En medio del cúmulo de problemas e incertidumbres con que nos abruma el mundo actual, recibimos una noticia que nos alegra y nos alienta: México fue objeto de un merecidísimo, honroso y grato reconocimiento por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que decidió catalogar a la charrería dentro de la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Hay razones de sobra para sentirnos orgullosos y felices.

La declaratoria se realizó durante la XI Sesión del Comité lntergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que se llevó a cabo en Addis Abeba, Etiopía, del 28 de noviembre al 2 de diciembre, y que fue aprobada por los representantes de 24 países.

Con esta decisión, la charrería pasa a ser la octava manifestación cultural viva de México que recibe tal reconocimiento (en la lista están también el mariachi, la gastronomía mexicana, la pirekua, los voladores de Papantla y las fiestas indígenas dedicadas a los muertos, entre otros). El expediente describe a la charrería como un ejemplo de la diversidad de las expresiones culturales que surgen a raíz del encuentro de las culturas que dan origen a México.

Se coronó así un largo y esforzado proceso de más de tres años de gestiones realizadas por la Secretaría de Cultura federal a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Asociación Nacional de Charros, A.C., que incluyó la presentación de un expediente con investigación documental y de campo que describe los orígenes de la tradición ecuestre que se remonta al siglo XVI, nacida a raíz del auge de haciendas ganaderas en el centro y norte del país. En el logro de este reconocimiento fue también esencial el Plan de Salvaguardia elaborado con mérito por la Asociación Nacional de Charros en conjunto con representantes de la comunidad, así como el respaldo de los gobiernos de Jalisco, el Estado de México y la Ciudad de México.

El Plan de Salvaguardia contempla la creación del Conservatorio de la Charrería, conformado por diversas instancias gubernamentales, académicas y de la sociedad civil, que además de la misma Asociación Nacional de Charros incluye a las secretarías de Cultura y de Turismo, los institutos de Investigaciones Históricas, Estéticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Federación Mexicana de Charrería, y los institutos mexicanos de la Juventud y de las Mujeres.

La charrería tiene una larga historia. Como decíamos antes, nació hace casi cinco siglos como una práctica campirana y del manejo del ganado, tan características de aquel México rural, sobre todo en el norte y centro del territorio. Con el paso del tiempo evolucionó y rebasó esa condición para convertirse también en un deporte (de hecho, se le califica como “el deporte nacional” en México), con la aparición de lienzos charros en prácticamente todas las entidades del país.

La práctica de la charrería no es marginal o para unos cuantos: en la república hay casi dos mil actividades charras anuales en las que participan las cerca de mil asociaciones charras que hay en el territorio nacional, además de las que se ubican en varias ciudades estadounidenses.

La charrería, además, ha generado hasta nuestros días muchas aportaciones, varias de ellas de innegable valor artístico y cultural: Ahí están, por ejemplo, la talabartería, con sus finos acabados en piel, que se aplica lo mismo en las sillas de montar que en las chaparreras (protectores de cuero sobrepuestos en los pantalones) o los famosos cinturones de hilo de maguey. Y qué decir de la herrería o la artesanía de plata en las hebillas, los adornos de la vestimenta charra o los estribos de las sillas de montar, entre otros. Renglón aparte ocupan la música y el baile asociados a la actividad charra, en los que revive el jarabe tapatío una y otra vez, así como diversos sones y bailables.

Asimismo, las suertes charras son numerosas y atractivas, y van desde las llamadas colas de caballo para derribar a la res y manganas para enlazar patas y manos de toros y yeguas, hasta el jineteo sobre esos animales, que nos llena de emoción , sin olvidar la cala para comprobar la buena rienda y domesticación del caballo. Desde luego, otra de las grandes aportaciones es la escaramuza charra protagonizada por valientes y diestras mujeres que a galope ejecutan ejercicios bellos y precisos.

A todo lo anterior hay que sumar la cría y el mejoramiento del ganado caballar, una invaluable aportación, sobre todo con la crianza del caballo charro.

Todo ello, vinculado, como decíamos, a beneficios económicos, ya sean inversiones, empleos e infraestructura, entre otros.

Queda, pues, la charrería, ya no sólo en nuestra memoria colectiva e identidad cultural, sino como registro de una invaluable aportación de México a la cultura de la humanidad.

Sobre el autor

Martha Chapa

Martha Chapa

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En nuestra cultura han existido mujeres de enorme talento y fina sensibilidad, por lo que las artes plásticas no han sido la excepción y entre ellas siempre brillará la pintura de Frida Kahlo como también la de María Izquierdo o Cordelia Urueta. Dentro de esa dimensión, la de artistas mexicanas que decidieron ser pintoras, se inscribe Martha Chapa, quien también ha generado una gran obra, con significativos reconocimientos, dentro y fuera del país. Su imaginación y fina sensibilidad abarcan diversos temas, texturas y materiales, aunque en casi todas sus pinturas aparece como icono central, esa legendaria fruta que es la manzana. Ella la eligió seguramente porque aprecia en este fruto su condición de testigo presente de los orígenes de la humanidad. En su búsqueda, lo mismo pinta óleos que dibuja e incursiona en la gráfica, y en años más recientes, plasmando su talento sobre láminas viejas, oxidadas, carcomidas, que rescata de su etapa final para recuperarlas e infundirles nueva vida y belleza. Día a día, con sus pinceles emprende la travesía de la imaginación y esboza una manzana: aquella que fascinó a Eva, la que perdió a Atalanta o la que hipnotizó a Cezane y hasta la que empieza a crecer en el árbol del paraíso, a sabiendas de que una manzana puede ser todas las manzanas. Cada vez que tiene frente a sí un lienzo, lo aborda con sensibilidad, talento, pasión y vitalidad para sembrar ese fruto que apuntala la vida, refuerza el amor a la tierra y acrecienta el disfrute estético. Ratifica así que el arte conlleva elevados valores en nuestra sociedad y en la construcción de ese ser humano pleno, sensible y generoso que todos deseamos como ideal y esperanza para enfrentar el futuro. Martha Chapa, originaria de Monterrey, Nuevo León, inicia su trabajo artístico en la década de los sesentas Son ya 300 exposiciones individuales y un sin fin de colectivas, las que ha realizado en México, Europa, Estados Unidos y diversos países del Caribe, Centro y Sudamérica. Asimismo ha incursionado en la escultura y en el arte objeto. De su enorme creatividad surgen mágicamente lo mismo montañas, magueyes, colibríes, que búhos, guadalupanas y abstractos, entre otros muchos temas de sus pinturas. Su trabajo e imaginación se extiende también meritoriamente a través de una importante obra gastronómica pues ha publicado ya 32 libros, en especial sobre la cocina mexicana, además de artículos periodísticos en diversos medios de comunicación y como conductora de la serie “El sabor del Saber”, en TV Mexiquense Una artista de dimensión internacional, que convierte a Martha Chapa, en todo un valor de nuestra cultura contemporánea, con ya 4 décadas de destacada trayectoria dentro de la plástica mexicana, y con múltiples homenajes y reconocimientos, dentro y fuera de nuestras fronteras. Una destacada mexicana y talentosa creadora, comprometida con el arte y la cultura contemporánea.

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