En un autorretrato pequeño (31.75 x 34.925 cms. poco más grande que una hoja tamaño carta) de cuerpo completo de Frida Kahlo es que podemos encontrar la esencia y discusión de una de las exposiciones de arte mexicano moderno más importantes de la historia; no solamente en términos académicos, curatoriales y museográficos; sino sociales y políticos. En el cuadro “Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos” de 1932, vemos a Frida vestida de rosa, en una postura que recuerda a los retratos del siglo XIX de Hermenegildo Bustos; nos ve de frente, sosteniendo un cigarro y una bandera en una base en la que se alcanza a leer “(Carmen) Rivera pintó su retrato EU año 1932” en la justa mitad de la composición, mitad representación viva, mitad estatua. Así, como las historias que le gustaba retratar en sus cuadros, hay una dualidad continúa entre ambas naciones, por un lado las alegorías del sol y la luna encima de una pirámide en parte en ruinas, pero en parte reconstruida a la usanza de una arquitectura modernista enfocada en el cemento y la pulcritud de las líneas rectas, pero al mismo tiempo con los ídolos prehispánicos en el suelo y una gran tradición agrícola se contrapone la industrialización de las fábricas -en especial de Ford-, de los rascacielos, de la tecnología y de una bandera en medio de los humos de las fábricas. Este retrato de Frida es el que sirvió de imagen en el Museo de Arte de Filadelfia y, que ahora se exhibe en el Museo del Palacio de Bellas Artes en la exposición Pinta la Revolución. Arte Moderno Mexicano (1900-1950).

Algunas de las cualidades del arte presentado, centrados en un realismo figurativo era su accesibilidad, su atracción y su amplitud de temas, aunque en un inicio pareciera que es totalmente politizado, la realidad es que su afán historicista, también mostraba aquellos detalles de la vida cotidiana por lo que México se volvió un lugar que el mundo volteaba a ver, el lugar de la “primera revolución del siglo XX” para los surrealistas. En estas fechas de tantas complicaciones sociales y políticas con nuestro vecino del norte: Pinta la Revolución se presenta como una carta de presentación, una carta de reconocimiento de esos vínculos ya construidos y, una excelente oportunidad para retomar discusiones más allá de lo aparente, en especial en la sección “Alegorías Negras”, que por medio de la sátira y el humor negro, retrata los temas que actualmente forman parte de la agenda pública.

Por iniciativa de Timothy Rub, director del Museo de Arte de Filadelfia desde el 2009; esta muestra se presenta como una continuación de un diálogo que comenzó el curador Henry Clifford en los años cuarenta, quien junto con la galerista Inés Amor, presentó la exposición Mexican Art Today (1943), y cuyo museo tiene una de las colecciones de arte mexicano moderno más importantes fuera del país. Se inició un proceso de investigación junto con el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y que llevaría casi cinco años en concretar, en palabras de su director el Dr. Renato González Mello y uno de los curadores de la muestra: “(el) reto era hacer una exposición del modernismo, y nos propusimos mostrar un relato que diera cuenta de las cosas que han sido novedosas en las últimas décadas y que no habían sido objeto de una revisión en cuanto al relato general del arte mexicano de la primera mitad del siglo XX. No lo habían sido en Estados Unidos, una parte importante de las exposiciones de esta época no eran recientes e incluso las que no estaban lejos se habían hecho dentro de una línea de cierto “mexicanismo”. Han ha habido muchas exposiciones puntuales, se quería una exposición general y que tuviera un carácter pedagógico”.

Este carácter pedagógico resulta relevante en Estados Unidos, ya que el crítico de arte del New York Times, Holland Cotter la puso como una de las mejores exposiciones del 2016, calificándola como de lo más sutil en el momento de señalar la polémica de muchos de las temáticas estéticas que proponen los artistas, más allá de su fama. Así, González Mello menciona: “El contexto político de Estados Unidos había un interés de tiempo atrás, su producción académica es basta, pero que se haya inaugurado en la víspera de las elecciones, ni yo, ni creo que nadie se hubiera imaginado el triunfo de Donald Trump, pero desde luego. La realidad fue la que miro hacia atrás”.

La muestra es un esfuerzo por reunir la mejor obra que pudieron y presentar de la manera más coherente posible -alejados de las piezas más conocidas de colecciones nacionales- piezas no tan mostradas que vienen de colecciones privadas como institucionales. Esta nueva visión busco contar con mucho cuidado la novedad, la resignificación de algunas piezas, no como mecanismo de exclusión sino de enriquecimiento de una producción artística tan fructífera. Así mismo, gracias a las nuevas tecnologías es que fue posible la ampliación del discurso curatorial con inclusión visual de tres murales: “Corrido de la Revolución Agraria” (1926-1927) y “Corrido de la Revolución Proletaria” (1928-1929) de Diego Rivera en el edificio de la SEP; el mural de José Clemente Orozco “La épica de la Civilización Americana” (1932-1934) en el Dartmouth College en Hanover, New Hampshire y, “Retrato de la Burguesía” (1939-1940) de David Alfaro Siqueiros en el Sindicato de Electricistas en la Ciudad de México, que de otra manera hubiera sido imposible más allá de los tradicionales bocetos y fotografías.

En su carta de introducción, el ya fallecido Secretario de Cultura Rafael Tovar y de Teresa menciona: “Para descubrir y trabajar nuevas ideas Estados Unidos se convirtió en uno de los centros preferidos de los artistas mexicanos, uno de los primeros grandes capítulos de la diplomacia”, que ha abierto las puertas a la apreciación, el estudio y la difusión internacional, ya que hubo una fuerte red de apoyo al arte mexicano. Gracias a la presencia de curadores como René d’Harnoncourt, quien llegó en los años veinte a la Ciudad de México de Austria buscando trabajo en las mineras y terminó como marchante de arte en una galería de antigüedades y artes aplicadas, donde forjó fuertes relaciones tanto con artistas de la época como con coleccionistas americanos, y lo llevó a curar una exposición para el Met en 1929-1930, con la ayuda de Miguel Covarrubias sobre la escena estética de México, con una igualdad en las artes plásticas y en las artes aplicadas. De 1949 a 1967 sería director del MoMA. Años después su única hija Anne Julie d’Harnoncourt sería directora del Museo de Arte de Filadelfia, hasta su muerte en el 2008, cuando llegó Timothy Rub. También la diplomacia fue la que durante un viaje a Rusia, permitió que Diego Rivera conociera al joven director del recién fundado Museo de Arte Moderno de Nueva York, Alfred H. Barr, y lo invitará a exponer individualmente -después de Matisse- en 1932. Así mismo el interés de Ernest M. Hopkins y su comisión de los 24 paneles del mural de Orozco en la Universidad de Darthmouth.

El encuentro entre el sur y el norte, entre las costumbres y la nueva tecnología, se presenta de manera ambivalente en la obra que Frida realiza durante su estancia para acompañar a Diego Rivera. La autora Hayden Herrera menciona “el problema es que las pinturas de Frida siempre fueron demasiado autorreferenciales para funcionar como retórica política, mientras que los murales de Rivera podían ofrecer al México posrevolucionario una perspectiva de las posibilidades de progreso social”, pero gracias a esto es que, incluso sus piezas más políticas de está época que junto a “Mi vestido cuelga aquí” (1933-1939), también dentro de la exhibición, permiten dar una lectura personal de sus sentimientos de pérdida, más si consideramos que por ese entonces, ya había tenido un embarazo fallido y más adelante un aborto en el Hospital Henry Ford en Detroit, por lo que la extrañeza y soledad se ven reflejados en un paisaje, casi desolador de rascacielos, casi casi sin personalidad. Esa situación que ahora se ve reflejada con las políticas migratorias, que a pesar de no ser en números más agresivas que las que ya estaban con Obama, en términos de discurso y presentación social son la ruptura de familias y la pérdida de un futuro para los “dreamers”.

En la obra de Frida no hay una idealización por ninguna de las dos partes. Su postura es muy clara en una carta, que retoma, la también recién fallecida, Dra. Teresa del Conde en su libro “Frida Kahlo: la pintora y el mito”, en la que menciona que le caían bien “gordos” los “gringos”, que sentía “gacho” sus maneras de ser. La muestra cuestiona no sólo la postura de los artistas respecto a la Revolución, a la ciudad, a otro país en crecimiento como Estados Unidos, sino también a las dictaduras, a los problemas políticos que a 100 años continúan siendo tan vitales como aquel entonces.

Sobre el autor

Ximena Apisdorf Soto

Ximena Apisdorf Soto

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Maestra en Arte, con especialidad en Art Business por la Universidad de Manchester y egresada de la Licenciatura en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se enfoca en la creación de mejores relaciones para el intercambio de instituciones nacionales e internacionales. Actualmente, trabaja para el Barroco Museo Internacional, el cual será inaugurado en 2016 en Puebla y como consultora de relaciones internacionales con las asociaciones como la Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD por sus siglas en inglés) y Bizot para el Museo del Palacio de Bellas Artes. En 2014 fue coordinadora operativa de la 2da. Bienal de Arte Veracruz, para la creación y difusión de artistas del estado. Desde el 2011 se ha especializado en arte contemporáneo latinoamericano y su difusión en las plataformas digitales como fundadora y editora del blog Tildee.info. Escribe para las publicaciones especializadas: Flash Art, Revista Código, Artishock, entre otras. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas, enfocada en la coordinación estratégica, operativa y de comunicación; tanto en México como en Estados Unidos; entre los que destacan: el Museo Nacional de Arte, el Museo Tamayo, Proyectos Monclova, I-20, Casey Kaplan Gallery, Prospect 2.5. Ha impartido clases para la Suprema Corte de la Nación (2007) y el Instituto Realia (2014). En el 2008 curó y coordinó la primera exposición de arte contemporáneo en el Museo Diego Rivera Anahuacalli: “Elefante Negro: Arte Contemporáneo”, en la cual participaron 21 artistas de 10 nacionalidades diferentes.

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