Entre las 18 y 20 horas del pasado domingo 5, la “fiebre” de las encuestas de salida se disparó en las transmisiones de Milenio TV y de El Financiero-Bloomberg, que se apoyaron en el trabajo de las casas encuestadoras de Francisco Abundis (Parametría) y de Alejandro Moreno para adelantar los resultados de la jornada electoral.

Los casos más candentes fueron un absoluto desacierto para estas encuestadoras: El Financiero le dio victorias a los candidatos del PRI-Verde-Panal en Veracruz, Tamaulipas, Quintana Roo, Oaxaca y Aguascalientes. Sólo acertó en el caso de Oaxaca, pero en el caso de Quintana Roo fue vergonzoso: le dieron al priista Mauricio Góngora una ventaja de 44% frente a 41% de su adversario del PAN-PRD, Carlos Joaquín González.

El resultado del conteo del PREP le dio más de diez puntos de ventaja a Carlos Joaquín: 46% de los votos frente a 35% de Mauricio Góngora.

Milenio TV-Parametría fueron más cautos y consideraron “inciertos” los resultados en Veracruz, Tamaulipas, Quintana Roo y Chihuahua. Incluso en este último caso afirmó que había una contienda “muy cerrada”, cuando Javier Corral, el candidato del PAN, ganó con más de 11 puntos de ventaja frente al priista Enrique Serrano: 40.87% de los votos frente a 31%, según los datos del PREP.

En las transmisiones de Televisa se basaron en las encuestas Consulta Mitofsky, que no dio resultados de “encuestas de salida” y se esperó a los conteos rápidos que salieron también muy distintos a los resultados del PREP. En el caso de Chihuahua, Mitofsky le dio 20 puntos de ventaja a Enrique Serrano, del PRI, frente a Javier Corral.

La animadversión de Televisa contra el legislador panista más crítico al poder televisivo claramente se reflejó en su cobertura frente a la contienda de Chihuahua.

Sin embargo, las casas encuestadoras no sólo fallaron el día de la elección, con las muy desprestigiadas “encuestas de salida” que no reflejan ni de lejos el panorama del voto. También fallaron en casi todos los casos en las sendas encuestas que se fueron publicando en periódicos como El Universal, Reforma y Excélsior.

En ninguno de los tres casos se pronosticó o siquiera se analizó la posibilidad de que el PRI perdiera en siete de las 12 entidades donde se jugaba la renovación de la gubernatura. Prácticamente alimentaron la narrativa del propio tricolor de que ganarían al menos nueve gubernaturas.

En los casos más difíciles, como Veracruz, las encuestas de estos periódicos dieron un “empate técnico” entre Héctor Yunes, del PRI, y Miguel Ángel Yunes Landa, del PAN-PRD, cuando la ventaja final fue mayor, según los datos del PREP: 32.8% de votos a favor de Miguel Ángel Yunes, frente a 28.72% de Héctor Yunes y un crecimiento importante de Cuitláhuac García, de Morena, que terminó con más de 20%.

En Tamaulipas, sólo Consulta Mitofsky le dio una ligera ventaja a Francisco García Cabeza de Vaca, del PAN (33%) frente al candidato priista Baltazar Hinojosa (30%). Todas las demás encuestas le daban una ventaja clara al aspirante del PRI-Verde-Panal. El resultado final fue una paliza para el PRI y para los pronósticos de las encuestadoras: García Cabeza de Vaca ganó con 50.19%, mientras Hinojosa se quedó con sólo 35.51%.

El caso de Durango fue otro ejemplo de falla absoluta en los pronósticos de las encuestas. Esteban Villegas, del PRI-Verde, mantuvo más de cinco puntos de ventaja frente a José Rosas Aispuro, del PAN-PRD, en la mayoría de los sondeos. El Universal llegó a pronosticar que Villegas tenía 21 puntos porcentuales de ventaja sobre el candidato panista. Finalmente, Rosas Aispuro ganó con 47% de los votos frente a 42% de Esteban Villegas, cinco puntos de diferencia, pero en sentido inverso a lo que pronosticaron las encuestas.

Ante este panorama, la pregunta es: ¿para qué siguen destinándose millones de pesos en encuestas públicas y privadas que no reflejan el sentido real del ánimo social y del resultado final del voto?

Seis tendencias

Hay que puntualizar seis tendencias esenciales frente a este ridículo tan histórico como la derrota del PRI en la jornada del 5 de junio:

Las encuestas se han convertido en parte esencial de la “narrativa oficial” que ya no orientan el voto ni intimidan ni convencen. Los ciudadanos, en la mayoría de los casos, no definen su sufragio por las encuestas sino por otras razones que no están siendo medidas ni estudiadas.
Las encuestas forman parte del negocio mediático de las elecciones, con un costo muy alto para los propios partidos. Es la técnica del “espejito de la bruja de Blanca Nieves”: quienes pagan quieren ver reflejado lo que desean, no lo que realmente está ocurriendo.

Hay una gran desconfianza de los ciudadanos frente a la acumulación de mañas para comprar el voto, coaccionarlo, inducirlo. La desconfianza se transfiere no sólo a los partidos y candidatos oficiales sino también hacia los medios y las encuestas. En este sentido, las encuestas se han vuelto parte del fraude previo y no son tomadas en serio por los votantes auténticos.
El voto de castigo no se anuncia mediante encuestas, simplemente se ejerce en la urna. Y en la mayoría de los casos operó un voto duro de castigo en contra del gobierno federal, de los gobernadores más cuestionados por corrupción (Chihuahua, Veracruz, Quintana Roo, Oaxaca, Durango, Tamaulipas) y del PRI.

En los estados más conservadores, el PAN capitalizó la animadversión de los sectores medios y católicos en contra de la iniciativa de Peña Nieto para legalizar las uniones del mismo sexo. Al menos en Aguascalientes este factor fue decisivo y no fue medido en las encuestas. El uso electorero de los derechos de la diversidad sexual resultó contraproducente para el PRI.

Las encuestas fallaron más en aquellas entidades donde la “guerra sucia” en redes sociales y en los medios fue más intensa en contra de candidatos opositores (Veracruz, Tamaulipas, Chihuahua, Quintana Roo, Aguascalientes). En este sentido, ensuciar la campaña vuelve desconfiables las encuestas.

El sufragio efectivo privilegia el secreto del votante ante el ruido de las guerras sucias.


Fuente: Proceso // Foto: Raúl Pérez

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