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Iván Duque, la esperanza de la derecha colombiana

Iván Duque, el candidato presidencial del Centro Democrático, durante el mitin de cierre de su campaña presidencial en el parque El Tunal, en Bogotá, el 20 de mayo de 2018 Fernando Vergara/Associated Press

El 7 de mayo en Montería, una pequeña ciudad ganadera del Caribe colombiano, el candidato presidencial Iván Duque cantaba y bailaba junto a Silvestre Dangond, un popular cantante de vallenatos que atrae a multitudes en este país. Con un sombrero “vueltiao”, una prenda tradicional en esta zona, Duque movía la cabeza y coreaba mientras recorría la tarima tratando de seguir el ritmo de la canción que habla del desamor de una chica: “Materialista, interesada/ lo tuyo es rumba, dinero y fama”. Pero sus pasos lucían torpes comparados con la destreza del cantante que lo animaba.

En su juventud, Duque lideró una banda de rock, y más tarde se aficionó a la trova cubana. Pero aquella noche sobre el escenario, aunque se sabía las canciones, Duque lucía incómodo bajo las luces y era evidente que sus aptitudes se habían alejado de las artes hacía mucho tiempo, para enfocarse en los rudimentos de la danza política.

Más temprano, al llegar a la tarima, Duque fue recibido con aplausos por sus seguidores. Pero una algarabía mayor se escuchó cuando pidió al público “un saludo para el presidente Álvaro Uribe”. El candidato esperó a que el ruido bajara y, refiriéndose a Gustavo Petro, su principal adversario en esta campaña, declaró que si él gana las elecciones, su gobierno estaría muy alejado del “fallido sistema de Venezuela”.

De izquierda a derecha: Marta Lucía Ramírez, Álvaro Uribe e Iván Duque, dirigentes del Centro Democrático en el cierre de campaña celebrado en Bogotá, el 20 de mayo de 2018 Leonardo Muñoz/EPA, vía Shutterstock

Estas dos frases podrían resumir la campaña de Iván Duque. Él y su partido, el Centro Democrático, han construido buena parte del discurso electoral sobre la influencia del expresidente Uribe y el miedo que despierta el chavismo entre muchos electores. Con 41 años y un ascenso veloz en la política, Duque es la nueva esperanza para un sector de la derecha colombiana, desplazada del poder durante los últimos ocho años.

Hijo de gato

En Colombia la política es un legado de sangre. El abuelo materno de Iván Duque fue viceministro de Minas a principios de los setenta, poco antes de que naciera el candidato. Su padre, Iván Duque Escobar, fue gobernador, ministro y registrador nacional. “Más que un político, mi papá fue un servidor público; un tecnócrata”, me dijo el candidato en un hotel de Montería, al día siguiente del concierto. “Le gustaba mucho la política y me inculcó ese amor desde niño. Él fue mi primer mentor”.

La biblioteca de ese mentor es famosa: guardaba 17.000 volúmenes, y en ella empezó la formación de Duque. Desde entonces ha sido un lector asiduo en temas de gobierno y un admirador de la política estadounidense. Desde niño demostró admiración por los grandes hombres públicos. A los 7 años, de memoria, recitaba los discursos de Jorge Eliécer Gaitán, el gran orador liberal asesinado en 1948.

Duque está casado con la abogada María Juliana Ruiz y tiene tres hijos: Luciana, Matías y Eloísa. Aunque él también se graduó en Derecho, se ha dedicado más a la economía y los negocios internacionales. Durante trece años, en Estados Unidos, el candidato trabajó en el Banco Interamericano de Desarrollo y en Naciones Unidas, y completó dos maestrías: una en Derecho Internacional Económico y otra en Gerencia de Políticas Públicas.

En su formación en economía coincide con Gustavo Petro, su adversario, pero Duque se ha afincado en la centroderecha, muy imbuido por las ideas liberales y una defensa de la economía de mercado.

Simpatizantes de Iván Duque que asistieron al Parque El Tunal, el 20 de mayo de 2018 Fernando Vergara/Associated Press

“Iván no es un político, pero tampoco es un burócrata”, me dijo a mediados de mayo Luis Guillermo Echeverri, exdirector ejecutivo del BID para Colombia. Echeverri fue el jefe de Duque durante ocho años en ese organismo. “Allá, juntos, negociamos créditos para el país. Iván es un ejecutor con una enorme capacidad analítica. El paso por el banco fue una gran experiencia para él”.

Un día, contó Echeverri, Duque le confesó que quería ser presidente: “Yo le dije que tenía que prepararse para no ser otro político mediocre como tantos que hemos tenido. Le dije que en el banco tenía una gran oportunidad, y creo que él se tomó eso muy en serio”.

Duque, como su padre, se ve como un tecnócrata. Y también como corredor en una prueba de relevo. “Creo que el presidente Uribe tiene ahora el deseo de pasar la posta y promover un nuevo liderazgo. Yo tengo el enorme compromiso de encarnar esa transición generacional; no solo en mi partido, sino también en la política colombiana”, dijo aquella mañana en el hotel.

De forma constante, desde que se convirtió en candidato, los adversarios de Duque lo han descrito como un simple títere de Álvaro Uribe. El estilo personalista del expresidente ha colaborado con la construcción de esa idea.

El candidato presidencial del Centro Democrático, Iván Duque, bailó champeta durante un acto de campaña en Cartagena, el 19 de mayo de 2018. Ricardo Maldonado Rozo/EPA, vía Shutterstock

Uribe fue un presidente muy popular entre 2002 y 2006, que luego promovió una reforma constitucional para acceder a un segundo mandato. En 2010 buscó reelegirse para un tercero, pero la Corte Constitucional lo detuvo. Entonces Uribe apoyó a Juan Manuel Santos, su ministro de Defensa, que ganó la presidencia gracias a ese respaldo.

Pero Santos traicionó pronto a su padrino, sobre todo cuando abandonó la estrategia bélica y se sentó a negociar la paz con la antigua guerrilla de las Farc. Uribe intentó derrotarlo en 2014 cuando apoyó a Óscar Iván Zuluaga, otro de sus ministros, pero no lo consiguió. Ahora Iván Duque ofrece la oportunidad de recuperar el poder perdido.

Ironías de la política endogámica: Santos fue el descubridor de Duque. En 1998, el ahora candidato de la derecha prácticamente empezó su carrera en la Fundación Buen Gobierno, un centro de pensamiento fundado por el actual presidente. De ahí, en el año 2000, Santos se lo llevó como asistente al Ministerio de Hacienda, cargo que ocupó durante el gobierno de Andrés Pastrana. El presidente, considerado como un traidor del uribismo, ayudó a formar al actual candidato estrella de ese movimiento, y su posible sucesor en la presidencia de la república.

Una pregunta clave es cuán autónomo será Duque si gana con los votos del uribismo. Duque ha dicho que Uribe será solo un asesor: “Yo seré el presidente y él liderará desde el Senado”. Según el candidato, esa alianza beneficiará mucho al país.

En las elecciones de marzo pasado, el Centro Democrático logró elegir 19 senadores y 32 representantes a la Cámara, lo que convierte al partido en la primera fuerza política del Congreso. El senador más votado fue Uribe, y es muy probable que presida el Senado cuando se inicie el periodo el próximo 20 de julio. La alianza entre Duque y Uribe hace que muchos teman por la futura independencia de poderes.

La gran oportunidad

Iván Duque no buscaba el poder; al menos no tan pronto. Pero en octubre de 2013, en Washington, después de su larga temporada en el BID, el joven funcionario empezó a relacionarse con el expresidente Uribe.

“Yo había sido su profesor asistente en Georgetown, y montando las clases hablábamos de política, de los países que estaban en el centro. Un día me preguntó si me interesaría regresar a Colombia y empezar a construir un proyecto político”, dijo Duque aquella mañana en el hotel de Montería, justo antes de salir a una cita con ganaderos y comerciantes de la ciudad.

Duque aceptó la invitación y volvió a Bogotá para sumarse al Centro Democrático, el nuevo partido uribista. En 2014 fue candidato de ese movimiento al Senado y logró su primer y hasta ahora único cargo de elección popular. Entre todos los candidatos a la presidencia, Duque es el más joven e inexperto, y ese ha sido el blanco donde han hecho diana sus adversarios.

Al mismo tiempo, su juventud y su falta de trayectoria pueden verse como un valor agregado: Duque tiene pocos vínculos con la política tradicional y puede venderse como un líder nuevo, desligado del viejo bipartidismo y de las maquinarias clientelares que tanto rechazo inspiran entre los votantes jóvenes.

El candidato suele recordar su periodo en el Congreso, donde promovió algunas leyes que considera valiosas. “Por ejemplo, la ampliación de la licencia de maternidad de 14 a 18 semanas”, dijo en el hotel. “O la ley de cesantías, que permite a los padres retirar ahorros y comprar seguros educativos para sus hijos. Y la ley naranja, que promueve las industrias creativas”.

Antes de completar su periodo parlamentario, Duque ganó una encuesta interna de su partido y se convirtió en candidato presidencial. Después, en marzo de este año, volvió a medirse con otros dos candidatos de derecha, Alejandro Ordóñez, exprocurador, y Marta Lucía Ramírez, exministra de Comercio Exterior y de Defensa.

A ellos también les ganó por un amplio margen y Ramírez, del Partido Conservador, se convirtió en su candidata a la vicepresidencia. Si vuelve a ganar en los próximos días, Iván Duque será el presidente más joven de la historia moderna en Colombia.

Hasta ahora el dueño de ese récord es César Gaviria, presidente entre 1990 y 1994. El candidato con mayor opción de triunfo ese año era Luis Carlos Galán, asesinado en 1989. Gaviria asumió la candidatura y ganó. Por eso él y Duque están unidos por el fenómeno del liderazgo heredado.

Una derecha recargada

La estructura del poder tradicional aumenta las posibilidades de triunfo de Duque, pero al mismo tiempo contamina su propuesta. En el Centro Democrático hay casos de corrupción y vínculos delictivos; sin embargo, el legado más oscuro del gobierno de Uribe es el de los llamados falsos positivos: miles de jóvenes fueron vestidos como guerrilleros y asesinados por las Fuerzas Armadas para demostrar avances en la lucha contra la insurgencia.

Sin decirlo, el candidato pareciera amagar con un posible distanciamiento. “Más allá del Centro Democrático debemos darle espacio a una nueva forma de hacer política”, me dijo en Montería, a punto de abordar una caravana de camionetas blindadas. “Venimos con rigor académico, lejos de las prácticas del pasado, hablando de políticas públicas. Mi reto es que el país vea una nueva generación que puede reconciliar a Colombia y dejar atrás los debates anacrónicos”.

Otra bandera de Duque ha sido su promesa de revisar el Acuerdo de Paz firmado con las Farc. Se trata de un punto innegociable de su partido y del propio Uribe, que lideró en 2016 la campaña ganadora del no en el plebiscito que buscaba aprobar ese acuerdo en las urnas.

El 2 de mayo por la tarde, en un parque ubicado al norte de Bogotá, el candidato habló frente a 600 víctimas de la guerrilla que ahora están reunidas en una federación. Allí Duque sintetizó su posición en torno al fin de la guerra. “Queremos la paz, pero una paz que sea producto de la legalidad, con castigo para los victimarios y justicia para las víctimas”, dijo.

En Montería, la mañana en que conversamos, fue más allá y separó el mensaje según su destinatario. “Para la tropa guerrillera, condiciones que ayuden a su reinserción”, dijo. “Y para los comandantes, el narcotráfico no será un delito conexo al delito político; por lo tanto, no hay amnistía”. Si a los antiguos líderes les comprueban armas y dinero escondidos, aseguró Duque, perderán los beneficios acordados. Por otro lado, dijo, cualquier sanción por crímenes de lesa humanidad les quitará sus curules en el Congreso. “Y cumplirán penas por esos delitos; de lo contrario hay impunidad”.

Francisco Miranda, analista político, trabajó en la edición de El futuro está en el centro, el libro más reciente publicado por el candidato. “Duque es un tipo estudioso, disciplinado, reflexivo”, dice Miranda. “Y es sobre todo un hacedor de política pública. En cierto modo representa la posibilidad de modernizar a su partido, de traerlo más hacia el centro”.

Miranda reconoce que la mayoría de los votos de Duque son heredados de Uribe, su segundo mentor. Pero también dice que el nuevo candidato está haciendo un aporte sustancial: “Está atrayendo nuevos votantes. Uribe no endosa todos los votos que tiene, por eso necesitaba un buen candidato”, dice. Miranda escribió una columna reciente donde define el fenómeno de Duque como un “Uribismo 2.0”.

Aquella mañana a principios de mayo, le pedí a Duque que se ubicara en el espectro ideológico. Dijo que sentía una gran afinidad con las ideas de Mario Vargas Llosa y su defensa de los principios liberales. Elogió el trabajo de Mauricio Macri en Argentina y se mostró complacido con el regreso de Sebastián Piñera a la presidencia de Chile. También mencionó a Emmanuel Macron en Francia, a Justin Trudeau en Canadá y Albert Rivera en España.

En Venezuela, el país vecino, reconoció la resistencia de Leopoldo López, un opositor al régimen de Nicolás Maduro que sigue detenido en su casa. “Maduro es un dictador y en mi gobierno buscaré una solución diplomática a la crisis de Venezuela”, dijo.

Si gana, Duque enfrentará el mismo dilema que Juan Manuel Santos: permanecer fiel al líder que lo promovió, o construir su propio camino y asumir el enorme costo político de la independencia. Para irse solo, no tiene el dinero, la estructura ni las relaciones de Santos pero, como suele ocurrir con las jóvenes promesas, puede que sus verdaderos antecedentes aún estén por venir.

Desde niño, Iván Duque ha sido un aficionado a la magia. La practica y asiste a verla en espectáculos cada vez que puede. Ahora parece estar listo para ejecutar su mayor truco: el de su posible ascenso al poder. Si gana, enfrentará el reto de gobernar un país fragmentado.

“Vamos a superar diferencias y a unir a los colombianos para situar al país en el futuro”, dijo esa mañana en Montería. Luego desapareció en su caravana.


Fuente: NYTimes / Sinar Alvarado

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