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Gustavo Petro, el sobreviviente de la izquierda colombiana

Gustavo Petro, candidato presidencial del movimiento Colombia Humana, cerró su campaña electoral con un discurso en la Plaza de Bolívar en Bogotá, el 17 de mayo de 2018. Raúl Arboleda/Agence France-Presse — Getty Images

La noche del 17 de mayo, en la Plaza de Bolívar, en pleno centro de Bogotá, Gustavo Petro cerró su campaña presidencial rodeado de símbolos. A sus espaldas tenía el Palacio de Justicia, asaltado en 1985 por el M-19, la guerrilla en la que militó en su juventud. A la derecha podía ver la alcaldía que gobernó entre 2012 y 2015. Al frente, el Congreso, donde promovió debates como parlamentario. Y al fondo, fuera de su vista, la Casa de Nariño, sede del gobierno, donde espera vivir los próximos cuatro años.

Frente a decenas de miles de seguidores, el candidato del movimiento Colombia Humana evocó las “voces antiguas”, un recuento histórico que se ha vuelto obligatorio en sus mítines. Recordó a Rafael Uribe Uribe, un militar y político liberal asesinado a machetazos en una esquina de la plaza en 1914. Mencionó enseguida a Jorge Eliécer Gaitán, caudillo liberal baleado un par de cuadras al norte, en 1948. Y cerró con Luis Carlos Galán, el candidato liberal masacrado en 1989, en otra plaza ubicada a pocos kilómetros.

En sus discursos, Petro también suele recordar a Carlos Pizarro, líder del M-19, y al conservador Álvaro Gómez Hurtado, ambos acallados por las balas. En un país donde el asesinato es el megáfono de la opinión política, Petro se identifica como un heredero de esos liderazgos abortados; el único que ha sobrevivido para vislumbrar la presidencia. Aquella noche, expuesto ante la multitud, el candidato se acomodó varias veces el chaleco antibalas que llevaba oculto bajo una camisa blanca.

Durante cuatro décadas de ejercicio político, Petro ha recibido muchas amenazas y un ataque reciente. En Colombia, su activismo de izquierda coquetea con el martirio de forma permanente.

“Pero no es por deporte, es por vocación”, me dijo el 6 de abril durante un almuerzo, minutos antes de llegar a Ciénaga de Oro, el pueblo ganadero donde nació el 19 de abril de 1960. “Hemos tenido un país donde nada se ha podido cambiar en dos siglos; y a mí me dan ganas de cambiarlo. Ser el primero que lo cambie”.

 

Simpatizantes de Gustavo Petro desbordaron los espacios de la Plaza de Bolívar durante el cierre de campaña en Bogotá, el 17 de mayo. Nacho Doce/Reuters

Petro vivió su infancia en ese rincón caluroso del Caribe colombiano, rodeado de fincas donde pastaban las vacas o crecían los cultivos de arroz y maíz. Hoy el centro de Ciénaga de Oro tiene casas antiguas bien conservadas, y otras con paredes de adobe y techo de paja. En las calles de la periferia falta el pavimento y el agua llega de forma irregular.

A principios de la década de los setenta, la familia del candidato se mudó a Zipaquirá, un pueblo frío ubicado a 50 kilómetros de Bogotá, donde él terminó sus estudios de bachillerato y empezó a cultivar el germen ideológico que sellaría su destino.

“Zipaquirá era un pueblo industrial; la mitad de la población era obrera y eso fue lo que yo encontré”. Mientras terminaba un plato de sopa, Petro recordaba esa época, a ratos interrumpido por seguidores que se acercaban a saludarlo. “Entonces pude ver el mundo teórico, el del marxismo que leía en los libros, en su aplicación real y no apartado de la sociedad”. Justo ahí, en el trecho que divide las políticas ideales y su aplicación práctica, están algunas fallas que le critican al candidato.

Frente a las multitudes que congrega en distintos lugares del país, en los ochenta discursos que ha pronunciado durante esta campaña, Petro repite el mismo método: largas intervenciones, de hasta dos horas, como el discurso que pronunció en Bogotá, donde expone su diagnóstico del país: la desigualdad, el escaso acceso a la educación, la salud ineficaz para muchos, la tierra para pocos.

 

Gustavo Petro y Verónica Alcocer, su esposa, durante su participación en las elecciones legislativas del 11 de marzo de 2018 Iván Valencia/European Pressphoto Agency

Y remata con sus propuestas: transición progresiva del carbón y el petróleo a energías limpias, créditos oficiales para campesinos y pequeños emprendedores, educación superior gratuita y salud preventiva sin mediación privada.

Sobre la tarima, siempre con sus lentes de lector asiduo, Petro no alza la voz. Su estilo es el de un profesor aferrado a la pedagogía política: “Para mí la comunicación es un asunto central”.

La experiencia guerrillera

Según Petro, a fines de los años setenta la izquierda colombiana era representada de forma ortodoxa por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y por el Partido Comunista, pero estaba casi tan divorciada de la clase obrera como le sucedía a los partidos de derecha.

Pero entonces surgió una alternativa que sedujo a muchos jóvenes: el Movimiento 19 de abril (M-19). Este grupo insurgente, lleno de universitarios, desafió al gobierno de Julio César Turbay, quien había decretado el Estatuto de Seguridad, una política oficial que provocó persecuciones, torturas y exilios.

Petro, quien nació un 19 de abril, se enroló en el M-19 a los 17 años y dedicó su militancia a trabajar con sindicalistas y obreros de Zipaquirá. Así organizó a centenares de familias sin techo y fundó con ellas el barrio Bolívar 83 en un terreno que lograron ocupar.

En 1985, convertido en concejal de Zipaquirá, ese barrio se convirtió en el refugio donde Petro, todavía guerrillero, pasó meses escondido mientras lo buscaba la policía. Cuando lo detuvieron por porte ilícito de armas, ese mismo día supo que Nicolás, su primer hijo, venía en camino. Meses después lo conoció en prisión. Hoy el político tiene seis hijos de sus matrimonios con Katia Burgos, Mary Luz Herrán y Verónica Alcocer, su actual esposa.

Los azares de la guerrilla y la vida fugitiva pueden transmitir una imagen temeraria del personaje, pero Gustavo Petro nunca fue un verdadero hombre de acción: “No me gustan las armas ni los uniformes, y en la guerrilla me aburría la jerarquía militar. No creo que gente que se ordene de ese modo termine haciendo una revolución. Le tengo temor a jerarquizar las estructuras políticas, porque derivan en dictaduras y autoritarismos”.

A la izquierda, Iván Duque, candidato del Centro Democrático, y Gustavo Petro, abanderado de Colombia Humana, ríen durante un debate en Medellín el 3 de abril de 2018. Joaquín Sarmiento/Agence France-Presse — Getty Images

En 1977, Petro se había graduado de bachiller con uno de los mejores promedios de todo el país y se ganó una beca para estudiar economía en la Universidad Externado de Colombia. Desde las aulas siguió militando, pero en esa época empezaron sus dudas sobre la pertinencia de la lucha armada.

Alberto Peñaranda, un escritor y viejo amigo del candidato, recuerda un diálogo que tuvieron en la universidad: “Él me preguntó qué pensaba de las elecciones y le contesté que eran una farsa. Se me quedó mirando un rato y al fin, como desahogándose, me dijo que algún día tendríamos que confrontar al establecimiento con candidatos y programas propios”.

Conquistar el poder con los votos

A principios de 1990, después de una larga negociación con el gobierno, el M-19 entregó las armas y dio lugar a un nuevo partido político: la Alianza Democrática M-19, que logró una amplia participación en la Asamblea Constituyente de 1991.

“Esa fue nuestra gran victoria”, explica el candidato. “Porque llevamos el proyecto democrático, el Estado Social de Derecho, a la Constitución”.

Petro fue representante a la Cámara y dos veces senador. En el Senado destapó el caso de la llamada “parapolítica”, que demostró los vínculos entre los ejércitos paramilitares y decenas de funcionarios ahora condenados. También lideró debates contra la corrupción en los contratos de grandes obras públicas.

Desde el Congreso, Petro construyó una fama nacional de personaje intransigente y corajudo, enfrentado a la corrupción de la clase dominante. Las amenazas, que a mediados de los años noventa lo obligaron a exiliarse en Bélgica, volvieron y salpicaron esta vez a la familia: su madre, su hermana y sus sobrinos tuvieron que dejar el país durante varios años. Pero él se quedó en Colombia.

Gustavo Petro habló ante sus simpatizantes en la ciudad de Cúcuta, el 2 de marzo de 2018. Ese día su equipo de campaña denunció un ataque contra el vehículo que lo transportaba. Schneyder Mendoza/European Pressphoto Agency

El Senado fue para Petro un campo de batalla y un trampolín: de ahí saltó a la primera candidatura presidencial, en 2010. Pero llegó de tercero y decidió probar suerte en el segundo cargo más importante del país: la alcaldía de Bogotá. Muchos políticos en Colombia usan este cargo como un paso intermedio en la búsqueda del poder nacional. La ciudad, con nueve millones de habitantes, da entrenamiento, exposición y votos para intentar después la presidencia. Petro siguió ese camino.

Eduardo Durango, un sacerdote de izquierda que lo ha acompañado desde los tiempos de la guerrilla, ve la gestión en Bogotá como el laboratorio donde ensayó su propuesta con relativo éxito: “Se logró mucho en términos de inclusión de personas: niños, ancianos, drogadictos. Fueron cosas bien hechas, pero desafortunadamente esa clase oligárquica con la que él se metió, y sus intereses económicos, no dejaron que avanzara más la Bogotá Humana”.

Petro ganó esa elección en 2011 y empezó una administración que fue conflictiva y tensa. El balance oficial dice que redujo la pobreza, mejoró la inclusión social y el acceso a la educación pública, pero muchos proyectos no llegaron a completarse. Petro intentó cambiar el esquema de recolección de basura, controlada según él por mafias poderosas, y la Procuraduría lo destituyó. Entonces convocó a multitudes que lo apoyaron y pasó más de un año fuera del cargo, antes de regresar por decisión de un tribunal.

Petro salió de la alcaldía bastante golpeado, con una estela de historias en los medios que retrataban su talante soberbio y su supuesta incapacidad para trabajar en equipo. Algunos también afirman que sus logros son exagerados, y cuentan más metas fallidas que éxitos demostrables.
En resumen, Petro figuraba como un líder valioso para la oposición y la denuncia, pero ineficaz como gobernante. Y todavía carga con ese fardo.

Reformas y justicia social

A Gustavo Petro lo han vinculado al “castrochavismo”, porque propone expropiar latifundios y ponerlos a producir. Cada tanto lo relacionan con Hugo Chávez, a quien recibió en Bogotá durante su primera visita, en 1994.

El Centro Democrático, partido que apoya a Iván Duque, el joven candidato que puntea en las encuestas seguido por Petro, dice que una eventual victoria del abanderado de Colombia Humana traería a Colombia el comunismo y sus ruinas. Ante esos señalamientos, Petro responde que los verdaderos chavistas son el expresidente Uribe y sus aliados: “Porque nos expropiaron todo, privatizándolo: la tierra, la salud, el saber. Nos quitaron las condiciones para el trabajo, que es la única forma de construir riqueza”.

Petro insiste en que su proyecto no es de extrema izquierda. Durante el discurso de cierre de campaña en Bogotá se desmarcó aún más de Nicolás Maduro, a quien atribuyó la corrupción, el abuso de poder y la persecución política que tantos han denunciado en Venezuela.

“En cualquier otro país yo sería visto como un tipo de centro, pero esto es Colombia, un país conservador”, me dijo a principios de abril, mientras recorríamos su región en una caravana, siempre acompañado por su esposa, Verónica, y su hijo mayor, Nicolás, quien trabaja de forma activa en la campaña. “Mis adversarios promueven la violencia y la guerra porque sin ellas no se sostiene el discurso del miedo. Si no hay violencia, el país entra en otra discusión”.

Petro, que pasó de la guerrilla a la política después de un acuerdo de paz, ha defendido el que firmó el gobierno de Colombia con las antiguas Farc. Duque, su principal contendor, dice que someterá a revisión lo acordado. Petro, sin embargo, prefiere revisar la Constitución.

Gustavo Petro durante su juramentación como alcalde de Bogotá, el 1 de enero de 2012 Guillermo Legaria/Agence France-Presse — Getty Images

“El tema de la justicia social amerita también unas reformas”, sostiene. “Me refiero a la salud y a la educación; me refiero a la necesidad de separar la justicia de la política. Para eso es necesaria una reforma constitucional”.

Cuando se le pregunta cómo se haría esa reforma, el candidato dice: “El problema es que el Congreso está en manos de quien no quiere hacer las reformas. Entonces la posibilidad de una constituyente está abierta, pero no para hacer una nueva constitución ni adueñarme del poder, sino para construir un país más equitativo”.

Colombia tiene una de las sociedades más desiguales del continente, y también una de las más violentas. Este doble indicador no es casual, según Petro, uno explica al otro. Muchos lo acusan de promover el odio de clases, mientras otros opinan que su discurso solo evidencia una lucha que ya existe desde hace tiempo.

“El mío no es un programa radical”, sostiene el candidato. “Es solo un programa de reformas democráticas que hace un siglo debieron hacerse, y por no hacerlas fue que el país entró en la violencia”.

Petro se ve a sí mismo como una consecuencia del sistema y como un instrumento de justicia para la mayoría marginada. Esta elección, ha dicho, consiste en escoger a los mismos de siempre, o darle a él y al país, como escribió Gabriel García Márquez, uno de sus autores favoritos, “una segunda oportunidad sobre la Tierra”.

Si gana las elecciones, Petro será el segundo presidente de origen caribeño en toda la historia del país (el primero fue Rafael Núñez, durante el siglo XIX), cuyos líderes andinos han dominado el poder de forma casi hereditaria. Y será también el primero abiertamente de izquierda.

Pero enfrentará a grandes intereses y a una oposición que domina el Congreso. Repetirá por cuatro años la resistencia que encontró en la alcaldía de Bogotá, pero a una escala mayor. Él prevé ese destino y suele resumir su estrategia con la frase “defenderme en medio de las transformaciones”.

Esto sucederá si gana. Si pierde y llega de segundo, una reciente reforma constitucional le garantiza el regreso al Senado, donde tendrá la oportunidad de liderar a la oposición e intentar una tercera campaña en 2022.

Pero Gustavo Petro, el guerrillero atípico, el provinciano que llegó a gobernar la capital, no está pensando en la derrota. “Yo aspiro a ganar”, dice convencido.


Fuente: NYTimes /Sinar Alvarado

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