata de un ejercicio intersubjetivo de interpretación en el que el contexto del entendimiento es muy importante.

Para el profesor emérito, los proceso sintéticos del razonamiento y la interpretación lingüística del mundo tienen una fuerte conexión interna porque la teoría consensual de la verdad esta basada en la comprensión de la dependencia lingüística tanto de la formación de las teorías como en las “posibles evidencias empíricas”, por ello hablar de la correspondencia o coincidencia entre enunciados y hechos es hablar al vacío porque los hechos están definidos a priori en virtud de que los enunciados verdaderos se corresponden con estos hechos.

Con estas ideas, una de las conclusiones fundamentales es que la teoría de la correspondencia (evidencia para la correspondencia) es compatible con:“… la teoría consensual o discursiva de la verdad (…) puede considerar la realización de la interpretación lingüística del mundo como constitutiva para la comprensión del fenómeno como algo y, de este modo, también como mediación entre experiencia y discurso argumentativo.[4]

Hasta este punto resulta necesaria la mediación consensual entre los criterios de verdad de la coherencia y el criterio de verdad de la evidencia de la experiencia, así como lo es el lenguaje entre dos dimensiones: la de orientación al mundo y la de pretensión de verdad.

Si bien, el autor afirma que desde el punto de vista de la teoría consensual de la verdad de Peirce no se resuelve el dilema entre la separación del “comprender” vs “juzgar” tampoco niega su existencia y en este caso nuestro autor dice que aún absteniéndonos de valorar (vocación científica weberiana) y restringiendo el propio juicio, estamos realizando una valoración y una pre-realización del juicio para mantener “neutralidad”.

Apel considera que las confusiones entre la pretensión de validez de carácter filosófico universal y las de carácter empírico general tiene como punto central las anomalías lingüísticas y las “autocontradicciones performativas” (la primera sobre la filosofía, la segunda se refiere al discurso).

Por ello, propone el análisis del lenguaje y la autorreflexión del discurso utilizando los criterios pragmático-trascendentales que la argumentación de una comunidad científica de interpretación y experimentación puede formular sin cometer contradicciones y partiendo de lo que podría denominar, sin hacer menoscabo del autor, un método falibilista. Uno de los aportes interesantes de esta lectura estriba en que todo conocimiento que tenga pretensión de validez es: “… a priori público, es decir, impregnado de lenguaje y, potencialmente, de teoría, por lo que siempre es criticable y por principio falible.”[5]

Ello significa que debe ser expuesto a la crítica -aunque no necesariamente sea falible en principio- porque la evidencia es un criterio objetivo de verdad que forma parte de la formación del consenso sobre la validez intersubjetiva y, por lo tanto, son refutables en principio aún cuando no se niegue la necesaria reserva de certeza de sus planteamientos.

 

Para el autor, al combinar la pretensión de verdad con la reserva de certeza nos aproximamos a la pretensión de validez y por lo tanto al principio del falibilismo porque cualquier hipótesis es básicamente criticable y básicamente refutable, ya que en términos del autor, “no se puede concebir ningún juego lingüístico en el que pueda expresarse la duda con pleno sentido, sin presuponer la certeza.”[6]

 

Finalmente, en esta obra se considera que para demostrar que algo es indiscutible, hay que presuponer lo que se va a demostrar, esto es, sólo se presupone lo que se quiere demostrar porque quien argumenta descubre que el sentido de verdad, la veracidad y la corrección normativa se realizan mediante la formación argumentativa del consenso y en ese sentido, la importancia que tiene la develación de las ideologías de los dominadores (el autor cita el caso alemán), proviene justamente de evaluar el origen y las causas (ejercicio hermenéutico) de lo que afirmamos como verdadero, pues en la búsqueda del conocimiento, la argumentación, la certeza y la suposición son parte del “circulo hermenéutico” para explicarnos la razón y sobretodo, para acercarnos al fin último del entendimiento humano: el conocimiento de su propio entendimiento.


[1] Apel, Karl-Otto. Teoría de la verdad y ética del discurso. Paidós, España, 2a Reimpresión 1998, pp. 184

[2] Ibidem. p. 59

[3] Ibidem. p. 69

[4] Ibidem. p. 95

[5] Ídem. p. 111

[6] Ídem. p. 119

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