Centro Público

De la indignación al prejuicio de siempre

Insistí la semana pasada en evidenciar la hipocresía de la indignación facilona y las opiniones epidérmicas sobre el conflicto en Gaza. También mencioné la necesidad de hacer distingos y matices que no caben en 140 caracteres.

Creo que esto es más cierto aún en el caso específico de las críticas al Estado de Israel, “los israelíes”, los “sionistas” o, peor todavía, “los judíos”, un campo minado donde la delgada frontera entre crítica y prejuicio suele rebasarse con demasiada frecuencia.

En enero de 2013 tuvo lugar un panel en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, en el marco de su posgrado en DD. HH., donde se habló del conflicto palestino-israelí.

Se exhibió un documental sobre el sionismo y, a continuación, activistas y académicos denunciaron el “genocidio” perpetrado contra la población palestina, deslegitimaron la existencia misma de Israel, desmintieron el Holocausto, llamaron al gobierno mexicano a romper relaciones con Israel y advirtieron contra “el poder judío” detrás de las finanzas y los medios internacionales y locales.

Es decir, ningún mitin que Joseph Goebbels hubiese desaprobado —salvo, quizás, por su calidad— ni contenido alguno que Julius Streicher, Henry Ford, Richard Wagner o la policía zarista habrían objetado. Por no hablar de la agenda netamente antisemita, instanciada en editoriales panfletarias y caricaturas grotescas, del diario La Jornada, por mencionar un medio que ni siquiera se esfuerza en disimular.

Mi punto, sin embargo, va más allá de estos saltos (i)lógicos, como pasar de denunciar el sufrimiento palestino a negar la Shoah, remplazar la estrella de David por una cruz gamada azul en la bandera israelí o sacar a cuento la añeja teoría de la conspiración por la cual judíos narigones mueven los hilos de Washington, Wall Street y el capitalismo global —ya no hay comunismo, pero si lo hubiera, también ése dominarían—.

El tufillo antisemita que emana de las críticas comunes al Estado de Israel, especialmente durante las últimas semanas, debido a los raids e incursiones en Gaza, es, a menudo, velado y sutil. Otras, como en los ejemplos que he dado o en un tuit leído por ahí: “¿Dónde está Adolf Hitler cuando se le necesita? #Gaza”, no tanto.

Una indignación construida sobre ignorancia, no es inocente por mucho que lo parezca. Peor aún si lo que hace es perpetuar un viejo prejuicio que es todo menos inocente.

Porque el antisemitismo político que produjo los pogromos rusos o los campos de exterminio nazis no puede prosperar sin el antisemitismo de salón, aquel que se vierte como opinión trivial y común: “¡Claro! Vive en una casona en Polanco… ha de ser judío”.

Recordemos, si no, el caso de Miguel Moisés Sacal Smeke, que golpeó prepotentemente a un empleado en julio de 2011. Los medios de comunicación, en vez de llamar, simple y llanamente, imbécil a este tipejo, cual se merecía, se regodearon en mencionar, como mero detalle anecdótico, que se trataba de “un empresario de origen judío”.

Aunque me quedé con una duda: de haberse apellidado Schmidt, Kuri, Popov o Puig, ¿habrían señalado igualmente su origen alemán, libanés, búlgaro o catalán…? O, si se hubiera tratado de un acto de filantropía encomiable, ¿habría sido el titular: “Construye escuela en Sierra Tarahumara empresario de origen judío”?

O bien, la trillada discusión sobre el excesivo discurso lacrimógeno sobre el Holocausto nazi. “Ya chole, hay demasiadas películas sobre el tema”. “Claro, como los judíos controlan Hollywood, tienen su agenda propia”, etcétera.

Opiniones que, además de trivializar la peor catástrofe de la Historia —por su naturaleza, no por su magnitud—, exudan ignorancia sobre el atribulado proceso historiográfico de construir una historia cultural que sirve de incontrovertible brújula moral y que ya quisieran los armenios o los camboyanos para dar forma a una identidad y preservar la memoria de las víctimas.

Sí, por supuesto que la Shoah es parte central de la moderna identidad judía y que el Estado de Israel no existiría sin el genocidio nazi. De allí que los interesados en desaparecer el primero, como el expresidente Ahmadinejad de Irán, insistan en negar, justificar o aun atenuar el segundo.

O, en el caso de los autoproclamados cíberdefensores de Palestina, equipararlo con las acciones del Estado israelí, sin conocer a fondo la historia de la Shoah —ni mucho menos hacerla suya, íntimamente: quien lo ha hecho, aprende a no hablar en vano del mal—, sin importar el intrincado contexto del Medio Oriente, sin empatizar sinceramente con las personas involucradas, sin plantearse las frías distinciones de medios o fines de ambos bandos y sin el mínimo sentido común requerido para buscar la definición de ”genocidio” y aplicarlo a la situación de Gaza.

Incluso la distinción que sirve como coartada típica contra la acusación de antisemitismo (“el problema no son los judíos, es el sionismo”) no sólo es vaga, sino que es una mala defensa.

Para empezar, nunca especifica a qué sionismo se refiere: ¿la visión romántica original de Theodor Herzl, el socialismo revolucionario, el colectivismo utópico de los kibbutzim, la vertiente nacionalista y endurecida que se forjó en los guetos nazis, el nacionalismo surgido de la historia reciente del Estado de Israel o el extremismo político de la derecha en la moderna democracia israelí?

Generalización altamente sospechosa, además, pues tal pareciera que lo que está mal, en el fondo, es la reivindicación sionista primordial; a saber, la existencia misma de asentamientos judíos en Medio Oriente, materializada en el Estado de Israel y que traza sus raíces hasta la tierra prometida bíblica.

Dicha postura miope ignora, igualmente, las causas de fondo del sionismo en todas sus vertientes: la persecución y discriminación sistemática de siglos, el fracaso total de los intentos de asimilación en las distintas naciones, lo utópico del judaísmo apolítico y pacifista de las comunidades más ortodoxas, la completa indiferencia del mundo al destino del pueblo judío.

Como bien sentencia Hannah Arendt: La única consecuencia directa y pura de los movimientos antisemitas del siglo XIX no fue el nazismo, sino, al contrario, el sionismo, que, al menos en su forma ideológica occidental, constituyó un género de contraideología, la “respuesta” al antisemitismo. Que no hace sino parafrasear a Theodor Herzl, no en vano considerado el padre del sionismo:

Somos un pueblo, un pueblo. Por doquier hemos tratado honestamente de integrarnos en las comunidades nacionales que nos rodean y conservar sólo nuestra fe. No se nos permite esa actitud […]. En vano nos esforzamos por aumentar la gloria de nuestras patrias mediante hitos en el arte y la ciencia, y su riqueza mediante nuestras contribuciones al comercia y la industria […]. Se nos acusa de ser extranjeros […]. Si al menos pudieran dejarnos en paz […]. Pero no creo que lo hagan.”

Así, de manera harto conveniente, se deja de lado que los judíos optaron por la violencia, contra sus propia tradición y carácter ‘nacional’, en los guetos nazis, una vez que resultó obvio que dejarse llevar como corderos al matadero, rezando pacíficamente “Shemá Yisrael” mientras se entraba a las cámaras de gas, no significaba nada. Ni siquiera Emmanuel Levinas, para quien la misión de Israel es el testimonio (martirio, en griego) colectivo, llegó tan lejos.

Al final, vaya, los más agudos críticos de las políticas israelíes sobre la cuestión palestina, quienes denuncian la creciente fascistización del discurso público o se atreven a señalar el creciente racismo contra los migrantes africanos, son judíos: Judith Butler, David Grossman, Amos Oz, Etgar Keret, Norman Finkelstein o Steven Spielberg, que lo mismo hizo La lista de Schindler que la durísima Múnich, nada bien recibida en IsraelY dudo mucho que uno solo se salve de suscribir alguna clase de sionismo.

En un principio, creía que se trataba de paranoia mía: ver antisemitismo en todos lados, como hacen también los extremistas israelíes para descalificar a sus críticos, bienintencionados o no.

Me he convencido, no obstante, que sí suele tratarse a Israel como un caso excepcional, que se juzga con una vara distinta y contra el que se precipitan, hipócritamente, a arrojar la primera piedra: se enfatiza la injusticia en que se basa su fundación (el “despojo” de los árabes nativos), se cuestiona su derecho a defenderse (so pretexto de la ‘debilidad’ del adversario) o se pone en entredicho sus reivindicaciones identitarias (el sionismo).

G. G. Jolly

G. G. Jolly

Gabriel García Jolly es editor, traductor, investigador y docente. Sus numerosos intereses y variados temas de estudio humanísticos van de la filosofía y la Historia hasta la teología y el Derecho.

1 comment

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  • Estimado Rigoberto. Soy descendiente de libaneses. Mi abuelo odiaba a los musulmanes y todo lo que se le pareciera… Sin embargo me parece que Israel está haciendo lo peor que pudo hacer en esta etapa del conflicto… En pocas palabras ha logrado unir al mundo en contra de Israel. ¿No está claro que es una nación fuerte, fortísima junto a Palestina?, ¿No es el agresor que debió de buscar una solución pacífica ante cualquier agresión Palestina?, ¿No tienen sistemas de defensa suficientes para evitar que caiga cualquier misil -pequeños misiles- en su tierra?. Los que sabemos un poco del problema nos queda claro: son mejores los israelíes que a los palestinos, es mucho mejor la religión israelí que la musulmana, ésta última llena de llamados a la “guerra santa”, no sólo en teoría, sino a cada paso que puede. A mi me parece claro: el peor error de Israel es querer matar pulgas a cañonazos. Con eso: daña injusta y gravísimamente a la población civil Palestina, ante la opinión pública mundial es el agresor, deja intacto y fortalecido a a Hammas, y -lo peor de todo- justifica a la población musulmana a seguir trabajando en terrorismo, como “método de defensa”, contra las injustas agresiones contra ello. Aumenta el problema y el apoyo a los musulmanes radicales… Hé ahí el grave error de Israel en esta agresión.

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