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El canon y el fanatismo

Fotoilustración por Derek Brahney

A veces no es suficiente que algo te encante. Tienes que tomar ese algo —un álbum, un autor, una canción, una película, un programa de televisión— y hacer algo más que solo sentir el encanto. Debes colocarlo más allá de la pura adoración. Debes tomarlo, envolverlo en plástico o colocarlo sobre un pedestal. Necesitas protegerlo bajo un domo rodeado por un campo de fuerza para que las sucias manos de los demás, sus opiniones y las fanaticadas menos dignas no lo mancillen ni le falten al respeto. No solo debes certificarlo, sino también impedir su descertificación. Básicamente, debes convertirlo en algo canónico, en el canon.

La palabra no se originó en internet, pero es del internet y del sector de debates antidiscursivo. Posiciona a una obra, persona o idea más allá de la desaprobación. Resuelve el debate con anticipación. Eso, por supuesto, es lo que es el canon: algo establecido. Es reglas y normas instauradas. Es los textos de la Biblia. Es los santos católicos aprobados. Es Jane Austen, The Beatles, Miles Davis, Andy Warhol y Beyoncé.

Tradicionalmente, la gente que ha determinado nuestros cánones culturales ha sido una élite de académicos y críticos que acogían una obra de arte y la erigían hacia los aires, en un reino que deifica. Esa consagración se ha extendido de la academia a, digamos, foros como Reddit, donde los fanáticos se reúnen con base en alguna película, serie de televisión, videojuego y cómic de la misma manera en que la academia respaldaba con todo su peso a Dostoyevski, Joyce, Faulkner y Updike. Ahora Battlestar Galactica y Los Simpson, Buffy, la cazavampiros y los universos de DC y Marvel también son canónicos. Y la palabra “canon” ha pasado de ser sustantivo a usarse como adjetivo, lo que le da brillo, fuerza y una calidad preservadora certera.

En este sentido, el canon quiere mantener a algo como La guerra de las galaxias libre de herejías y que tenga cohesión respecto a sus partes previas (así que, en efecto, hay unos cánones dentro de otros). Esta saga surgió hace más de cuarenta años de la mente de un solo hombre y por medio de una sola película. Ahora es un complejo industrial cuya integridad temática les importa desesperadamente a sus seguidores. Así que, cuando un episodio hace enojar a los fanáticos —como lo hizo en diciembre Los últimos jedi, con su aparente contravención de los estatutos y las “autoridades” respecto de lo que sucede en la galaxia (“¡Así NO FUNCIONA la Fuerzaaaaaaa!”)—, no solo se quejan, sino que dicen: “Eso no es canon”.

Incluso circuló una petición en Change.org que solicitaba a Disney “retirar al Episodio VIII de ‘Star Wars’ del Canon Oficial” —como si se tratara de un anuncio publicitario relacionado a la saga en vez de, como el título claramente señala, la octava parte de una historia interminable— y más de 104.000 personas la firmaron. Esa receptiva respuesta a una campaña no totalmente seria subraya la postura que hemos tomado desde hace un tiempo respecto a lo canónico en la cultura: surge de los nervios por lo variable que es la calidad de todos los tipos de arte que a la vez es inquebrantable en el afán de controlar tanto el significado como las posibilidades de esta.

Establecer un canon es un impulso bastante humano: “Esto me encanta. ¡A los demás les debería encantar también!”. Con el tiempo, un libro se convierte en una colección, la colección se convierte en una escuela de pensamiento, la escuela de pensamiento se convierte en un prisma a través del cual se espera que el mundo se vea a sí mismo. Ese entusiasmo se va volviendo rígido a través de currículos que lo enseñan, de clubes de lectura que lo discuten y de listas de las grandes obras, y se vuelve algo más autoritario, de manera que el canon se convierte en un gusto tallado en tablas de piedra.

Durante muchos años su Moisés ha sido Harold Bloom, cuyo libro El canon occidental fue un éxito de ventas en 1994, pues argumentaba qué sí era el canon y, por lo tanto, lo que omitió, no podría serlo. En su introducción, Bloom llegó a desestimar por anticipado las quejas sobre sus sesgos como provenientes de una “escuela del resentimiento”. Cuando le preguntaron en 1991, en una entrevista para la revista Paris Review, quiénes eran parte de esta escuela, Bloom explicó que era “una mezcla extraordinaria de feministas de la ola más reciente, lacanianos, todo ese cacareo semiótico”. Estas personas, continuó, “no tienen ninguna relación con los valores literarios”.

No obstante, estas personas —mujeres, así como personas que no son de raza blanca ni heterosexuales— ciertamente podrían haber compartido los valores literarios de Bloom, y al mismo tiempo tener prerrogativas propias. A quienes cuestionan tanto al canon como a los canonizadores se les tacha de ser atrincherados de la política de la identidad más que críticos o eruditos. La vieja guardia sostiene que estas personas ignoran el objetivo de la literatura, porque quieren imponer la moralidad sobre un emprendimiento amoral, y que con eso mancillan la experiencia.

Sin embargo, estas personas usualmente no argumentan que debe restringirse la literatura, sino que debe expandirse: claro que en canon hay que incluir a Kafka, obviamente, pero también a Toni Morrison, a Marilynne Robinson y a Jhumpa Lahiri, obviamente.

Este cuestionamiento del canon surge de vivir ciertas experiencias, de sentir en ocasiones que una gran obra cultural puede hacerte sentir molesto o degradado. Para algunos lectores, amar a Herman Melville o a Joseph Conrad requiere reconciliarse con las representaciones no muy humanas de la gente de raza negra en sus textos. Para que te encante Edith Wharton, también se requiere hacer las paces con la manera insultante en que a veces describía a los judíos. La intolerancia es recurrente en buena parte del arte canónico y un acercamiento comprometido a este nos obliga a identificar que es así.

Los textos de Shakespeare deberían soportar que haya análisis paralelos sobre sus representaciones, varias plagadas de errores, de todo tipo de razas, nacionalidades, religiones y mujeres. Tus grandes obras deben ser lo suficientemente sólidas para no desmoronarse solamente porque surgen algunas investigaciones feministas.

No obstante, oponerse a estas críticas —ya sean a La casa de la alegría, de Wharton, o al universo Marvel— con una apelación automática a que es parte del canon parece un acto de dominio, como si se quisiera establecer un reino exclusivo con todo y fosos y puentes levadizos que, por supuesto, hacen parecer que los “resentidos” forman una turba de saqueadores con antorchas y que cualquier desafío a los “valores literarios” establecidos es un acto de salvajismo.

Insistir que un canon ya es algo inamovible e incuestionable vuelve a las inquietudes válidas en una suerte de “noticia falsa”, porque niega el agravio arguyendo desde un inicio que no tiene fundamentos. Es cancelar una conversación, cuando la verdad es que mientras más tiempo pase sin tenerla, más difícil se hace hablar.

La formación del canon tiene que ver con defender lo que te encanta para que no termine en la obsolescencia, pero la admiración se puede convertir en fanatismo, lo que nos aleja de la crítica real y puede llevarnos a lugares muy desagradables. Puede que nuestros gustos compartidos nos aparten de hacer un trabajo detectivesco iluminador, crucial —y hasta divertido— cuando se trata de la lectura (realizar lecturas minuciosas, análisis, interpretaciones) y nos convierta en policías con garrote que siempre patrullan y arrestan a cualquier cosa que nos exaspere.

Todo esto nos lleva a decir que los fanáticos y las audiencias se han vuelto negativamente posesivos en los últimos tiempos, mientras las sociedades se han dividido de manera violenta. En especial en este momento, cuando ciertas obras del canon artístico están realmente en riesgo de volverse moralmente obsoletas, tanto por ser arte que degrada e insulta como por ser el trabajo de hombres acusados de hacer eso mismo. Hay un grupo de fanáticos —por lo general, son proporcionalmente igual de blancos y de sexo masculino como los anteriores canonizadores de la élite académica— que no quieren que esas obras se diseccionen ni sean reapropiadas.

No quieren un desafío a la tradición, así que los superfanáticos de la comedia animada Rick and Morty preferirían, por favor, que no haya mujeres en la sala de escritores, y los creadores de Los Simpson no quieren que se hable sobre si Apu es un molesto estereotipo de alguien proveniente del sur asiático. Todo es demasiado canónico como para cambiarlo.

Es posible ver esas ansias reaccionarias en ambos bandos. Hemos llegado a un punto absurdo, aunque políticamente necesario, en que la cultura de cualquier tipo que no es heterosexual o blanca o masculina también ha sido posicionada como más allá de toda crítica, solo porque es preciada o inusual o no está dirigida a la gente que tiende a establecer los cánones. Si Korama Danquah, que escribe para un sitio web llamado Geek Girl Authority, afirma que la hermana de la Pantera Negra es más brillante que el multimillonario blanco también conocido como Iron Man, no acepta escuchar lo contrario. “Shuri es la persona más lista del universo Marvel”, señala la publicación. “No es una opinión, es canon. Es más lista que Tony Stark”. Según este argumento, Pantera Negra no es canon solo porque sea una película de Marvel, sino también porque les importa demasiado a muchas personas negras como para que no sea canónico.

Eso también ha significado que ahora empezar una conversación sobre una película con algo como “Me gustó mucho, pero…” sea prácticamente imposible. Este proteccionismo es completamente lógico en países, como Estados Unidos, que han fracasado en reconocer las necesidades que tienen audiencias diversas, como las que son de raza negra, de que haya, por ejemplo, un éxito de taquilla basado en un cómic sobre una persona que no sea de raza blanca. Sin embargo, blindar a prueba de críticas esta película —presentarla como tan negra que no sea apropiado encontrar motivos para que no te guste— corre el riesgo de hacerla algo que forzosamente tiene que ser distinto a todas las otras películas y más necesitada de protección.

Puede que la intolerancia de los guardianes tradicionales haya dado pie a un tipo de militancia por parte de pensadores (y fanáticos) que casi nunca han tenido cabida. El paraíso literario de Bloom se perdió hace ya mucho tiempo y ahora la historia nos obliga a defender el de Wakanda. Sin embargo, eso implica que el arte que es cuestionado termine ocupando un lugar igualmente arriesgado: no es arte, es un territorio.


Fuente: NYTimes / Wesley Morris

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