Con motivo de la aprobación en Cámara de Diputados del dictamen que institucionaliza el primer viernes de marzo de cada año como el Día Nacional de la Oratoria, resulta oportuno revisar un poco los antecedentes de esta disciplina y las razones por las que consideramos es un acierto como canal de expresión alterno a la red.

Para hablar en público se necesita pasión y vocación…retórica e ideología. Una vocación sincera, cultivada, amada…honesta. Una retórica contundente, afable y bien estructurada. Aunque para algunos, el arte de la oratoria es una vieja práctica facciosa, demagoga y populista. Para otros, es el sentido de la vida misma.

La oratoria es trascender las barreras de la cultura, el estatus social y el lenguaje con la palabra. La oratoria es dejar que aflore la pasión por el conocimiento y la verdad…es filosofar en voz alta.

Su principal finalidad consiste en el arte de persuadir, conmover y convencer a un auditorio, sin olvidar que bajo una estructura adecuada del discurso, es posible agradar, instruir e inspirar a las audiencias.

En la historia clásica hay referentes obligados para comprender el origen de la oratoria y su relación con la estructuración de los discursos [1]. La tradición antigua menciona a Córax de Siracusa (476 a.C.) como el inventor del arte de la retórica (el arte de la persuación y primer elemento clave de la oratoria) que sería introducida a Grecia algunas décadas después, dando lugar a múltiples debates filosóficos respecto del manejo de la verdad y la argumentación como instrumentos persuasivos.[2]

El segundo elemento clave de la oratoria es el lenguaje como habilidad técnica que se ubica dentro de la Filosofía Ática y los sofistas (periodo presocrático). Los sofistas (Gorgias y Protágoras, principalmente), son artistas del manejo del lenguaje, ellos dudan del conocimiento y sólo en la elocuencia hallan la sabiduría: la capacidad de expresarla con argumentos lógicos y correctos.[3]

El tercer elemento fundamental de la oratoria es la ideología, aquella por la cual los grandes oradores inspiraron admiración y agitaron fenómenos de masas[4]. No obstante, también han existido oradores de ocasión: los investidos, los forzados, los novatos,los maquillados y los simuladores.[5]

En la oratoria el discurso tiene un papel fundamental, no se trata únicamente de disparar ideas, críticas y anhelos mediáticos…el discurso como práctica social está envuelto de significados que pueden ser desmenuzados desde diversas escuelas de pensamiento, aunque para nuestros fines resultará más efectiva la elaborada por la Escuela Francesa del Análisis del Discurso (quién habla, desde dónde habla, cómo lo dice dice y para quién lo dice).

En el discurso, el segundo elemento clave es básico: la ideología. Con ella, la coherencia, la congruencia y la veracidad darán forma al mensaje (por ello, el discurso político, dados sus fines, requiere de formalidades más específicas respecto de su estilo y una de ellas fue la inspirada en la oratoria militar[6]).

Con los tres elementos clave (retórica, lenguaje e ideología), la oratoria en México tuvo una historia interesante a través de los concursos que el periódico El Universal organizó desde tiempos memorables: Adolfo López Mateos (ganador del concurso en 1929); Porfirio Muñóz Ledo (ganador en 1961); Beatriz Paredes Rangel (ganadora en 1973); por citar algunos personajes importantes.

Ya en los años ochenta, la recién creada Comisión Nacional del Deporte (CONADE), bajo la dirección del medallista Raúl González Rodríguez, dio impulso a esta disciplina con importantes concursos como el “Concurso Nacional de Oratoria, Benito Juárez García, 1992”, “Concurso Nacional de Oratoria, Andrés Serra Rojas, 1993”, “Concurso Nacional de Oratoria, 1994”; y el último certamen convocado por este organismo “Palabra de Joven” en 1995.

En aquellos días, las escuelas de oratoria se distinguían por las arengas de José Muñóz Cota, José Dávalos y Don Andrés Serra Rojas, por citar algunos. Fueron tiempos importantes porque la CONADE a partir de las células delegacionales y luego regionales, convocaba a niños y jóvenes de todo el país, de todas las escuelas públicas y privadas (e incluso de todas las edades) a participar en torneos de oratoria realizados en las Casas de Cultura de cada localidad con emocionantes finales que llegaron a celebrarse incluso en Palacio de Bellas Artes (cuando la sede fue el Distrito Federal).

Aquello era una auténtica fiesta de la palabra porque niños desde 15, 16 o 17 años elaboraban piezas discursivas sobre temas como: “El Artículo 130 y la Relación Estado-Iglesia”, “Vigencia del Pensamiento Bolivariano”, “Constitucionalismo Mexicano”, “Conflicto Bélico en Yugoslavia”, “El Tratado de Libre Comercio México-Estados Unidos”, “Historia del Cine Mundial”, por mencionar algunos.

Así, bajo una mística de imparcialidad y sentido estrictamente académico, la CONADE organizaba estos torneos que sirvieron no sólo como válvula de escape y espacio idóneo para ejercer la libertad de expresión, sino como eje impulsor de la cultura y la argumentación.

Los certámenes de oratoria que organizaba la CONADE entre los años ochenta y noventa, no favorecían a los grupos políticos ni admitían línea de recomendaciones cupulares, eran torneos de oratoria que se ganaban sin apadrinamientos.

Empero, hacia mediados de los noventa, esta disciplina quedó fuera de la coordinación del organismo y sólo los certámenes de oratoria que organizaba El Universal (famosos porque participaban y ganaban “los cachorros de las camadas políticas” y algunos “mercenarios” desconocidos que buscaban escaños en el poder), continuaron con la tradición.

Con la aprobación del dictamen que oficializa el Día Nacional de la Oratoria, el Congreso da reconocimiento a una disciplina de tradición antigua que igual impacta la deliberación legislativa, la retórica parlamentaria y el debate político, generando con ello amplias expectativas respecto de la participación de la sociedad.

Si bien, la mayoría de nuestros jóvenes tienen su espacio de expresión en la red, lo cierto es que con este acto será posible que los foros públicos recuperen la presencia física de las personas para debatir y contender dentro de la fiesta de la palabra, como una nueva forma de participación para esta generación (que no está familiarizada con el acto de presentarse físicamente ante un auditorio y expresar de manera disciplinada, respetuosa, correcta y bien argumentada cada una de sus posturas ideológicas).

Lo bonito de institucionalizar esta fecha es, en definitiva, que se estará impulsando el resurgimento de un arte cuya trascendencia va más alla del apluso y la ovación, de algo más profundo, como decía Althusser en su XXII Congrés: …las palabras hacen su propio camino dentro de las cabezas, porque no son las palabras las que deciden su sentido, sino sus ecos”. Y los ecos son justamente el alimento y vida del orador por vocación: el legado de su verbo en la multitud.


[1] La oratoria como medio de persuación se origina en la antigua Grecia y persiste hasta los ejércitos romanos: Marco Tulio Cicerón (orador, escritor y politico romano, desarrolla estilo de oratoria a través de “Las Catilinarias” y “Las Filípicas” -inspirado en Demóstenes y con menos éxito que aquellas-); Marco Fabio Quintiliano (elabora un plan de enseñanza de esta disciplina con “Instituciones Oratorias”); Pericles (político ateniense y máximo dirigente); y el mejor de todos: Demóstenes (político ateniense famoso por sus habilidades oratorias y autor de las primeras Filípicas).

[2] Por su parte, Aristóteles en La Retórica es fundamental para conceptualizar la retórica y proporciona los elementos ineludibles que todo orador debe considerar para convencer; y divide a los discursos en tres tipos básicos: deliberativo, judicial y epidíctico.

[3] En aquéllos tiempos, en el ágora se convencía a los demás mediante la palabra, porque la “felicidad” residía en hacer triunfar la razón mediante la argumentación y la retórica: no importa si el argumento es falso o verdadero, lo que importa es que el razonamiento triunfe.

[4] Y entonces vienen a la memoria las arengas de Protágoras, José Martí, Salvador Allende, Emilio Castelar, Demóstenes, Cicerón, Oliverio Cromwell, Hitler, Napoleón, Churchill, Lenin e incluso los populistas discursos del peronismo y maoismo.  Esas arengas que agitaron multitudes y generaron los interesantes movimientos de masas ideológicas.

[5] Al respecto, la Escuela Francesa del Análisis del Discurso elabora sobre este proceso, las condiciones vitales que deben tomarse en cuenta para analizar un discurso a partir del orador: quién es, desde dónde habla, para quién lo dice y cómo lo hace. En otras palabras, sentido de origen, intención, efecto y causas.

[6] Ejemplo de lo anterior lo constituye la “arenga”, estilo predilecto para motivar a las multitudes, y que tiene su origen en los discursos militares (útil para incentivar a las tropas). Sobre ella discurrieron antiguamente Sócrates, Polibio, Teón, Hermógenes, Tucídides e incluso el capítulo VII de una Retórica (atribuida a Dionisio de Halicarnaso), bajo el título “Exhortación a los atletas” se expresa: “Un discurso es apropiado a cualquier objeto y anima para cualquier fin. Con ese supuesto, los soldados precisan en la guerra y en la batalla de las palabras y de la exhortación del general y se vuelven más animosos.” .

Una Respuesta

  1. Juan Guillermo Corona Alanis.

    desconocía que ya había un día de la ORATORIA, actividad hermosa si se lleva con fines de convencer en hacer el bien por los demás

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *