En el sistema partidista mexicano, el partido de oposición por excelencia era el Partido Acción Nacional. En él, tuvieron cabida todas esas ideas que contravenían al régimen revolucionario y que buscaban, que el sistema político se democratizara y de alguna manera, se modernizara. O al menos, esa era la idea generalizada.

Se decía que en el PAN había hombres de irreprochable ética pública –como Manuel Gómez Morín- y grandes ideólogos que formaron cuadros de militantes que al menos, tenían como característica la crítica al régimen, cosa poco común en ese momento.

En este partido, hubo cabida para intelectuales –formados principalmente en la derecha conservadora-, para empresarios -que a pesar de ser “consentidos por el régimen, cuestionaban las políticas públicas y la creciente desigualdad social– y jóvenes de clase media alta y alta, que educados en escuelas privadas mexicanas o del extranjero, miraban con incredulidad nuestro sistema.

Y así, pudiéramos ubicarnos en 1988 con un Maquío Clouthier que desestabilizaba al aparato gubernamental, y cada vez aumentaba el discurso en contra de los oficialistas. El desenlace, lo sabemos todos.

Acto seguido, una época de descomposición en batuta de Diego Fernández de Cevallos. Mismo que fue co-gobierno con Carlos Salinas de Gortari –un Salinas, desapegado del priismo que prefirió alejarse y optar por las concertaciones-.

Y de repente un 2000, que arrebata la Presidencia de la República al PRI y se la entrega al PAN. Una oportunidad única para reajustar un país que se nos iba de las manos.

No, lo que paso es que se perdió el control de lo poco que se hacía bien y los panistas terminaron haciendo peor lo que hacían mal. Un Presidente dicharachero, ignorante y (retro) cómico, acompañado de funcionarios que supieron ser oposición y nunca gobierno.

Su principal característica, la inexperiencia de la esfera pública, la ineptitud de la acción de gobierno y la corrupción sin medida de los que siempre señalaban.

Para mediados de ese primer sexenio de la “alternancia mexicana”, ya el país estaba sumido en una espiral de violencia, los nuevos en el poder, en vez de luchar contra lo que siempre habían criticado, se acomodaron y vivieron las bondades del sistema.

Hubo alianzas innombrables y transitamos al sexenio más sangriento de la historia moderna mexicana: el calderonato.

Un sexenio que se resume en sangre e impunidad, punto. Donde los vicios de los nuevos se acrecentaron y de manera cínica, se prodigaban los “avances”, nulos, por cierto.

Así llegamos a la segunda alternancia mexicana, Acción Nacional pasa de ser la primera fuerza política a ser la tercera, y poco a poco escándalos que se habían ocultado, saltan a la luz pública.

Recursos públicos otorgados de manera discrecional a los amigos; estudiantes de licenciatura sin titularse cursando maestrías en Harvard, gobernadores que se enriquecieron a costas del erario público y un sin fin de agravios que se suponía, no debían ocurrir.

Y lo próximo puede ser titulado como la fractura panista, y el nombre no es menor, ya que el PAN atraviesa por la peor crisis de su historia.

Desde Fernando Larrazabal y su hermano, ambos empresarios queseros y extorsionadores de casineros; hasta los moches de Luis Alberto Villareal; los funcionarios estrella de Jorge Romero, que van desde las diatribas contra los “jodidos” y los “prietos”, hasta los dignos representantes ahora detenidos en Brasil; de Rafael Moreno Valle a los morenazis –nos seguimos riendo- pasando por la fiesta de la esposa del coordinador panista en el Senado, en el Senado -inaudito-, o el Foro sobre Equidad que algunas panistas amenizaron con strippers.

Al final, llegamos al episodio titulado: “la fiesta y la pelusa”. Aún no digeríamos la propuesta de José María Martínez, que defendía a capa y espada su versión de familia y fue duramente criticado, vapuleado y acosado en redes sociales por sus argumentos decimonónicos y -la verdad- sumamente ignorantes, cuando se difunde un video digno de una fiesta del rey de la basura.

La cereza en el pastel, un Gustavo Madero acorralado, que no destituyó a su allegado por las denuncias de moches y corrupción, sino por quitarle una pelusa de la nalga a una perito en materia energética –sí, ¿no? Algo así dijo-.

Y este episodio, enmarca el ocaso de uno de los partidos políticos en México que encabeza la lucha contra el aborto, contra las libertades civiles y sus derechos, y que se auto elogia llamándose, el partido de las “causas”.

Este breve repaso “accionario”, nos daría como moraleja: “ni control de daños, ni control de crisis”. Y termino citando –de memoria- una frase de la última novela de Jorge Zepeda Patterson: “para gobernar en una democracia, se necesitan demócratas”. Ahí usted, interprete…

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