Es imposible no hablar sobre lo que está sucediendo en el estado de Guerrero. Debido a la gravedad de los hechos, que van desde ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, quema de instalaciones gubernamentales, fosas de cuerpos desconocidos, posibles nexos del crimen organizado con el poder político, y un evidente descontrol social, que por supuesto se ve aderezado por quienes sacan raja política, tanto en el ámbito local, por estar próxima la renovación de la gubernatura, legislatura local y ayuntamientos en dicho estado, y por supuesto en detrimento del gobierno federal, al ser una autentica crisis que puede afectar gravemente la paz social, olvidémonos por un momento de la imagen y credibilidad del país.

El nivel de repudio y desaprobación no debe ser menor por parte de la sociedad mexicana, estamos ante acontecimientos que ya son calificados por algunos como genocidio, una expresión muy fuerte, cuya calificación jurídica estará por verse (ojalá y esté equivocado), pero igualmente reprobable es la aviesa conveniencia y lucro de algunas fuerzas políticas que lejos de aportar soluciones, ven la coyuntura de condenar, deslindarse, purificarse y así ganar votos.

Poco les importa el dolor de madres, padres, hermanos y demás familiares de todas las personas que han desaparecido, y pudiesen encontrarse en una fosa en Guerrero o tal vez en otro lugar, de las personas que tienen que huir de su casa o negocio ante los amagos de la delincuencia, o de la zozobra que viven millones de mexicanas y mexicanos ante el riesgo de ser víctimas de algún delito, lo que importa es la siguiente elección o el control de la plaza.

Pero ¿cuál es la salida a tan grave problema?, que posiblemente se esté dando también en Michoacán, Tamaulipas, Oaxaca y con menos visibilidad o notoriedad mediática en algunas otras regiones; ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Cómo nuestro país cambio tanto? ¿Qué podemos hacer?

No creo que las marchas y las protestas resuelvan gran cosa, a veces sólo se usa como escaparate de ciertos líderes sociales que se compran con dineros y cargos, y en casos más tristes para la rapiña y el daño a la propiedad ajena, tampoco tengo mucha fe en los twits o post de las redes sociales, ni en cadenas de favores que nadie cumple.

Las salidas formales o jurídicas están lejos de resolver el problema, tal vez sólo de modularlo o acallarlo mediáticamente, aunque difícilmente habrá otro escándalo o hecho que lo opaque, pero siempre se apuesta al olvido colectivo, y que la vida cotidiana vayan enterrando tales recuerdos.

Para muchos la salida sea la desaparición de poderes, la renuncia de un gobernador, la captura de un edil prófugo, urgir la instalación del mando único, la identificación de los cadáveres, llevar a proceso judicial a los responsables, pero tal vez sea sólo una válvula de escape, pero no el camino correcto.

La indignación debe movernos a no olvidar, impulsarnos reclamar justicia en forma pacífica, (algo difícil para la familia de los desaparecidos y para cualquier víctima de cualquier delito), debe conmovernos a seguir creyendo que la esperanza y la bondad siguen existiendo, pero no sólo se trata de buenas intenciones, si no de pequeños actos, como seguir despertándonos con una sonrisa, agradeciendo a Dios, trabajar con ahínco, tratar de ser mejores con uno mismo, esposa (o), hijas (os), hermanas (os) y padres; somos más los mexicanos y mexicanas que piensan y actúan así; acaso también a barrer nuestra calle, colaborar en la escuela, pagar los servicios públicos, elegir con mayor cuidado a nuestros gobernantes, vigilarlos y exigir cuentas de sus actos.

Imagen:

Frida Kahlo
Sin Esperanza
1945
Óleo sobre tela montada sobre HDF
28cm x 36cm
Museo Dolores Olmedo Patiño, Ciudad de México, México

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