En un texto ya clásico de la economía mexicana, “México: la disputa por la nación”, los maestros Rolando Cordera y Carlos Tello señalaban que las interrelaciones de México con el mundo serían más intensas, además de mucho más tensas. Afirmaban que todos aquellos eventos trascendentales para los demás países capitalistas serían parte indisoluble del acontecer político y económico nacional. Ello, debido a la adopción de un nuevo modelo de desarrollo para el país.

De ahí que con una asombrosa capacidad analítica pusieran en el centro del debate la disputa que se daba, en ese entonces, entre dos modelos de desarrollo que pretendían corregir las múltiples distorsiones y desequilibrios que imperaban en el México de entonces. Uno era el neoliberal y el otro era el nacionalista, basado en la Constitución de 1917.

Dicha afirmación parecía en esos momentos más una declaración aventurada que una proyección “seria” de las circunstancias en las cuales se desenvolvería el quehacer cotidiano de la sociedad mexicana, incluidas sus esferas política y económica. No faltaron las voces conservadoras y “criticas” de la sociedad que reprocharon fuertemente lo escrito en ese libro

Sin embargo, la terca realidad se ha encargado de poner las cosas en su lugar y lo afirmado por ambos autores continua con una vigencia y validez asombrosa para este México del siglo XXI.

Hoy en día, al igual que en la época en la cual se escribió el texto que comento, el sistema capitalista ha entrado en un fuerte y profundo letargo productivo; las relaciones comerciales parecieran no estar rindiendo los resultados que de ella se esperan. Por su parte, el desempleo ha venido a tener una presencia permanente y dolorosa entre la gente de todos los países; sean éstos desarrollados o en vías de desarrollo.

Por otro lado, las relaciones comerciales, financieras y crediticias, así como los montos de inversión extranjera directa nos hacen estar, como nunca, totalmente interrelacionados con el resto de las sociedades capitalistas. Es precisamente esta actual conjunción de hechos y circunstancias la que nos debiera hacer reflexionar profundamente acerca de los cambios que se están suscitando actualmente en el sistema mundial, tal como lo pensaron los autores de la “Disputa por la Nación” hace algunas décadas.

Es este tipo de contexto el que permite suponer que nuestro sistema político no está procesando debidamente los cambios requeridos. Por poner un ejemplo relativo a la esfera económica, la clase política mexicana debería estar enfrascada en construir acuerdos para colocar a nuestro país en la siguiente ola de expansión económica, que de acuerdo con el economista Nikolai D. Kondratieff, tendría que presentarse en un par de años. Para aprovechar la expansión se deben realizar importantes cambios legales e institucionales.

En la introducción de su libro “Los grandes ciclos de la vida económica”, este autor establece un planteamiento que se volverá una verdad indiscutible que ha logrado trascender el tiempo; señala que se reconoce generalmente en nuestros días que la dinámica de la vida económica en el orden social capitalista no tiene un orden simple y lineal, sino más bien, complejo y cíclico. Lo anterior, aunque pareciera hoy en día una verdad de “Perogrullo” para académicos e intelectuales, no resulta como tal para nuestros políticos y autoridades financieras, que dan la impresión de no comprender lo vital e importante de esta afirmación.

Pero además de pensar en la esfera económica, los políticos también deberían pensar y actuar para atender la inestabilidad manifiesta de la esfera social. La creciente desigualdad económica ya ha dado muestras de trascender lo puramente económico y se ha insertado en importantes ámbitos de la vida social mexicana. Prueba de lo anterior es la creciente presencia de jóvenes en actividades delictivas, en la economía informal, en la descomposición familiar, el desempleo, etc.

Este panorama pone en evidencia la crisis que el estado mexicano debe enfrentar, ya que de no atenderse, se corre el riesgo de erosionar, aún más, las bases de nuestro orden institucional, político y económico.

La necesidad de que el Estado mexicano genere un mayor crecimiento económico, con subsecuente desarrollo, resulta a la luz de lo mencionado impostergable y necesario.

Sin embargo, la clase política, algunos intelectuales y funcionarios parecieran no darse cuenta de lo anterior. La fuerte presencia del pensamiento neoliberal entre ellos, mas como dogma que como método científico para resolver los problemas, les ha impedido pensar y reflexionar con claridad las circunstancias y acontecimientos que se están presentando en el mundo, así como las implicaciones que guardan para nuestro país debido a las interrelaciones ya mencionadas.

Esta coyuntura debiera provocar un replanteamiento de muchas posturas político-partidistas aún vigentes en el México moderno. Pelear la presencia fuerte y casi absoluta del Estado en la economía y distintos órdenes de la vida nacional parecen más los deseos y anhelos trasnochados de nostálgicos del viejo régimen; por otro lado, la idea de que el mercado debe ser el único mecanismo de asignación de recursos, por considerar que resulta más eficiente y “justo” también parece una idea fugada de la mente de tecnócratas igualmente trasnochados que parecieran no darse cuenta que el México de hoy ya no es igual al de los años ochenta y noventa.

Desafortunadamente, la clase política mexicana prefiere poner su atención en otro tipo de asuntos.

Actualmente se ha privilegiado procesar legislativamente un nuevo ordenamiento del marco legal e institucional para la competencia política, con sus claros alcances y limitantes en la conformación del sistema de partidos; que poner al día las instituciones facilitadoras de una mejor integración de los mercados nacionales con la dinámica económica mundial, además de combatir con mayor eficacia los monopolios, no sólo aquellos que por su tamaño y presencia mediática son más conocidos, sino también aquellos cuyo impacto regional resulta contraproducente tanto para pequeños productores como para los consumidores en general.

En resumidas cuentas se requiere, por un lado, la presencia de un estado de derecho vigoroso que otorgue garantías y certidumbre a todos los agentes económicos y sociales en sus transacciones cotidianas. Mientras que por otro lado, se debe otorgar de mayor libertad a las relaciones comerciales, sociales y políticas de todos los mexicanos para facilitar acuerdos que doten al sistema social todo de una flexibilidad mínima para construir nuevas reglas del juego acorde con los tiempos que nos ha tocado vivir.

La implementación de reformas como las mencionadas debe de estar guiada y/o inspirada por reflexiones como la de Rolando Cordera y Carlos Tello, para conferir verdadera legitimidad político-social a dichas reformas, ya que no solo estarían bien ubicadas en el contexto económico  internacional, sino también contendrían un importante componente social al incluir en cualquier ecuación la variable de la sociedad, para garantizar con ello una sólida estabilidad al sistema.

Actualmente ya no se trata sólo de buscar un crecimiento o estabilidad como fin último de las reformas. Se trata de dotar de estabilidad a todo el sistema político-económico y social para asegurar su permanencia; además de garantizar que las futuras generaciones también sean partícipes del mismo.

Sólo así, evitaremos la profundización de la desigualdad social y económica. Ésta es una amenaza real para la estabilidad del país.

La actual disputa por la nación encara el enorme reto de combatir la descomposición que existe en el México del siglo XXI y afecta los cimientos del pacto social mexicano, además de que debe buscar reconciliar al capitalismo con la idea de democracia liberal.

Tales deben ser las premisas de esta nueva disputa, antes de que el país inicie una lamentable y desastrosa balcanización. Esta disputa se tiene que resolver con una amplia perspectiva que vaya más allá de la conservación de la estabilidad macroeconómica, condición necesaria más no suficiente para el futuro de nuestra nación. Ello implicará un trabajo largo y duro por parte de todos. El resultado será aleatorio, dado que aún no podemos conocerlo, pero si se logró conseguir en el pasado, ¿por qué no habríamos de lograrlo ahora?

Quizá sea tiempo, parafraseando a Plutarco Elías Calles, de iniciar una era de nuevas instituciones para ganar dicha disputa.

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