Centro Público

De por quién doblan las campanas.

El conductor sintoniza una estación de radio y los acordes de una experimentada guitarra comienzan a inundar el camión. Siempre se agradece el bueno gusto de los microbuseros. Suena: “la Muerte es solo la Suerte, con una letra cambiada”.

Hace algunos ayeres cuando por primera vez visité el histórico Castillo de Chapultepec (que como todo en este país se erige de historia por la sangre derramada alrededor) quedé impactado por dos cosas: como buen provinciano la primera fue la contaminación que la mayor parte del tiempo impide ver casi todo desde el mirador del castillo y, la segunda, un extraordinario y dramático mural de Siqueiros que ha retratado nuestra realidad desde hace ya algún tiempo.

En una parte del mural se aprecia un camino, que podríamos llamar Historia de México, sobre el cual reposan los cadáveres de una multitud de hombres (por los que quizá ni siquiera dobló campana alguna). El lector recordará seguramente la historia detrás de la sangrienta composición, relacionada con el movimiento revolucionario.

Entendí desde aquella impactante experiencia que la historia de los hombres ha sido la historia de la sangre derramada en pos de causas casi siempre fallidas. Sobre los cadáveres de nuestros ancestros se ha forjado lo que llamamos patria. Las letras con sangre narran.

No es fortuita que esa imagen llegue a mi memoria mientras el camión en el que viajo es abordado continuamente por vendedores de chicles y porta-credenciales. Estoy inmerso desde hace un par de días en un libro sangriento, nacido de las entrañas de México. Un libro que nos muestra lo (cada vez más) cerca que estamos, a cada cruce de calles, de nadar en nuestra propia laguna estigia.

Huesos en el desierto de Sergio González, sin duda le quita el sueño a cualquier persona que posea todavía un poco de sensibilidad por el otro. El prólogo da una clara imagen del dolor: “Han pasado trece años desde que comenzó a denunciarse el fenómeno de los asesinatos en Ciudad Juárez”. La imagen de portada nos advierte que México es un país de hombres que llevan hachas ensangrentadas en la espalda, listos para matar al prójimo.

El gran escritor, Roberto Bolaño se interesó por el tema que González venía investigando desde 1996; de hecho, en su monumental 2666 retrató algunas de estas historias de mujeres asesinadas que escriben el día a día de Ciudad Juárez (Santa Teresa, en la novela). No por nada en el epígrafe de la gran novela se lee un fragmento del poema Le voyage de Baudelaire que dice: “Une oasis d’horreur dans un désert d’ennui!” [“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”].

Bolaño usaba dicha frase, según lo explica en El gaucho insufrible, para arrojar luz sobre lo que puede ser entendido como el diagnóstico de la enfermedad que padece el hombre moderno. Una de tantas enfermedades.

Sergio González obtuvo este año el premio Anagrama de ensayo, con el libro que completa la trilogía del horror mexicano: Campo de guerra. En él busca revelar lo pormenores de la máxima latina atribuida a Cicerón: Inter anna silent leges [En guerra, la ley calla].

Vale la pena adentrarse a la obra de Sergio González que, si bien retrata una realidad funesta partiendo de la premisa de México como “un estado fallido”, posee elementos necesarios para entender lo que pasa diariamente en casi todo el territorio nacional.

En el último año Tamaulipas, Michoacán, Veracruz, el Estado de México, han estado en primera plana. Hace unas semanas una familia fue acribillada en su propia casa en la Gustavo A. Madero (delegación en la que su servidor vive). En los últimos tres meses me ha impresionado cómo el hartazgo de la población provoca que asaltantes de microbuses sean “ultimados” por algún pasajero que “preventivamente” porta un arma de mayor calibre. ¿Por quién doblan las campanas, por el que mata o por el que muere?

Los Zetas, autodefensas, el cártel del Golfo, el narco, y otros términos similares han pasado a formar parte de nuestras charlas cotidianas. Antes uno le decía a la guapa vecina del departamento de abajo “estuvo muy fuerte la lluvia el fin de semana ¿verdad?” o “qué lata las manifestaciones de la CNTE ¿no cree?” mientras el ascensor llegaba al piso respectivo y para evitar un silencio incómodo. Hoy día uno dice “¿cómo ve que ya atraparon al Comandante 14?” sabiendo que o la vecina tiene más información que uno sobre dicho suceso o ella tiene la “verdadera versión” de cómo “el Comandante 14 no es el Comandante 14 sino un actor contratado por Telerrisa (sic)”.

Con tantas versiones uno ya no sabe qué creer. A veces leer poesía en la tranquilidad de la casa, con la puerta bajo tres candados, parece ser (para los que no somos fanáticos del futbol) el único lugar de sosiego posible. “Los libros son el único lugar en el que se puede estar todavía tranquilo”.

Hablando de poesía y las muertas y los desaparecidos y los hombres y sus vecinas que se especializan en narco-temas, viene a cuento un poema de William Blake [El viajero mental, versión de Pablo Neruda] que me parece muy ad-hoc:

He viajado a través de un país de hombres,

un país de hombres y también de mujeres,

y he oído y visto tan horrendas cosas

como nunca los caminantes de la fría tierra han conocido.

¿Por quién doblan las campanas? Por el caminante de la fría tierra, dice Blake, y yo regreso al mural de Siqueiros. Los caminos de la revolución, de la historia, del sistema se construye sobre el cadáver de tantos.

Hoy a pocos nos queda algo de sensibilidad por el otro ―por el que es asaltado, el que es secuestrado, la que es violada, la que es ignorada, vilipendiada y acallada, el que es robado directa o indirectamente, la explotada legalmente o no.

¿En el parque humano que habitamos actualmente ―como lo llama Sloterdijk― podemos al menos pensar en el prójimo? ¿Cuántos aún nos vemos morir en los demás?

Me llega a la mente aquella frase de Jonh Donne (que Ernest Hemingway usó de epígrafe para su inmortal novela Por quién doblan las campanas):

Ningún hombre es en sí equiparable a una Isla; todo hombre es un pedazo del Continente, una parte de Tierra Firme […]. La Muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la Humanidad. Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas; ¡están doblando por ti…!

 

Referencias

(1) Poema Le voyage de Baudelaire: http://fleursdumal.org/poem/231

(2) El conductor del microbús sintonizó. Embustera de Joaquín Sabina: http://youtu.be/50qAB1gw570

(3) González Rodríguez, Sergio. Huesos en el desierto. Anagrama.

(4) González Rodríguez, Sergio. Campo de guerra. Anagrama.

(5) Poema El viajero mental de Blake: http://www.poemasde.net/el-viajero-mental-william-blake/

 

Imagen: Alejandro Obregón La Violencia, 1962

Roselbet Toledo Mayoral

Roselbet Toledo Mayoral

Estudiante de Economía por la UAM y de Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM. Amante de la alta literatura, la poesía y el cine.

3 comments

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  • Es un buen artículo que aborda un fenómeno cotidiano en el contexto de la historia reciente de méxico (y la más antigua). así es, tenemos una historia sangrienta y una historia de derrotas. Nuestros héroes de bronce, casi en su totalidad, fueron vencidos. los pocos que fueron vencedores están fuera del canon, por decisión de la dictadura perfecta, y porque así lo mantuvieron los de la “democracia imperfecta”. Tiene un gran valor los ingredientes literarios que se introducen: Beaudelaire, Blake, sabina, hemingway-donne, gonzález…y la referencia al muralismo de siqueiros. el autor es una joven gran promesa literaria (que se manifiesta muy bien en sus obras). dos observaciones: 1. debería ser: “no es fortuito que esa imagen”; o podría ser “no es fortuita la imagen”. 2. en este tipo de ensayo breve no se hace referencia explícita a la bibliografía comentada o citada.

    • Es muy amable. Tiene razón en el señalamiento. Las referencias no son formales, en dado caso debían ser notas al pie. No las dejo de poner para facilitar, por ejemplo, en este caso, los poemas completos, etc. Gracias

  • Trajiste a mi memoria la imàgen que mi hijo me mostrò hace poco: Un Pancho Villa y una frase:” Nosotros no tenìamos internet, tenìamos huevos”. Pareciera que la violencia puede hoy instalarse tan còmodamente, gracias a que las redes sociales, lejos de inflamar las pasiones, sirven de vàlvula de escape e inùtil desahogo. No estoy a favor de la violencia, sino de la organizaciòn, la misma que en ese tiempo pasado del que nos hablas, se valiò de los mètodos consensuados para conseguir algo por los demàs. Hoy, atrapados por la crìsis econòmica y la inseguridad, -ambas impuestas como forma de control ante esa temida organizaciòn de la sociedad-, lancemos un twit , y digamos que hemos cumplido. Un abrazo.

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