El Auditorio Justo Sierra de la Universidad Nacional Autónoma de México Rodrigo Cruz para The New York Times

Los exámenes terminaron y los salones han quedado a oscuras con la llegada del verano a la Universidad Nacional Autónoma de México, el orgullo del sistema de educación pública del país.

Sin embargo, aunque se reducirá el flujo de estudiantes y profesores, hay un raro rincón del campus principal de la universidad donde no cambiarán muchas cosas; donde mañana se parecerá mucho a ayer y el próximo mes mucho a este.

Desde el año 2000, el Auditorio Justo Sierra de la UNAM ha estado bajo el dominio de manifestantes, en lo que constituye una de las más largas ocupaciones de un edificio universitario en la historia: se ha extendido por casi 17 años y no da muestras de terminar.

Sigue sin quedar claro exactamente quiénes ocupan el edificio ni cuántas personas componen la fuerza de ocupación. Cerrados y combativos, rechazaron repetidas solicitudes de entrevistas.

“Estamos en contra de los medios de comunicación”, explicó un ocupante, que se negó a dar su nombre y dijo que no se dan entrevistas sin el consentimiento de “la asamblea general”. Estaba parado en lo que alguna vez fue el vestíbulo del auditorio, cuyas paredes lucen ahora cubiertas por calcomanías, grafitis, carteles y murales.

“No quiero ser asimilado por los medios”, dijo.

Lo que sí está muy claro es que la administración de la UNAM, la universidad más grande de América Latina con más de 230.000 estudiantes de licenciatura y posgrado, perdió el control de este edificio hace casi dos décadas.

El auditorio también es conocido como el Ernesto "Che" Guevara. Rodrigo Cruz para The New York Times

El auditorio también es conocido como el Ernesto “Che” Guevara. Rodrigo Cruz para The New York Times

La ocupación comenzó después de una huelga estudiantil que inició en 1999 y se extendió durante más de nueve meses. Los huelguistas protestaban contra el intento de elevar la colegiatura a algunos estudiantes, que sentían contravenía la continua promesa por parte de la institución de ofrecer una educación de calidad prácticamente gratuita.

Durante años, el auditorio había sido uno de los centros de la vida política y cultural del campus; ahí se celebraban presentaciones y conferencias de importantes escritores e intelectuales de Latinoamérica y otros lugares. Desde finales de la década de 1960, el edificio se conoce comúnmente como el Auditorio Che Guevara.

“Este ha sido el espacio más políticamente simbólico que la universidad ha tenido en toda su historia”, dijo Imanol Ordorika Sacristán, director general de Evaluación Institucional en la UNAM.

En su época como estudiante de la UNAM, Ordorika fue un activista prominente que ayudó a dirigir una huelga en 1987 en contra del aumento de las colegiaturas. Él y sus camaradas usaban el auditorio para sus asambleas y juntas, como lo hicieron generaciones sucesivas de activistas universitarios.

Durante la huelga de 1999-2000, los líderes de la protesta volvieron al auditorio su base de operaciones. Sin embargo, en septiembre de 2000, meses después de que la huelga había terminado, algunos activistas empezaron a residir ahí, con lo que comenzó la larga ocupación.

A lo largo de varios años, la ocupación funcionó como un colectivo de distintos grupos radicales, aunque su composición varió, algunas veces como resultado de la violencia.

En 2013, por ejemplo, unos autoproclamados anarquistas sacaron a otros grupos del edificio, según versiones de los noticieros locales. Tres meses después, sin embargo, una banda de rivales asaltó por sorpresa el auditorio y expulsó a los anarquistas. Más tarde, los anarquistas —armados con varillas de metal, extinguidores de incendio y palos con clavos— tomaron de nuevo y con violencia el control del inmueble.

La administración de la universidad denunció los actos violentos y ordenó “la entrega inmediata” del auditorio, sin éxito.

El edificio se distingue fácilmente. Sus paredes exteriores están cubiertas ahora con murales y grafiti y decoradas con consignas a mano que exigen la libertad de sus camaradas presos e invitan a la revolución. “Fuego a la cárcel”, reza una manta.

Los ocupantes cultivan un huerto en el techo destinado a producir medicina herbolaria y operan una cafetería vegetariana, abierta al público, que cobra menos de 2 dólares por un almuerzo de varios tiempos.

Una manta sobre la entrada principal le da nombre, aunque de manera poco clara, a lo que sucede: “Okupache: Espacio Autónomo de Trabajo Autogestivo”.

“Este ha sido el espacio más políticamente simbólico que la universidad ha tenido en toda su historia”
Imanol Ordorika Sacristán, director general de Evaluación Institucional en la UNAM

La ocupación parece estar afiliada a un politizado movimiento de invasores internacional, a veces conocido como Okupa, que incluye la conversión de edificios abandonados en centros comunitarios gestionados mediante una toma de decisiones colectiva.

Aunque algunos estudiantes todavía participan en esta ocupación en la UNAM, la mayoría de los ocupantes no están inscritos en la universidad, señalan tanto profesores como estudiantes.

Entran y salen del inmueble a lo largo del día. Algunos al parecer trabajan en un mercado informal en la parte frontal exterior: los vendedores ofrecen camisetas, libros usados, libretas y joyería hecha a mano, así como parafernalia para el consumo de marihuana. Un sistema de sonido afuera del auditorio hace sonar a todo volumen punk hardcore.

Ambrosio Velasco Gómez, quien fue director de la Facultad de Filosofía y Letras de 2001 a 2009, dijo que durante sus ocho años en el cargo intentó repetidamente dialogar con los ocupantes para terminar con la ocupación.

Nunca supo cuántos ocupantes controlaban el lugar. Recuerda que en algunas visitas se topó con entre seis y ocho ocupantes, aunque añadió: “Pero cuentan con redes de personas y en unos cuantos minutos podían ser 200”.

El grupo declara seguir una política de puertas abiertas, aunque con restricciones: un ocupante dijo que casi todos son bienvenidos, excepto los medios de comunicación, los representantes de partidos políticos y las autoridades gubernamentales.

Los ocupantes también trataron de impedir que un fotógrafo de The New York Times captara imágenes incluso del exterior, argumentando que eso pondría en riesgo su seguridad.

Más allá del vestíbulo y la cafetería, el auditorio se encuentra ahora vacío: hace mucho quitaron las butacas, dejando solo terrazas. En una visita reciente, todo el lugar se veía limpio y barrido.

Gabriel Ramos García, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras Rodrigo Cruz para The New York Times

Gabriel Ramos García, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras Rodrigo Cruz para The New York Times

Se ha acusado a los ocupantes de vender drogas y llevar a cabo otras operaciones delictivas fuera del edificio, lo que ellos niegan. Sin embargo, muchos miembros de la comunidad señalan que la persistencia de la ocupación ha contribuido a una cultura de ilegalidad en el campus.

“Alrededor del auditorio se ha creado una especie de zona de tolerancia”, dijo Gabriel Ramos García, profesor y administrativo de la Facultad de Filosofía y Letras. “Ahora cualquier persona pude venir y hacer lo que se le da la gana, con la excusa de que están en territorio autónomo”.

Nallely Pérez, de 23 años, que está por terminar sus estudios de licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras, dijo que los ocupantes han manchado la reputación de su escuela. “Dan una mala imagen de los estudiantes de la facultad”, dijo.

A lo largo de los años, los profesores y estudiantes han organizado peticiones, reuniones y manifestaciones para ejercer presión con miras a terminar con la ocupación.

La administración de la UNAM parece haber quedado paralizada entre su deseo expreso de retomar la posesión del auditorio y sus dudas respecto de recurrir a la policía. (Los ocupantes no tienen el monopolio de la reticencia a hablar con los medios: la oficina de comunicaciones de la UNAM ignoró o rechazó varias solicitudes de entrevistas e información sobre el asunto).

La idea de que personal de seguridad del Estado ingrese a un campus universitario es una abominación en toda Latinoamérica. Los profesores y estudiantes de la UNAM señalaron que un intento de retomar el auditorio por la fuerza muy seguramente provocaría una resistencia más amplia y un torbellino social, por lo que la negociación es el único camino mayoritariamente aceptado para una solución.

La duración de la ocupación, así como la falta de un esfuerzo evidente por parte de la administración por resolverla, han desesperanzado a muchos miembros de la comunidad universitaria.

Ordorika instó a los dirigentes de la universidad a actuar respecto de este asunto. “¡Hagan política, señores de la Rectoría!”, dijo. “¡Resuélvanlo! ¡Sáquenlos!”

“¡También es mi auditorio!”, añadió.

Por su parte, un estudiante de licenciatura, aliado cercano de la ocupación, alabó a los ocupantes por crear lo que según él es una organización horizontal: sin jerarquía, líderes ni partidos políticos.

Sugirió que es poco probable que los ocupantes estén dispuestos a negociar alguna especie de acuerdo con la UNAM para dar fin a la ocupación. Si alguna fuerza externa comenzara un asalto al edificio, advirtió, los ocupantes echarían a andar un plan de defensa que tienen listo. Y juró que él estaría a su lado luchando, si es necesario, a muerte.


Fuente: NYTimes / Kirk Semple

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