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Economía mundialista: México 1968 y Brasil 2014.

Brasil es el nuevo gigante de América Latina. No es coincidencia que este país sea el anfitrión de los dos eventos deportivos más importantes a nivel mundial en los próximos años: El mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos. El cabildeo llevado a cabo por el ex presidente Lula da Silva generó que Brasil sea un ejemplo a seguir para los países en desarrollo. Sin embargo, este modelo suena muy familiar para los mexicanos, lo que nos debe poner a reflexionar sobre el poder de la política exterior a través de los deportes y las consecuencias de un crecimiento repentino.

A finales de los sesenta, México era, para la mirada exterior, la gran potencia regional. Nuestro país iba por el “buen camino” de la estabilidad económica, política y social. El modelo de desarrollo estabilizador impulsado a principios de la década del cincuenta por el entonces presidente, Adolfo Tomás Ruiz Cortines, parecía funcionar a la perfección. La consecuencia, México fue nombrado organizador de los Juegos Olímpicos 1968 y el Mundial de Fútbol 1970.

Pese a las constantes protestas, críticas e incluso episodios de represión por parte del gobierno mexicano, ambos eventos fueron realizados. Empero, las consecuencias no fueron menores. Para 1970, la economía mexicana comenzaba a sufrir los estragos del gasto por ambos eventos y la sociedad lo resentía. Las protestas no eran pocas y la gran exposición de México ante el mundo salió más cara de lo pensado. Para 1976, México se vio sumido en una gran crisis económica y la inflación rondaba el 18%. El llamado “Milagro mexicano”, resultó más una ilusión óptica que una realidad.

Este antecedente histórico, enmarca la actual situación de Brasil, misma que resulta macabramente familiar para los mexicanos. Desde hace algunos años, el país ha tenido un crecimiento significativo que no ha pasado desapercibido en la arena internacional. Sin embargo, existe una gran protesta social por la falta de servicios públicos, especialmente el  transporte, además de que la importación se ha vuelto sumamente cara produciendo una burbuja de crecimiento.

Al igual que pasó en México en 1968 y 1970, el ser anfitrión de ambos eventos deportivos ha generado un gasto para el gobierno que no ha sido bien recibido por los brasileños. Las protestas han sido continuas y cada vez cobran mayor intensidad. Los estadios aún no se encontraban totalmente terminados para finales de la semana pasada y la reciente huelga del transporte público en Sao Paulo, puso en jaque a los organizadores.

Por otro lado, estos eventos deportivos representan un gasto gigantesco para el Estado, pese al apoyo de los patrocinadores y empresarios. Contrario a otras épocas, la derrama económica generada no es mayor al gasto y Brasil corre el riesgo de colapsar su economía en los próximos años. También, los grandes estadios construidos podrían correr el riesgo de convertirse en elegantes elefantes blanco tal como sucedió en el Mundial pasado en Sudáfrica.

A pesar de esto, el Mundial y los próximos Juegos Olímpicos son el perfecto escaparate para Brasil y su política exterior. Ejemplos sobre este vínculo no faltan: el Mundial de Sudáfrica en 2010, donde por primera vez un país africano fue anfitrión de un evento deportivo global dejando en claro que África ya comienza a tener un papel importante en la geopolítica mundial; los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi en 2014 donde Rusia se encargó de validar su poderío en una pequeña ciudad fronteriza de pequeños países ex soviéticos, desconocida para la mayoría de nosotros y con un gran significado histórico para la antigua URSS; los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 donde el poderío nazi y la supremacía aria fueron el eje central de los juegos o los Juego Olímpicos de Munich en 1972, misma que quedó teñida de rojo con la matanza de 11 atletas de la delegación israelí a manos de un grupo pro palestino, ayudando a la internacionalización del conflicto israelí-palestino.

Ahora, la gran potencia económica en América Latina y la segunda mayor en todo el continente puede pavonear ante el mundo cómo y cuánto ha crecido. Brasil podrá codearse con las grandes economías del mundo en un contexto económico global sumamente débil, usando uno de los temas más nobles, el deporte, como pretexto.

Ante la emoción del inicio del Mundial y todos los ojos puestos en el balón sólo podemos esperar a ver las consecuencias y sus efectos a mediano plazo. Esperamos que Brasil haya hecho de manera adecuada sus cálculos y que los pros pesen más que los contras. Que la fiesta del fútbol, sea una gran celebración y que la cruda, -para el pueblo brasileño- sea inexistente.

Alba Aguilera

Alba Aguilera

Internacionalista egresada de la Universidad Iberoamericana, especializada en Medio Oriente y apasionada del fútbol con un creciente interés en la política internacional.

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