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Entre apocalípticos e integrados

El pasado primero de diciembre fue instaurada oficialmente la cuarta transformación (4T) que dará inicio al nuevo gobierno. Los mexicanos y el mundo fuimos testigos de una ceremonia de investidura presidencial sin precedentes que dividió aún más las percepciones que se tienen del nuevo régimen político.

Hubo varios hechos relevantes porque nunca habían sucedido. Es la primera vez en la historia de la política mexicana moderna que no toma un presidente el poder con acarreados para echarle porras. Tampoco se había visto tanta mundanidad en un líder político al salir de su casa en un auto que no fuera resguardado por el estado mayor presidencial, y mucho menos que un ciclista lo siguiera para recordarle lo que tiene que hacer.

No nos había tocado ver que teniendo todo palacio nacional a su disposición el presidente decidiera hablar a los mexicanos desde un templete que, dicho sea de paso, daba la espalda a la catedral metropolitana. Supongo que el espíritu juarista metió mano negra en el montaje del lugar.

El apoyo popular se desbordó y muchos sectores de la sociedad quisieron verlo o estar cerca del nuevo presidente de manera libre y voluntaria. Como siempre el primer mandatario lo disfrutó de manera singular. El impacto popular es grande, según consulta Mitofsky el nivel de popularidad a raíz de la toma de poder subió a 60% de aceptación en la opinión de los mexicanos lo que refleja perfectamente su legitimidad en el poder.

Los discursos del dirigente nacional fueron también distintos. El primero en el Congreso de la Unión descalificó las políticas neoliberales del expresidente Peña Nieto y las condenó prácticamente al pasado. En vivo y a todo color vimos juntos al agua y al aceite, en una convivencia, según dicen, armónica y respetuosa. El segundo con tono de seguridad y confianza enumeró gran cantidad de promesas y buenas voluntades para el cambio profundo y real en el México de hoy. Ambos discursos muy importantes por lo que se dijo y por lo que no se dijo.

La presencia del nuevo presidente en el zócalo innovó también la representación de lo mexicano con una ceremonia que hicieron dirigentes de comunidades indígenas diversas, de pueblos originarios como también se les llama ahora. La limpia al mero estilo prehispánico nos recordó nuestros orígenes y ese sentido espiritual que ningún presidente mexicano había manifestado públicamente. No tengo idea de cuántos mexicanos se habrán identificado con la ceremonia.

Lo anterior sucedió en medio de las polémicas decisiones tomadas por Andrés Manuel López Obrador antes de asumir la presidencia de la República. El tema del aeropuerto, el del tren maya, el del avión presidencial, el de los nuevos salarios públicos, el de la mayoría de morenistas en el congreso y sus abusos de poder, el de abrir los Pinos al pueblo de México y hasta el lenguaje florido y popular de Paco Ignacio Taibo II acompañaron al nuevo presidente en el momento histórico del cual todos formamos parte.

Y es que en este punto me quiero centrar. Los mexicanos seremos gobernados por Andrés Manuel López Obrador nos guste o no. Y eso requiere asumir por parte de los ciudadanos y de la clase política en turno, una posición frente a las innovaciones que estamos viviendo ya desde hace algunos meses. Esto me recordó mucho al maestro Umberto Eco cuando en la década de los años setentas elaboró su teoría de los apocalípticos (catastrofistas) e integrados (adaptados) que vinculaba a diferentes sectores sociales a las industrias culturales y poderes diversos en aquella época.

Hoy iniciamos una nueva época en la historia de México donde las percepciones ciudadanas sobre el nuevo gobierno están polarizadas en las dos esferas planteadas por Eco. Lo podemos ver muy bien en los comentarios con nuestros familiares, vecinos, amigos y compañeros de oficina. También son muy claras estas posturas en los medios de información electrónicos y escritos, en internet ni se diga. Los memes han estado muy creativos y han sido ampliamente difundidos por los internautas.

Pareciera que no hay medias tintas, que no hay claroscuros entre el blanco y el negro. Se acomoda la opinión a los extremos, o estoy muy contento con el peje o no lo estoy y me instalo en la catástrofe de su privilegiada posición en el poder. Bueno algunos juraron irse del país si ganaba la presidencia, cosa que por cierto no ha sucedido. Hay una extraña combinación de opiniones encontradas entre los pejezombies, amlovers y pejefóbicos. Las diferencias se construyen desde los propios discursos contradictorios de cada grupo.

Los cambios a todos nos incomodan. Nos dan miedo y una postura cómoda de los apocalípticos, es gritar el miedo a los cuatro vientos para contagiar las miradas pesimistas que tienen del nuevo país. No es para tanto. El analista político más novato sabe que los cambios políticos, económicos y sociales profundos no se dan solo por decreto de escritorio. Tienen que coincidir muchas variables en diversos tiempos y formas para consolidarse.

Por su parte los integrados, muchos de ellos pertenecientes a la iglesia pejista, unos más moderados y otros sólo simpatizantes del nuevo dirigente nacional, tienden a elevar sus expectativas de cambio social, político e histórico. Imaginan que el país resolverá sus problemas más graves como son la inseguridad, la pobreza o la educación en pases mágicos, y eso no puede ser posible. Las altas expectativas pueden ser peligrosas porque no hay garantía alguna de que se vayan a cumplir.

Entre apocalípticos e integrados debe haber un punto intermedio. Una postura sensata y crítica que nos permita visualizar realidades posibles y no solo realidades deseadas. Y el eje rector de esta perspectiva está en reconocer que el que dirige al país es el presidente, nada más. En los ciudadanos está concretar los cambios políticos, económicos, sociales y culturales en nuestra vida cotidiana. Tenemos que aprender juntos en el ensayo y en el error a ser mejores personas y mejores sociedades y eso no lo hace ni un proyecto político, ni un dirigente por muy popular que sea. Eso lo hacemos los habitantes de este país todos los días dentro de nuestras convivencias cotidianas. Tenemos que apostar por una cultura ciudadana funcional y crítica que sea el verdadadero eje transformador de la realidad.

Si esperamos que el presidente cambie al país la perspectiva está sesgada. Cada uno de nosotros tenemos que poner de nuestra parte para evitar o reducir la corrupción, para exigir mejor educación para nuestros hijos, para observar las acciones del gobierno y entender sus propósitos, para comunicarnos con el poder de manera inmediata en una nueva relación institucionalizada. Eso también es innovación gubernamental. Tenemos que aprender a construir ciudadanía con la participación con el debate de puntos de vista y con argumentos informados sobre lo que vemos e interpretamos del nuevo régimen.

Las innovaciones que hemos visto son las primeras. Creo que vendrán muchas más en los próximos meses. Tenemos que estar preparados con ánimos sociales equilibrados para instalarnos en las incertidumbres y novedades que se nos presentarán. Hay que desarrollar una inteligencia social en la que no predominen los pensamientos apocalípticos. México no inicia ni se acaba con un régimen político sino con la participación ciudadana que es la que determina en última instancia las relaciones sociopolíticas que nos caracterizan como país.

Fernando Molina López

Fernando Molina López

Periodista y comunicólogo. Aficionado al debate y al análisis. Docente e investigador puma. Gusta del café, la música y las conversaciones constructivas.

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