Nada es para siempre, sostiene la filosofía budista, lo cual es relativamente fácil de comprobar en los asuntos cotidianos. Pero también se corrobora en aquellas prácticas que han permanecido durante años y años, rutinas o costumbres que parecían inamovibles y que en determinado momento se modifican de manera radical.

Advertimos un cambio de este tipo hace muy poco, en los días de Semana Santa en Roma. El hecho merece destacarse, pues tiene que ver con nosotras las mujeres, más allá de creencias o ideologías.

Me refiero a lo que ocurrió el Jueves Santo, y en particular a la ceremonia del lavatorio de pies que tradicionalmente realiza el sumo pontífice, y que forma parte sustancial del ritual de ese día. En esta ocasión, el papa Francisco modificó una práctica que sus antecesores habían mantenido por siglos: entre los doce elegidos para la ceremonia –personas de diferentes edades y nacionalidades presas en la cárcel romana de Rebibbia, a quienes el papa procedió a lavar y besar los pies– había ¡seis mujeres!

Recordemos que esta ceremonia, que emula el acto de humildad que tuvo Jesús hacia sus apóstoles en la Última Cena, ha sido realizada por los líderes de la Iglesia católica a lo largo de la historia, pero siempre exclusivamente con varones.

Tengamos también presente que el papa Francisco ya había sentado precedente en este sentido desde que estaba al frente del Arzobispado de Buenos Aires, Argentina, donde incorporó a la mujer dentro de estos ritos.

Esa acción, me parece, no sólo debe interpretarse con un sentido de equidad de género e igualdad social, sino también como señal de que se registra un mayor acercamiento hacia una serie de cambios necesarios y urgentes vinculados a la presencia y participación de las mujeres en todos los asuntos, ámbitos y rituales de la Iglesia católica de nuestros días.

Por eso, me aventuro a pronosticar que en el corto plazo se irán anunciando cambios en torno a otras tradiciones milenarias. Ojalá que no me equivoque.

Esperemos, insisto, que se esté construyendo el camino hacia una transformación a fondo que abarque lo mismo la flexibilidad con respecto a la impartición de los sacramentos que la expulsión de corruptos y pederastas de los más altos niveles de la jerarquía eclesiástica.

Eso sí que sería un parteaguas en la historia del catolicismo y permitiría mirar hacia la edificación de un mundo diferente, con una plena participación femenina.

Enhorabuena por tal decisión, que responde a la necesaria pluralidad, justicia social y democracia de nuestro tiempo, y podría contribuir a la recuperación de la credibilidad y a retomar misión universal de esa iglesia, que se ha venido diluyendo notoriamente en los últimos tiempos.

Sobre el autor

Martha Chapa

Martha Chapa

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En nuestra cultura han existido mujeres de enorme talento y fina sensibilidad, por lo que las artes plásticas no han sido la excepción y entre ellas siempre brillará la pintura de Frida Kahlo como también la de María Izquierdo o Cordelia Urueta. Dentro de esa dimensión, la de artistas mexicanas que decidieron ser pintoras, se inscribe Martha Chapa, quien también ha generado una gran obra, con significativos reconocimientos, dentro y fuera del país. Su imaginación y fina sensibilidad abarcan diversos temas, texturas y materiales, aunque en casi todas sus pinturas aparece como icono central, esa legendaria fruta que es la manzana. Ella la eligió seguramente porque aprecia en este fruto su condición de testigo presente de los orígenes de la humanidad. En su búsqueda, lo mismo pinta óleos que dibuja e incursiona en la gráfica, y en años más recientes, plasmando su talento sobre láminas viejas, oxidadas, carcomidas, que rescata de su etapa final para recuperarlas e infundirles nueva vida y belleza. Día a día, con sus pinceles emprende la travesía de la imaginación y esboza una manzana: aquella que fascinó a Eva, la que perdió a Atalanta o la que hipnotizó a Cezane y hasta la que empieza a crecer en el árbol del paraíso, a sabiendas de que una manzana puede ser todas las manzanas. Cada vez que tiene frente a sí un lienzo, lo aborda con sensibilidad, talento, pasión y vitalidad para sembrar ese fruto que apuntala la vida, refuerza el amor a la tierra y acrecienta el disfrute estético. Ratifica así que el arte conlleva elevados valores en nuestra sociedad y en la construcción de ese ser humano pleno, sensible y generoso que todos deseamos como ideal y esperanza para enfrentar el futuro. Martha Chapa, originaria de Monterrey, Nuevo León, inicia su trabajo artístico en la década de los sesentas Son ya 300 exposiciones individuales y un sin fin de colectivas, las que ha realizado en México, Europa, Estados Unidos y diversos países del Caribe, Centro y Sudamérica. Asimismo ha incursionado en la escultura y en el arte objeto. De su enorme creatividad surgen mágicamente lo mismo montañas, magueyes, colibríes, que búhos, guadalupanas y abstractos, entre otros muchos temas de sus pinturas. Su trabajo e imaginación se extiende también meritoriamente a través de una importante obra gastronómica pues ha publicado ya 32 libros, en especial sobre la cocina mexicana, además de artículos periodísticos en diversos medios de comunicación y como conductora de la serie “El sabor del Saber”, en TV Mexiquense Una artista de dimensión internacional, que convierte a Martha Chapa, en todo un valor de nuestra cultura contemporánea, con ya 4 décadas de destacada trayectoria dentro de la plástica mexicana, y con múltiples homenajes y reconocimientos, dentro y fuera de nuestras fronteras. Una destacada mexicana y talentosa creadora, comprometida con el arte y la cultura contemporánea.

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