A la colonia Condesa de Ciudad de México le tomó varios años recuperarse del terremoto de 1985. El martes volvió a ser azotada por un sismo. Rafael Arias, vía Reuters

Cuando Fernando Bustos se mudó a Ciudad de México hace varios años, de inmediato supo dónde quería vivir. Se enamoró de los barrios de Roma y Condesa con su cultura de cafés, restaurantes de moda, prósperas galerías de arte, tiendas de música y edificios de gran riqueza arquitectónica. Nunca pensó en las vulnerabilidades sísmicas de la zona que fue devastada por el terremoto de 1985.

Pero el sismo del martes pasado, exactamente 32 años después del movimiento telúrico de 1985, revivió ese recuerdo. Una vez más, Roma y Condesa están entre los sectores más afectados de la capital mexicana, por lo que Bustos, de 34 años, planea mudarse del área que adora.

“Es terrible darte cuenta de que donde vivías todo se destruyó”, dijo. “Por más que nos encante la zona, no es segura”. Roma y Condesa, bastiones de la clase media mexicana, vuelven a sufrir una crisis existencial, y muchos residentes han comenzado a pensar si vale la pena arriesgar sus vidas por vivir en esas colonias.

Algunos de los mayores promotores de Roma y Condesa temen que el terremoto del martes, que ha causado hasta el momento la muerte de 293 personas en todo el país —155 de Ciudad de México—, podría afectar el auge de esos vecindarios.

“Ahora y durante los próximos años, eso va a ser un factor”, dijo Eduardo Aizenman, copropietario de la librería y cafetería El Péndulo, que se ha convertido en un motor del renacimiento de Condesa después del desastre de 1985. “Estoy seguro de que mucha gente pondrá sus propiedades a la venta”.

Roma y Condesa se fundaron a inicios del siglo XX y fueron el hogar de la élite de Ciudad de México que vivía en grandes villas construidas a lo largo de bulevares llenos de árboles. Sin embargo, desde los años sesenta la popularidad de la zona comenzó a disminuir y muchos residentes se mudaron a otras zonas que cada vez estaban más de moda, como Polanco y las Lomas, o suburbios que por ese entonces recién se desarrollaban como Ciudad Satélite. El terremoto de 1985 aceleró el declive de esas colonias: muchas empresas cerraron, las propiedades perdieron su valor y el crimen aumentó.

Aizenman, de 52 años, se trasladó a Condesa en 1991, atraído por las rentas baratas y la atmósfera de grandes posibilidades de inversión, incluso su potencial como zona de ocio. “Aquí no había nada”, recordó.

Dos años después, abrió El Péndulo y comenzaron a establecerse restaurantes, bares, galerías de arte y tiendas de ropa de moda. Las propiedades históricas fueron restauradas y los inmuebles se revalorizaron. Condesa volvió a ponerse de moda.

En Roma ese proceso fue más lento, pero se aceleró en la década pasada, y ambos barrios entraron al selecto grupo de las zonas urbanas más modernas del mundo: “El eje de lo cool en ciudad de México”, fue como los calificó GQ Magazine en julio pasado. Luego sucedió el terremoto de magnitud 7,1 del martes, que dañó o destruyó a un grupo significativo de edificios ubicados en vecindarios.

Si bien los distritos centrales más antiguos de Ciudad de México son particularmente vulnerables a los terremotos porque se ubican sobre el lecho arcilloso de un lago, Roma y Condesa no corren mayor riesgo que otros barrios, dijo Gerardo Suárez, investigador titular del Departamento de Sismología de la Universidad Nacional Autónoma de México. Y, de hecho, otras áreas de la ciudad también fueron muy afectadas.

Sin embargo, los recuerdos de 1985 —combinados con el trauma de esta semana— han disminuido la pasión que muchos de sus residentes sienten por la zona. “Muchos vecinos sentimos una gran desconfianza porque es evidente que no es un lugar seguro para habitar”, dijo Bustos, profesor de Filosofía en la Universidad Anáhuac, que tuvo que ser evacuado de su edificio por los daños sufridos en las estructuras colindantes.

Ese sentimiento no es nuevo para Javier Carmona, de 71 años, quien nació y creció en la Roma y vivió allí hasta el terremoto de 1985, cuando, horrorizado por la destrucción a su alrededor, huyó del barrio. Regresó en 2004 para estar más cerca de sus familiares. Pero el terremoto del martes despertó sus viejos temores. “Me asustó mucho, fue terrible”, dijo. “La casa sufrió daños menores pero nosotros queremos irnos definitivamente, ya no quiero vivir más aquí”.

Incluso Aizenman, que aún vive en Condesa donde también tiene sus oficinas, está analizando las ventajas de otros barrios debido al sismo reciente. Los temblores del martes causaron tantos daños en el edificio donde tiene sus oficinas que tuvo que evacuar al personal y ahora busca nuevos espacios de trabajo.

“Es real”, dijo sobre los peligros sísmicos del vecindario. “Cuando estás aquí y sientes el temblor de la tierra”, continuó y guardó una pausa mientras recordaba la experiencia. Luego dijo: “No sé”. Pero también se preguntó en voz alta si la fama del barrio ya tiene demasiado impulso como para que el terremoto logre revertir su popularidad.

“No creo que haya vuelta atrás”, dijo. “Hay demasiadas cosas a las que habría que renunciar: el acceso peatonal, las industrias creativas y la gente que está haciendo cosas. Además a los extranjeros les encanta vivir aquí”.

“Cuando estás centrado en las oportunidades dejas a un lado los riesgos”, concluyó Aizenman. De hecho, muchos residentes y dueños de negocios están pensando en los riesgos, pero han redoblado su compromiso con los barrios.

“La gente se debate entre el miedo y defender sus patrimonios”, dijo Marco Rascón, un activista local de la colonia Roma. Después del terremoto de 1985, creó un alter ego llamado “Superbarrio” y se vistió con un traje de superhéroe para colaborar en la lucha por los derechos de los vecinos durante la reconstrucción.

“De aquí soy, aquí me quedo y aquí me muero”, declaró.

La amenaza de terremotos forma parte de vivir en un lugar tan encantador, dijo Lorena del Rayo, una astróloga que ha vivido en Roma Norte desde que era una adolescente y no tiene intenciones de irse.

El jueves visitó a su madre, que todavía vive en la casa que compró cuando el costo de las propiedades se desplomaron después del terremoto de 1985. Parte del techo de su casa centenaria se derrumbó durante el sismo del martes, y los escombros y muebles rotos se amontonaron en la acera.

“Es la dualidad”, explicó Del Rayo, de 40 años. Ella extendió sus manos, como si pesara dos objetos. “Vivimos cerca de todo, la economía es buena”, dijo y miró su palma izquierda mientras bajaba la voz: “Pero los terremotos”.


Fuente: NYTimes / Kirk Semple y Albinson Linares 22 de septiembre de 2017

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