Miembros de la Marina de México negaron la existencia de la niña Frida Sofía, quien estaba supuestamente atrapada bajo los escombros de la escuela Enrique Rébsamen de Ciudad de México, el 21 de septiembre de 2017. José Méndez / EPA

El 20 de septiembre a las 9:18 de la mañana, un día después de que un terremoto de 7,1 grados sacudiera Ciudad de México, la periodista Danielle Dithurbide conectaba en directo con el set de Televisa Noticias desde el colegio Enrique Rébsamen.

El reporte de Dithurbide decía: “Estamos literalmente en la zona cero de esta desgracia y estamos viviendo un momento muy emocionante. Te puedo confirmar que están teniendo contacto con una niña con vida, le acaban de pasar una manguera para que pueda tomar agua(…) Te puedo confirmar que está con vida y que tan solo en unos minutos podremos estar al aire con el rescate de esta pequeñita”.

El rescate, supimos casi treinta horas después, nunca iba a ocurrir. La pequeñita “no fue una realidad”, en palabras del almirante Ángel Enrique Sarmiento, responsable junto con el almirante José Luis Vergara de las labores de rescate en el colegio. El jueves 21 a las 14:00, Sarmiento afirmaba ante las cámaras que no quedaba ningún niño por rescatar y que no tenía conocimiento de la versión según la cual la niña estaba atrapada en los escombros. Pese a que tanto él como Vergara habían dicho lo contrario antes, incluso confirmando el nombre: Frida Sofía.

Luego del desmentido de Sarmiento y de las disculpas que él y Vergara ofrecieron más tarde ante las cámaras, las redes sociales mexicanas estallaron contra los periodistas que relataron la historia. En Twitter y Facebook todos tenemos siempre a mano una antorcha y un trinche para linchar a quien, creemos, ha cometido un error. La Marina tuvo suerte de que fuera Televisa —y su querencia por las telenovelas— quien puso en pantalla durante dos días la historia de esa pequeñita inexistente bautizada con el nombre más mexicano que se nos pueda ocurrir. El odio a Televisa —y su siempre cuestionada relación con el gobierno— consiguió que pasáramos por alto el desastre que fue la gestión de los responsables del rescate en el colegio Enrique Rébsamen.

Como muestra un botón.

El miércoles 20 a las 14:39, el almirante Sarmiento apareció en directo ante las cámaras junto a tres rescatistas. Uno de ellos, Juan Ramiro de la Fuente, le explica que el escáner térmico ha detectado “dos temperaturas, este que vemos aquí puede ser tórax, o sea órganos vitales”. De la Fuente intenta ser precavido y recomienda volver a ingresar sondas y cámaras para cerciorarse. Sin embargo, un segundo rescatista a su lado sentencia: “Definitivamente, es un cuerpo con vida”.

Conversé por teléfono con De la Fuente. Me confirmó que Sarmiento se enteró al mismo tiempo que los televidentes de los hallazgos del escáner. Es decir, el responsable de las labores de rescate permitió que se le diera en cámara la posible confirmación de la detección de una sobreviviente —una información extremadamente sensible— convirtiendo un momento clave del supuesto rescate en un espectáculo televisivo.

Ahora que sabíamos que no había ningún cuerpo con vida, le pregunté a De la Fuente qué es lo que había podido detectar el escáner. “Detectó unas temperaturas”, me dijo. Esas temperaturas podían proceder de “una entrada de luz” o “un tubo o un cable expuesto al sol”. Los falsos positivos son “normales en un rescate”.

Sin una multitud de cámaras, De la Fuente seguramente habría podido explicarle esto al almirante Sarmiento, quien, a su vez, podría haber tomado con pinzas la delicada información. “Unas temperaturas” se convirtieron delante de las cámaras en “un cuerpo con vida”.

Muchos periodistas y parte del público ven en la transmisión en directo una cima del periodismo: un error que historias como esta desnudan. Esta creencia se basa en la idea de que la información trabajada por un periodista está mediatizada, y esa mediación es un obstáculo para conocer la verdad.

En esta imagen del 21 de septiembre, un hombre coloca flores en un monumento a las víctimas del derrumbe de la escuela Enrique Rebsamen tras el terremoto que sacudió Ciudad de México el 19 de septiembre. Rebecca Blackwell/Associated Press

En esta imagen del 21 de septiembre, un hombre coloca flores en un monumento a las víctimas del derrumbe de la escuela Enrique Rebsamen tras el terremoto que sacudió Ciudad de México el 19 de septiembre. Rebecca Blackwell/Associated Press

Pero es debido a la mediación, a que un periodista se toma el trabajo y el tiempo de verificar, contextualizar y narrar unos hechos que ha presenciado o reconstruido, que el periodismo puede acercarnos a la verdad. En directo pueden presenciarse y hasta narrarse hechos, pero verificarlos o contextualizarlos se hace extremadamente difícil. El directo añade una barrera aún más alta, a veces infranqueable, a la complicada labor de hacer periodismo.

Tanto Danielle Dithurbide como otros periodistas que cubrieron el desplome de la escuela y ofrecieron detalles contradictorios sobre Frida Sofía tienen responsabilidad por haber transformado esta historia en una telenovela en vivo. Pero casi toda esa responsabilidad recae en la espectacularización propia de la televisión en directo antes que en el trabajo de uno u otro reportero.

Algunos de los periodistas, entre ellos Dithurbide, intentaron hacer periodismo. Luego de conversar con ella y contrastar su testimonio con decenas de horas de transmisión, los reportes de otros periodistas y las declaraciones de las distintas personas que hablaron en televisión, mi conclusión es que su trabajo estaba condenado al fracaso. No porque confiara en fuentes oficiales, como muchos criticamos, sino porque esas fuentes oficiales se encontraban montadas junto con los rescatistas en una montaña rusa de entusiasmo de la que nadie, ni siquiera los periodistas, supo bajarse.

Ese es uno de los peligros del directo: sin tiempo para digerir la información resulta extremadamente difícil, si no imposible, que un periodista haga a un lado las emociones de un rescate que ofrece un envión de esperanza en medio de la tragedia.

En una zona de desastre quien controla todo, incluido el flujo de información, debe ser la autoridad al mando. Los periodistas tenemos que hacer nuestro trabajo sin poner en riesgo las labores de esta, ya que de su éxito depende la vida de personas. Muchas veces, eso supone confiar en la información que nos brinda una fuente oficial. No debe ser una confianza a ciegas y debemos buscar formas de verificar suficientemente lo que se nos dice.

¿Qué podía hacer un periodista que retransmite en directo cuando alrededor reina el caos y el entusiasmo y la principal fuente de información es oficial? Podía haber buscado las listas de alumnos del colegio. Podía haber insistido en hablar con los supuestos padres, que aguardaban el rescate de su hija. Dithurbide me dijo que lo hizo, pero cuando uno de los supuestos padres señalados por el almirante Vergara le pidió respeto, accedió a su pedido y se retiró sin más preguntas.

El problema mayor en el colegio Enrique Rébsamen fue que quien debía controlarlo todo no lo hizo. Los oficiales de la Marina al mando no solo no controlaban el flujo de información y recibían datos sensibles delante de las cámaras. Además, oficializaban esa información repitiéndola minutos después frente a nuevas cámaras. Luego, los rescatistas que habían sido el origen de la información errónea volvían a compartirla con otros periodistas, sazonándola con detalles declarados por otra fuente minutos antes. Así, la información falsa crecía como una bola de nieve sin freno.

Fue de este modo que una niña inexistente mantuvo en vilo a un país gracias a la cámara de resonancia que construyeron unas autoridades irresponsables y unos medios presos de la espectacularidad del directo, sobre las ruinas de un colegio en el que murieron 19 niños y 7 adultos. Estos sí, todos de verdad. De ellos, dos semanas después, casi no sabemos nada.


Fuente: NYTimes / Diego Salazar

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