Los cantantes Luis Fonsi, a la izquierda, y Daddy Yankee durante su presentación en los Premios Billboard de la Música Latina en Coral Gables, Florida, el 27 de abril de 2017 Lynne Sladky/Associated Press

“Despacito”, el tema de los puertorriqueños Luis Fonsi y Daddy Yankee, ha llegado a los primeros lugares de los rankings musicales en 45 países, convirtiéndose en la primera canción en español que ha dominado el mercado estadounidense en el siglo XXI (“La Macarena” de Los del Río también lo logró en 1996 y “La Bamba” de Los Lobos en 1987).

Si no conoces la canción, sal con cuidado de la cueva en la que has estado viviendo por los últimos meses.

El tema se ha convertido en un fenómeno viral que ha suscitado múltiples versiones, desde el regular remix de Justin Bieber pasando por un cántico católico, las clases de zumba, los alaridos de la barra del Atlético de Madrid así como arreglos en diversos géneros como punk, metal, salsa, flamenco, reggae y dance, entre muchos otros.

Pero en el maremágnum de apropiaciones destaca el “Hiper Despacito”, una versión que dura poco más de 45 minutos (la canción original casi llega a los cinco) y convierte al legendario éxito del reggaetón en una experiencia totalmente distinta. Es como un matrimonio creativo entre Vangelis y un Mozart espectral donde el ritmo acompasado desaparece y quedan sonidos de metales con una especie de cantos gregorianos plenos de ecos. Podría ser música incidental para una película latinoamericana de ciencia ficción.

Para contar la historia de este experimento sonoro hay que regresar al 10 de julio pasado que fue una jornada calurosa en Puerto Rico. Eduardo Cabra y Henry D’Arthenay llevaban varios días encerrados en el estudio probando sonidos, ideas, samples y filtros para aportarle nuevos matices a Trending Tropics, el disco de Cabra, mejor conocido como “Visitante” del grupo puertorriqueño Calle 13.

“La verdad es que no solemos escuchar ‘Despacito’ pero la canción es un éxito tan grande como ‘La Macarena’, por lo que empezamos a analizarla”, explica D’Arthenay, vocalista y guitarrista de la banda venezolana La Vida Bohème. “Estábamos buscando el stem de la voz para intervenirla y ponerle otros acordes, iba a ser como un ‘Despacito’ en menores y bien triste, pero no encontrábamos las pistas”.

Cabra recuerda que también estaban ensayando para la presentación de La Vida Bohème en Central Park del 15 de julio, en la que él tocó con la banda: “Henry quería sumarle algo a su show, la idea era como tirarle ácido y alterar una canción famosa como ‘Despacito’ y lo hizo de tal manera que no se reconoce”.

Eduardo Cabra en su estudio de grabación llamado Música Satánica en San Juan, Puerto Rico Ileana Cabra Joglar

Eduardo Cabra en su estudio de grabación llamado Música Satánica en San Juan, Puerto Rico Ileana Cabra Joglar

Cabra está inmerso en la experimentación y los nuevos discursos que quiere plasmar en Trending Tropics, proyecto signado por las colaboraciones que espera finalizar en Nueva York el próximo noviembre. “El disco no va a tener un cantante principal. El vocalista va a ser un aparato que participará en el escenario con cuatro músicos que van a estar defendiendo la propuesta”, explica Cabra. “El mundo pop apostó a que las cosas giren alrededor de la figura del cantante musculoso y lleno de bling-bling que hace todo, pero estamos en una época en que se permiten otro tipo de propuestas que son más electrónicas y estimulan a la gente”.

En ese orden de ideas fue que decidieron ingresar el tema original de Fonsi en el Paul’s Extreme Sound Stretch, un software gratis de desarrollador libre que ralentiza los archivos de audio a niveles extremos. Aunque el proceso duró poco más de 10 minutos, Cabra y D’Arthenay no podían creer la rareza y riqueza sónica del engendro que habían creado.

“Trabajas con un archivo que tiene un montón de granos digitales, es como la frecuencia comprimida en data binaria de 0 y 1, pero con el programa puedes expandir ciertas propiedades. Aleatoriamente cambié algunos parámetros y nos salió a la primera” dice D’Arthenay. “Es como explotar todas las posibilidades del sonido, este experimento comprueba mi teoría de que toda música tiene otra forma de verse”.

Cage, Warhol y Duchamp seguramente habrían aplaudido la extraña versión que resignifica una popular composición tropical convirtiéndola en el canto galáctico de una coral del futuro. Las “s” devienen oceánicas y en un crescendo que, a ratos, puede ser estridente pero también recuerda a la majestad de la música sacra de los claustros.

 

El reguetón y la política

La influencia de “Despacito” no solo se circunscribe a su notable potencia como fenómeno bailable —que la ha entronizado como una pieza obligatoria en los sets rumberos de los clubes de todo el mundo— sino que también se ha hecho sentir en otros ámbitos.

Malasia, por ejemplo, prohibió su transmisión en las cadenas estatales de radio y televisión debido a que el público “se queja porque la letra es obscena”, afirmó el ministro de comunicaciones del país, Salleh Said Keruak.
En Venezuela, país que atraviesa una profunda crisis económica y política, el tema también ha ocupado los titulares de todos los medios de comunicación. El presidente Nicolás Maduro ha convocado una Asamblea Nacional Constituyente que busca reescribir la Constitución, una propuesta que ha despertado la indignación y el repudio de la oposición venezolana que denuncia esa iniciativa como una estrategia para consolidar el poder del mandatario y evitar los procesos electorales.

En medio de intensas protestas que han causado más de un centenar de muertos, miles de heridos y detenciones masivas, Maduro hace campaña para elegir a los constituyentes en un proceso de votación que se celebrará el domingo 30 de julio. En el marco de los actos electorales presentó una versión de “Despacito” que altera la letra de la canción original: “Tengo un gran mensaje para ti, es el llamado a la constituyente, que solo quiere unir al país, des-pa-ci-to”.

De inmediato surgió la respuesta de Luis Fonsi, quien publicó un comunicado en su cuenta de Instagram expresando que “en ningún momento” fue consultado ni autorizó el uso de su composición con fines políticos y aseveró: “Mucho menos en medio de la deplorable situación que vive un país al que quiero tanto como es Venezuela”.

Justo Morao, productor musical y experto en Ciencias Políticas, recuerda múltiples casos en los que diversas composiciones se han usado en campañas políticas —sin autorización expresa de los artistas— como pasó con “Niggas in Paris” de Jay-Z y Kanye West durante los eventos de Francois Hollande en 2012 o con “Lose Yourself”de Eminem que fue usada por el Partido Nacional de Nueva Zelanda.

“Maduro usó esta canción con toda la ignorancia sobre los derechos de autor y la importancia de eso para un artista, los asesores de campaña simplemente la tomaron porque está de moda y es la canción más famosa del mundo en este momento”, explica Morao, quien suele analizar estas situaciones en su blog Jingle electoral. “Lo que ellos desconocen es que infringen leyes internacionales porque alteraron la melodía y reescribieron la letra para hacer proselitismo político y eso está penado”.

Maduro continuó usando la versión en sus actos y afirma que hay una “persecución mundial” en su contra: “Salieron de Miami a prohibir el video de Maduro, es un video prohibido en el mundo, la dictadura imperialista, no se puede oír, y lo están eliminando de YouTube, de todo”.

Mientras continúa la controversia, Morao comenta que existen varias razones técnicas para el éxito de la canción. Explica que es un ritmo de 4X4 que se repite de forma armónica, como un ostinato que es muy fácil de contar y marcar por lo que se le mete en la cabeza a las personas: “Me recuerda al canon de Pachelbel, esto es lo mismo pero en reguetón y con un ritmo muy repetitivo sin cambios ni alteraciones. Además la palabra ‘despacito’ está compuesta por sílabas tan onomatopéyicas que se convierte en algo pegajoso para la gente que habla otros idiomas y eso la hace universal”.

Para quienes deseen escuchar más versiones de “Despacito”, acá listamos algunas:


Fuente: NYTimes / Albinson Linares

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