Jefferson Farfán celebra tras anotar el primero de dos goles de la selección peruana en el partido de vuelta contra Nueva Zelanda, con el cual aseguró su pase a Rusia 2018. German Falcon/European Pressphoto Agency

La última vez que la selección peruana fue a un mundial de fútbol yo no sabía hablar. Ahora, casi 36 años después, Perú tiene el último boleto a Rusia 2018 en el bolsillo y me he quedado mudo.

Escucho los gritos, las bocinas, los fuegos artificiales en la calle a través de la ventana; contemplo las imágenes de un estadio repleto de hinchas felices y afónicos, un estadio que no ha parado de cantar y gritar desde dos o tres horas antes de que empezara el partido, y no atino a decir nada.

Miro la televisión en silencio, con la camiseta roja puesta y la franja blanca que me cruza el pecho. Sintiéndome culpable, incluso. Algo tendría que decir. Algo tendría que gritar. Hemos ganado. Perú será uno de los 32 equipos que viajará a Rusia en junio de 2018.

No clasificar a la Copa del Mundo se había vuelto una broma cruel para los peruanos. “Cuando Perú vaya al Mundial”, decíamos para referirnos a aquello que nunca iba a ocurrir.

El Perú es un pueblo futbolero que a punta de frustraciones se había vuelto descreído.

Un país que vivía de glorias pasadas, de imágenes de goles en blanco y negro que inundaban las pantallas cada vez que se acercaba una nueva eliminatoria. Según avanzaban los partidos y se sucedían las derrotas, los hinchas de la blanquirroja pasábamos de recordar los goles de Cubillas a insultar a los nuevos ídolos caídos que una vez más nos defraudaban. Las tiendas remataban las camisetas de la selección que ya nadie quería y los peruanos volvíamos a dejar de creer y a decir con rabia y con sorna: “Cuando Perú vaya al Mundial…”, sabiendo que nunca iba a ocurrir.

Y no nos faltaba razón. En las últimas tres eliminatorias quedamos penúltimos (Alemania 2006), últimos (Sudáfrica 2010) y antepenúltimos (Brasil 2014). Hasta que llegó Ricardo “el Tigre” Gareca, un entrenador argentino que, al igual que la selección peruana, tenía deudas pendientes con la Copa del Mundo.

Ricardo Gareca, director técnico de la Selección de Fútbol de Perú Marty Melville/Agence France-Presse — Getty Images

Ricardo Gareca, director técnico de la Selección de Fútbol de Perú Marty Melville/Agence France-Presse — Getty Images

Gareca es un viejo conocido del fútbol peruano. En 1985, en el último partido de las eliminatorias para el Mundial México 1986, con la camiseta número 9 de la selección argentina, el Tigre anotó el gol que le quitó al Perú la clasificación directa. Tras ese 2-2 con Argentina, Perú tuvo que jugar un repechaje contra Chile y perdió tanto en Lima como en Santiago. Desde entonces, nunca más estuvimos tan cerca de un mundial.

Gareca, además, ni siquiera fue a esa Copa del Mundo. Luego de celebrar la clasificación, el entrenador Carlos Bilardo decidió no llevarlo a México, donde Maradona y el equipo argentino se coronarían campeones.

Cuando Gareca tomó el mando como entrenador en marzo de 2015, luego de las palabras de agradecimiento protocolares, dijo algo que pasó desapercibido para muchos: “No hay nada imposible cuando uno está unido, cuando uno tiene un objetivo claro”, y añadió: “Como yo creo en el jugador peruano, estoy sentado aquí y acepté el cargo de la selección peruana”.

Cuando ya nadie creía, Gareca creyó.

Tanto que hizo creer a sus jugadores hasta el final, incluso cuando debieron enfrentarse a los dos partidos más importantes de su vida sin su capitán. Días antes de que la selección viajara a jugar el primer partido del repechaje en Nueva Zelanda, la FIFA anunció que Paolo Guerrero, jugador del Flamengo de Brasil e ídolo máximo del fútbol peruano, estaba suspendido temporalmente por un “resultado analítico adverso” en una prueba antidopaje.

Guerrero afirma que es inocente y que lo demostrará; Gareca y su equipo le creen. Al punto que Jefferson Farfán, el segundo ídolo de esta selección, sacó una camiseta con el número 9, el de Guerrero, cuando anotó el primer gol contra Nueva Zelanda.

Horas después, en rueda de prensa, el entrenador volvía a recordar que él cree en sus jugadores, en todos, incluido el ahora cuestionado Guerrero: “Quiero agradecer a todos los jugadores que formaron parte de este proceso. Hay algunos que no están ahora con nosotros, pero que aportaron en su momento. A ellos, al pueblo y también a Paolo Guerrero. Es nuestro capitán, es un ídolo, es alguien que sabemos el amor que le tiene al Perú y que los hinchas le tienen”.

Los peruanos salieron a las calles a celebrar que después de 35 años están de vuelta en un mundial de fútbol. Agence France-Presse — Getty Images

Los peruanos salieron a las calles a celebrar que después de 35 años están de vuelta en un mundial de fútbol. Agence France-Presse — Getty Images

Este jueves, a la mañana siguiente, en las calles de Lima se vive una calma inusual. Pasada la noche de celebración, muchas calles y avenidas se ven semivacías y no se escuchan los pitazos habituales de los autos que, en un día normal, revientan los oídos de la ciudad.

Hoy en Perú es feriado oficial. Así lo prometió el presidente Pedro Pablo Kuczynski, en una polémica decisión que muchos creen busca distraer la atención de los escándalos de corrupción que empiezan a cercarlo. O, peor, que busca allanar el camino para un posible indulto al expresidente Alberto Fujimori, preso desde 2007 por varios delitos que incluyen crímenes de lesa humanidad.

De momento, el presidente Kuczynski no se ha manifestado acerca de esto último. Lo único que ha dicho desde que el árbitro Clément Turpin pitara el final del partido en el Estadio Nacional ha sido, a través de un tuit en su cuenta oficial: “Esperamos más de 35 años para estar nuevamente en un mundial. ¡Gracias, guerreros, por darnos esta alegría! Celebremos todos con responsabilidad. ¡Arriba Perú! #EstamosDeVuelta”.

Estamos de vuelta. Se lo debemos, en buena cuenta, a ese entrenador y exjugador argentino que una vez nos arrebató un mundial, pero que llegó a Lima treinta años después para recordarnos algo que los peruanos olvidamos con demasiada frecuencia: creer en nosotros mismos.


Fuente: NYTimes / Diego Salazar

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