En últimos días, la prensa internacional y algunas campañas en redes sociales, han destacado el racismo y la xenofobia que la afición española ha mostrado a jugadores como el Senegal Pape Diop y Dani Alves, Brasileño.

Este tema para la federación española no es nuevo. Esta el caso del camerunés Samuel Eto’o en 2006 y anterior, el acoso a Hugo Sánchez.

Y pongamos los hechos por partes:

Cuando Hugo Sánchez llegó al Club Atlético de Madrid y hasta su transferencia al Real Madrid, la afición le vituperiaba indio, sucio y mexicano (en forma despectiva). De ahí, que cada vez que anotaba un gol, su festejo era “una doble mentada de madre” hacia las tribunas.

Poco a poco se ganó a la afición y su respeto. En ese momento, la defensa del racismo y la xenofobia se veían lejanas; en cambio, era parte del “bullying” que el futbolista debía tolerar. Por eso la Federación Española no emitió comunicados al respecto y el asunto paso inadvertido.

Sin embargo, desde el incidente con Samuel Eto’o, la circunstancia ya no es la misma. El reproche hacia actos de este tipo, ya encuentra cabida en la sociedad y dentro del marco jurídico de muchos países que no sólo la condenan, sino castigan.

Los recientes hechos en contra de Pape Diop y Dani Alves, han recibido una enérgica condena mediática y en redes sociales. Sin embargo, los organismos que debieran castigar y mitigar estos actos, han permanecido estáticos, y sus respuestas, han sido blandas e insufientes.

Estos organismos son la Federación Española de Fútbol y la Federación Internacional de Fútbol Asociación, mismos que se han mostrado impávidos ante el aumento de muestras de racismo y xenofobia en los estadios españoles.

¿Y por qué es una reacción blanda e insuficiente? Tenemos del otro lado a la Asociación Nacional de Baloncesto de Estados Unidos, que ante la mínima prueba de racismo, además de condenar los hechos, castigó, multó y separó del gremio, al Dueño de Los Ángeles Clippers, Donald Sterling.

La respuesta por parte de estos dos organismos ante el aumento del racismo y la xenofobia en sus estadios, se vuelve obligada y contundente. Y no es una defensa apasionado de los derechos de los jugadores latinoamericanos o africanos, sino una muestra de cero tolerancia a prácticas de los sectores más reaccionarios de la sociedad –en todo el mundo-.

Si nos acostumbramos a tolerar racismo en las gradas, poco a poco, nos acostumbraremos al racismo en nuestras aulas, calles y vida cotidiana.

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