Si ustedes escuchan la radio o ven la tele en los canales nacionales, se habrán percatado de que los “tiempos oficiales” que están a disposición de los partidos políticos se otorgan en bloque. Es decir, se amontonan los llamados de todas las formaciones que integran el abigarrado espectro de posibilidades electorales, y luego sigue la música o las noticias o los anuncios comerciales de todo tipo de servicios y productos.

Así, mientras se sortea el tránsito citadino (en cualquier ciudad que se precie de tener un considerable parque vehicular) o se va a la cocina por una chela o por un bolillo con mantequilla, va aterrizando una retahíla de propaganda que parece diseñada por la misma empresa publicitaria y se suceden los mensajes, uno tras otro, sin solución de diferencia aunque si de continuidad, casi con las mismas enfáticas voces: nosotros ya estamos empujando ¿o qué? ¿no lo notas?; pues nosotros nos pintamos de un solo color y lo que prometemos lo cumplimos: lo mismo contra malhechores que contra los que atentan contra la naturaleza; y tú ¿les crees? ¿pero cómo? si todo está cada vez peor para ti y tu familia, pero nosotros lo vamos a cambiar y dejar esto rechinando de limpio; pues nosotros antes de prometer nos distinguimos porque escogimos el rumbo de una de nuestras extremidades y por ahí nos vamos a ir hasta el final y sin parar; y a los que no nos quieran creer, aunque ya alguna vez nos creyeron,  deben saber que los réprobos deben merecer los más severos castigos ¿quién dijo que no se puede?, etc  etc. etc.

Los que sufren lo anterior en la tele, por lo menos tienen la oportunidad de ver los distintivos (logotipos, se les dice ahora) del propagandista en turno y, a lo mejor, alcanzan a distinguir por los colores o por algunos símbolos cuál es cuál. Pero tengo la impresión de que los radioescuchas pueden ser presa de graves desconciertos.

Si a lo anterior se agrega que quienes consiguen recursos para sus campañas (desde la etapa de pre) les basta con desplegar mantas y pedazos de plástico indestructibles para poner su nombre de pila con letras grandes y los apellidos con letras chicas (FULAN@ de tal) para ….. diputad@ local, federal, asambleísta, president@ municipal, etc., sin decir cuáles son sus propósitos políticos o administrativos, más allá de: más, mejor, cambio, renovación, compromiso y palabras por el estilo, el panorama se completa.

Por ello, el votante potencial, al momento de llegar a la casilla, si es que se anima a ir, se enfrentará a la necesidad de emitir el sufragio con una mezcla de confusión y desconocimiento, y no desechará la opción de regresar sin más a su domicilio o de tachar todos los recuadros de la boleta electoral, para que nadie se sienta mal tratado.

Y para qué hablar de las nuevas reglas electorales, si no las entienden ni los que las tendrán que aplicar.

En fin, ha de ser eso que se llama democracia.

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