Juan Goytisolo durante una entrevista en la Biblioteca Nacional de España en Madrid, el 21 de abril de 2015

En abril del año pasado Juan Goytisolo estuvo hospitalizado en Barcelona. Desde su cama podía ver los edificios, las calles, los colegios de Sarrià y la Bonanova que constituyeron el escenario de su infancia. Nunca los había contemplado desde aquella perspectiva. De hecho, nunca se había alojado allí, en la parte alta de la ciudad, en toda su vida adulta. Siempre que venía desde París o desde Marrakech su base de operaciones era el Hotel Oriente de las Ramblas, tan cerca del Barrio Chino y de los rincones canallas de Jean Genet.

En aquella clínica de la zona de su ciudad natal que siempre rechazó, pudo recuperarse de sus dolencias. Él no quería morir allí, ni en España, de modo que enseguida regresó a su casa en Marrakech. Llegaron otras dolencias y acabaron con él un año después en Marruecos, su país de adopción, cuando ya hacía demasiado tiempo que la vida había perdido sentido, pues no podía leer ni escribir.

Es el punto final coherente de un viaje que comenzó hace setenta años, cuando descubrió el sur. Lo encontró primero en la Barceloneta y el Raval de Barcelona; lo persiguió en Almería (Campos de Níjar y La Chanca dan testimonio de ello) y en los barrios populares de París (donde supo que deseaba los cuerpos de los árabes y de los turcos); decidió pasar una temporada en Tánger y allí no solo nació un libro mítico (Reivindicación del conde don Julián), sino la obsesión por conocer la cultura y la geografía del norte de África y del Mediterráneo (dedicaría textos a los santos de Marruecos, a la política algeriana, a la Ciudad de los Muertos de El Cairo, al Estambul otomano o a los bailarines sufíes; y aprendería, hasta hablarlos, el turco y árabe dialectal).

Ese viaje personal y literario dio lugar a una de las biografías y una de las obras más fascinantes de la literatura del siglo XX, ambas marcadas por un giro radical. A principios de los años sesenta, tras haberse labrado un espacio de prestigio con varias novelas de realismo social, con un trabajo soñado como editor de literatura en español en Gallimard, decide dejarlo todo y dedicarse a escribir al margen de las modas y de las ventajas de la acción política directa. La autobiografía en dos volúmenes (Coto vedado y En los reinos de taifa), donde habla de cómo supo que era homosexual y de su diálogo íntimo, intelectual y sincero con Monique Lange (la mujer de su vida) y con Genet (su gran maestro), supone su gran aportación a la literatura testimonial de nuestra lengua. Y las novelas que provocó aquella decisión suponen su gran legado a la literatura contemporánea.

Sus Obras completas —editadas para Galaxia Gutenberg con la exquisita ayuda de Antoni Munné y que él siempre llamó “mis obras incompletas”— permiten recorrer en su tercer volumen las páginas de sus novelas más importantes como si se tratara de una sinfonía única. Así, la prosa de Señas de identidad se rompe o se deshace de pronto en versos, y como un poema se alarga por Don Julián, Juan sin Tierra y Makbara, hasta ser el monólogo lírico y crítico de un expatriado que conduce el español hasta la orilla desintegradora del desierto.

La frontera entre la poesía y la ficción es una de las muchas que transgredió con su vida y su obra. También ignoró los límites entre la teoría y la novela, no solo incorporando digresiones ensayísticas en sus ficciones, sino también acompañándolas de libros de artículos que explicaban el contexto de lecturas en que habían sido creadas. Y la barrera entre la ficción y la realidad, en todas sus novelas, siempre con un alto grado de autoficción, y en textos emblemáticos como Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, preciosa hibridación entre cuento y crónica de viaje.

Contra un régimen franquista que propugnaba la unión de la España nacional y católica, Juan Goytisolo creó una obra que reivindicaba una España plurinacional, judía y árabe, que se abre al Meditérraneo como lo hace la obra de Cervantes. Contra los muros que han separado a la Península Ibérica de Europa y de África, el autor de El exiliado de aquí y allá se sintió parte de la tradición de Fernando de Rojas, el Arcipreste de Hita, Blanco White, Américo Castro o Luis Cernuda, que criticaron que España fuera única o grande, pero intentaron con todo su talento que fuera profundamente libre.

El mes pasado pude visitar en Almería parte de su archivo, custodiado por la Diputación Provincial. Aunque me impactó leer aquellas cartas con interlocutores de la talla de Octavio Paz, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Hans Magnus Enzensberger, J. M. Le Clézio o José Ángel Valente (a quien de hecho convenció para que se mudara a esa ciudad), fue mucho más emocionante recorrer La Chanca en compañía de Pepe el Barbero y Ramón de Torres, el líder vecinal y el arquitecto que —animados por el libro que Juan Goytisolo dedicó al barrio hace 55 años— han transformado radicalmente las condiciones de vida de sus ciudadanos, en gran parte de etnia gitana.

La historia la ha contado muy bien Pepe Criado en La Chanca. Un cambio revolucionario (1940-2000) (Letra Impar Editores, 2017). El prólogo, obviamente, es de Juan Goytisolo (que para todos ellos era, sobre todo, un amigo). Tal vez sea el último texto que escribió. En él dice que los vecinos del barrio se rebelaron contra “la frontera mental que los separa del resto de la ciudad”.

Eso hizo el autor de La saga de los Marx durante toda su vida: luchar contra las fronteras mentales, políticas y, sobre todo, literarias.


Fuente: NYTimes

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