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Galería: Un testimonio de la dignidad en medio de la guerra civil de Guatemala

Robert Nickelsberg/Getty Images

El vocero de la Embajada de Estados Unidos en Ciudad de Guatemala se preguntaba por qué la revista Time quería una fotografía y una entrevista con el embajador en ese país. Después de todo, a principios de los años ochenta, la agitación política y la violencia en el vecino El Salvador —donde me encontraba— dominaban los titulares. Tendríamos que haber seguido cubriendo la guerra civil allí, dijo el vocero, ya que en realidad no había nada que valiera la pena cubrir en Guatemala.

Sin embargo, eso solo fortaleció nuestra determinación de echar un vistazo más de cerca. Redoblamos nuestros esfuerzos para informar sobre el Ejército y los grupos opositores atrapados en el que, finalmente, sería un conflicto de 36 años que cobraría las vidas de más de doscientas mil personas, la mayoría indígenas mayas, entre 1960 y 1996. Unas 45.000 víctimas desaparecieron, mientras que más de un millón de personas fueron desplazadas. No obstante, este conflicto se propagó en medio de una relativa oscuridad y misterio, aun cuando los años ochenta marcaban el comienzo de una era de violencia espantosa.

En el viaje en autobús desde Ciudad de Guatemala a la zona montañosa de Quiché, al noroeste, el bullicio urbano dio lugar a un paisaje espectacular de colinas verdes escalonadas, aunque el asombro que nos inspiró esa vista pronto fue remplazado por una sensación de amenaza. Los puntos de revisión del Ejército aparecieron treinta minutos antes de llegar a Chichicastenango, donde los pasajeros de autobuses y automóviles se formaban para mostrar sus identificaciones. Por lo general, los turistas extranjeros estaban exentos del trato de acoso y sospecha que se daba a los mayas.

Dos niñas indígenas que fueron por agua después de una batalla a tiros entre los miembros del Ejército Guerrillero de los Pobres y los soldados del Ejército de Guatemala en San Juan Cotzal, Guatemala, en 1982. Robert Nickelsberg/Getty Images
Dos niñas indígenas que fueron por agua después de una batalla a tiros entre los miembros del Ejército Guerrillero de los Pobres y los soldados del Ejército de Guatemala en San Juan Cotzal, Guatemala, en 1982. Robert Nickelsberg/Getty Images

Yo estaba familiarizado con la historia política turbulenta de Guatemala y el apoyo de la CIA a su golpe de Estado en 1954. Pero no estaba muy al tanto de las tácticas de terror cotidiano en Centroamérica, donde las tropas respaldadas por Estados Unidos usaban el miedo y la violencia para contener una creciente insurgencia de izquierda. No obstante, a diferencia de El Salvador, donde Estados Unidos proveía asesoría y equipo militares abiertamente, el apoyo estadounidense al gobierno militar de Guatemala se escondía y minimizaba de manera deliberada.

La campaña militar de violencia y terror se llevó a cabo con rigor y exactitud. La forma de multiplicar el horror de un asesinato político era dejar los cuerpos a plena vista de la gente, como al lado de un camino, con la garganta de los muertos cortada y la ropa rasgada. “Mira lo que te podría pasar” era el mensaje claro que se enviaba a las posibles víctimas, advirtiéndoles del destino que les esperaba a aquellos sospechosos de apoyar a los rebeldes.

Estos no fueron incidentes secundarios con actores marginales, sino una campaña de pacificación administrada de cerca cuyas violentas tácticas de contrainsurgencia eran sostenidas por otros países anticomunistas de derecha y sus agregados militares y entrenadores en Guatemala. Taiwán suministró entrenamiento para operaciones psicológicas anticomunistas; Argentina contribuyó con contrainteligencia y técnicas de interrogación de su propia represión; Sudáfrica suministró equipo de comunicaciones y entrenamiento; en tanto que Israel colaboró con armas para los soldados y la infantería. Un pequeño número de tropas estadounidenses de fuerzas especiales que hablaban español trabajó en el lugar y en los campos de entrenamiento militares.

En enero de 1982 viajé con Christopher Dickey, el corresponsal de The Washington Post, a los cuarteles militares en Santa Cruz del Quiché para hablar con el jefe del Estado Mayor del Ejército de Guatemala, Benedicto Lucas García. El general entrenado en Francia implementó una política de “tierra arrasada” con el propósito de eliminar una creciente insurgencia en las áreas indígenas de las tierras altas occidentales. La rebelión estaba en su apogeo y las guerrillas guatemaltecas se consideraban aliadas de los sandinistas de Nicaragua y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador.

Unos integrantes de las fuerzas locales de defensa afuera del poblado montañoso en la zona rural de Huehuetenango, Guatemala, en 1982 Robert Nickelsberg/Getty Images
Unos integrantes de las fuerzas locales de defensa afuera del poblado montañoso en la zona rural de Huehuetenango, Guatemala, en 1982 Robert Nickelsberg/Getty Images

El general nos invitó a Chris y a mí a hacer un vuelo en helicóptero sobre el área rural montañosa de Quiché, donde encontraban al enemigo con una lógica simple y letal: cualquiera que corriera de nuestro helicóptero blanco Bell era de la guerrilla o era un simpatizante.

Acompañado de dos francotiradores en la puerta y un oficial de inteligencia, el general Lucas García se sentó en el lugar del copiloto y dirigió el vuelo sobre las áreas rurales. Estábamos a 15 minutos de la capital provincial, volando a casi 500 metros de altura, cuando vimos a un grupo de mujeres que corrían para huir del helicóptero que se aproximaba. Ordenó al piloto que volara en círculos sobre los campos que estaban a nuestros pies y que se inclinara lo más posible para que los francotiradores en la puerta pudieran ver mejor.

Después gritó la orden de abrir fuego: “¡Dale! ¡Dale!”.

Los francotiradores acribillaron a las mujeres entre una nube de humo y cartuchos vacíos, el piloto giró y volvió a inclinar el helicóptero, haciendo círculos ruidosamente en el aire mientras mataban a los civiles con ametralladoras M60 proporcionadas por Estados Unidos. El general Lucas García nos explicó que, debido a que los campesinos habían corrido para alejarse del helicóptero, tenían que haber sido culpables. Cuando The Washington Post publicó la historia de Chris, el general Lucas García negó haber ordenado a sus hombres abrir fuego, aunque el artículo venía acompañado de una fotografía en la que se veía a los francotiradores de la puerta en acción (fotografía número 3 de la galería).

En varias ocasiones a principios de los años ochenta, salí de El Salvador para trabajar en Guatemala, fotografiando el triángulo de Ixil y las tierras altas del occidente. Usé una cámara Rollei 2¼, un trípode y película en blanco y negro. La película, de Todos Santos y Nebaj, había estado guardada y prácticamente nadie la había visto desde 1985.

En aquella época, la violencia en las tierras altas era terrorífica, misteriosa e intimidante. Al pedirle a los pobladores de Todos Santos y Nebaj que se sentaran para retratarlos, sentí que lo mejor que podía esperar era entrever su dignidad e independencia y aquello que estaban tratando de conservar desesperadamente en medio de las injusticias crueles que arrasan con todo, al igual que las devastadoras tácticas militares: justamente lo que el vocero indiferente de la embajada había querido que pasáramos por alto.


Fuente: NYTimes Robert Nickelsberg

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