La policía de Londres cierra una calle tras el ataque terrorista del día anterior, 3 de junio, que dejó siete víctimas fatales entre el publico y tres atacantes muertos por la policía. Andy Rain/European Pressphoto Agency

Nos ganaron: se ve que por ahora nos ganaron. Es primavera, Salón del Libro en Saint-Malo, costa normanda, Francia dulcemente profunda: brilla el sol, las gaviotas aúllan, el mar se huele, los libros nos reúnen, el mundo resplandece. Intento entrar al centro de exposiciones donde se hace el Salón pero todas sus puertas parecen cerradas. Alguien, muy amable, me informa que hay una sola puerta abierta, allá en la punta. Camino; alrededor hay bloques de cemento, guardias, perros, ambulancias. Alguien, más o menos amable, me explica que es por el terrorismo: que debemos cuidarnos, defendernos. Al fin llego a la puerta. Me hacen abrir el bolso, lo miran, me revisan. Sonrío, trato de convencer al hombre de que no soy un malo; él me sonríe. Así estamos un poco más seguros, me dice.

Están en nuestras vidas. Más tarde ese sábado, en la noche, lo evidente se vuelve bestial. En una calle de Londres tres señores armados con cuchillos apuñalan a troche y moche, matan. La escena es espantosa, muchos corren, los policías les gritan: “Corran corran corran”, el horror se difunde, los medios no hablan de otra cosa. Horas después, en una plaza de Turín, miles de personas se juntan para ver en pantallas un partido de fútbol y de pronto, víctimas de su tiempo, se asustan por el estallido de un petardo y corren, corren, corren, se atropellan, se hieren. Quien haya visto una multitud en estampida sabe que la mayoría pisa a quien sea para seguir siendo: el quiebre de cualquier idea de colectividad, de solidaridad. En ese petardo estalla el cambio de sentido: un sonido propio, festivo, casi irrelevante, se transforma en amenaza, tragedia. Suceden cosas que consiguen que los signos cambien de sentido. Los terroristas –llamémoslos los terroristas– ya ni siquiera tienen que estar presentes para estar muy presentes.

Nos ganaron: nos cambiaron la vida. El terrorismo es eso: instalar el terror, cambiar conductas. Cuando un grupo político o religioso o patriótico no tiene suficiente poder para enfrentarse a sus enemigos en una lucha abierta –o ni siquiera para causarle un daño material importante– trata de arruinar su día a día. Para eso alcanza con muy poco: unas cuantas personas decididas a tomar muchos riesgos, dispuestas a morirse. Y una idea básica: atacar al azar para que nadie pueda creerse exento, para convencer a millones de que sus vidas corren riesgo, para crear terror.

A partir de esa maniobra simple, casi barata, consiguen un efecto tan multiplicado: millones se asustan, reclaman vigilancia, se someten gustosos al control. Es por su bien, suponen, para vencer al enemigo. Entonces los Estados se inflaman, discursean y aceptan con fruición esta oportunidad: la mejor excusa para profundizar su papel de policías. Y nos dicen que no hay alternativas. La culpa no es nuestra, nos dicen, por supuesto, no es de nuestros Estados; es de esos desaforados y fanáticos, tan difícil pararlos, tan necesario eliminarlos. El terror nos convence de entregar al Estado lo que nunca le daríamos de otro modo: nuestra privacidad, el derecho a espiarnos, escucharnos, leernos, controlarnos… y nuestro agradecimiento por hacerlo.

No sabemos a qué Estado se lo damos: muchos le abrieron las puertas a –digamos– Obama, porque parecía bueno; ahora las usan Trump y sus muchachos. Si las personas quisieran organizarse en –digamos– los Estados Unidos para defenderse de algún abuso del Estado, su gobierno tendría todos los elementos policiales para eliminarlos y seguir. En nombre de la defensa de la democracia les damos la posibilidad de cargarse cualquier forma de la democracia. Lo puso tan claro Theresa May hace unos días, cuando dijo que su gobierno tenía que “hacer más para restringir la libertad y los movimientos de sospechosos de terrorismo”, y que “si nuestras leyes de derechos humanos nos lo impiden, cambiaremos las leyes para poder hacerlo”.

Fuerzas antiterroristas cerca del puente de Londres, el 4 de junio, luego de un ataque que dejó al menos 10 muertos y decenas de heridos Dan Kitwood/Getty Images

Fuerzas antiterroristas cerca del puente de Londres, el 4 de junio, luego de un ataque que dejó al menos 10 muertos y decenas de heridos Dan Kitwood/Getty Images

Nos convencieron de que acabar con la amenaza justifica acabar también con cualquier prurito: justifica que un señor y una pantalla puedan matar civiles a miles de kilómetros, justifica que nos lean las cartas y correos, justifica que nos palpen todo el tiempo, que nos vigilen todo el tiempo. Justifica la militarización de nuestro espacio: los aeropuertos y estaciones, los edificios públicos, las calles y parques llenos de soldados, las miradas de cuervos que te recuerdan que sin ellos no eres casi nada. La guerra contra el terror nos convierte en rehenes. Cambia nuestras vidas.

Tiene que haber otras maneras. “Si queremos combatir efectivamente al terrorismo debemos entender que nada que los terroristas hagan puede derrotarnos. Nosotros somos los únicos que podemos derrotarnos, si reaccionamos errónea y exageradamente ante las provocaciones terroristas”, escribió Yuval Noah Harari enThe Guardian hace dos años. Provocaciones es la palabra decisiva: pinchazos, tentativas. Son ataques artesanales, autoconvocados, que demuestran, entre otras cosas, que no hay manera de evitarlos: que es vano cualquier esfuerzo frente a la multiplicidad de sus formas, que es falso que sin la vigilancia todo sería mucho peor; que tres hombres con cuchillos no se transformarían en tres mil con ametralladoras si no hubiera soldados en la calle.

Perogrullo clama y nadie le hace caso; insiste en que la única respuesta inteligente al terrorismo es no aterrorizarse. Le contestan que no sea idiota, que no es una elección, que ellos nos atacan y nosotros debemos defendernos, que nos están matando. El terror confía en sus efectos: para empezar, los aterrados no pueden pensar claro. No pueden hacer cuentas: preguntarse si los perjuicios de una vida temerosa y controlada no son mayores que los de llegar al final –muy al final– a perderla del todo.

Con el debido respeto por las víctimas: Francia, el país occidental más golpeado en los últimos tiempos, perdió 247 personas desde la matanza de Charly Hebdo, en enero de 2015. En ese mismo lapso los accidentes de tránsito mataron alrededor de 8.400 (más de treinta veces más personas). Me dirán que la comparación es imbécil, que cómo se me ocurre. Después, más tranquilo, alguno me dirá que viajar es necesario, que los coches son indispensables. ¿Conseguir que no nos arruinen las vidas no lo es? ¿Resistir a los atacantes, resistir a los que quieren aprovechar esos ataques para conseguir más poder no lo es? ¿Vivir en libertad no es necesario?

Quizá se necesita una decisión común, un pacto explícito: que millones de ciudadanos digan “nos cuidamos solos, no lo hagan en mi nombre, nos atrevemos, preferimos demostrarles que no les tenemos miedo”. Que anuncien que se arriesgan –un riesgo, al fin y al cabo, tan escaso– a cambio de no caer en su trampa. Que digan que la forma de contrarrestarlos es no hacerles caso, no hacer lo que quieren que hagamos. Que los medios también se comprometan a dar a sus acciones solo el módico espacio que –por sus efectos reales– se merecen. Y entonces los terroristas verían que no producen los efectos que buscan, no nos cambian las vidas, no provocan la represión y la muerte que a su vez crean más terroristas y más razones para el terrorismo. Y entonces, quizá, serían ellos los que deberían cambiar de vida. Hubo un señor, hace ya años, que se llamaba Gandhi, y creo que lo entendía.


Fuente: NYTimes / Martín Caparrós

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