El pensamiento estratégico es por definición y antonomasia pensamiento de grupo, es imposible reflexionar sobre él sin que nos vengan a la mente las distintas piezas o engranes que componen los caminos y rutas a seguir. En cambio el pensamiento que se utiliza únicamente con fines personales, a menudo se queda corto, aislado, carente de amplia visión y lejano a los resultados esperados.

La anterior afirmación nos remite a un escenario complicado si nos remitimos a la izquierda mexicana. Desde hace muchos años requerimos de un sinfín de acrónimos, sobrenombres y liderazgos autócratas que designan las distintas partes de la izquierda e impiden una visión con miras a obtener resultados que beneficien su agenda.

“Los Chuchos”, “los de las ligas”, “los morenos”, “los progresistas”, y los grandes nombres y hombres que aún se rescatan de la visión, fragmentan lo que se supone el lado más social del poder en México.

Esto se ejemplifica en la encuesta publicada por el periódico Reforma esta semana, donde se muestra que de ser en este momento las elecciones para elegir a diputados locales y delegados en el Distrito Federal; si bien el PRD seguiría manteniendo la mayoría, habría una importante alza en los votos conseguidos por el PRI, que quedaría en segundo lugar, Morena, en el tercero y el PAN en el cuarto.

Si bien este año la izquierda mexicana cumple 17 años en el poder de la entidad más importante en el país, ¿qué ha hecho que el electorado los prefiera de sobremanera durante los últimos años al frente del gobierno de la ciudad? y ¿qué hace ahora que el panorama sea diferente?

En mi opinión es la fragmentación ya que a lo largo de la historia la izquierda ha carecido de pensamiento estratégico, las visiones se particularizan en dogmas religiosos, aspiraciones personales e indefiniciones.

Así, en la palestra se han quedado los liderazgos del Ing. Cárdenas en 1988, Andrés Manuel en 2006 y, aunque no fue candidato oficial, Marcelo Ebrard en 2012. Quizás el primero es el que mayor pensamiento estratégico demostró y la Ciudad de México hoy es producto del mismo, el segundo dilapido con beligerancia y soberbia la oportunidad de que la izquierda tuviera una tercera oportunidad de acceder al poder, y del tercero hay poco que decir, aún no sabemos por qué tiró la toalla, ni qué lo hizo tomar esa decisión, lo cierto es que de la gran visión Marcelista de la ciudad de vanguardia a la visión del Marcelo de la línea 12 hay un abismo de diferencia.

Del otro lado, el PRI que recibió una herida de muerte en el 2000 y parecía desahuciado, en el 2006 aprovecho la coyuntura de esas elecciones para fincar su ascenso al poder y curar sus heridas.

Las diferencias entre la derecha y la izquierda les abrieron brecha, camino que fue identificado por actores con una visión más estratégica: por un lado en el Estado de México se construyó una opción seria para el regreso del PRI a Los Pinos; por otro, en el legislativo, Beltrones le dio vigencia al partido, al mostrarse como el interlocutor nato del ejecutivo y tender puentes con la izquierda. En este caso, ambas visiones no chocaron y aunque el político sonorense tenía aspiraciones reales a la presidencia, las sacrificó en pos del pensamiento estratégico.

Lo anterior, estimado lector, ejemplifica la lucha en el poder, pero ¿en dónde cabe la visión ciudadana?, aquella que pueda inclusive por encima de la lucha en el poder, permanecer y servir para el bien común. Queda en dos factores clave para la democracia en nuestro país: la institucionalización de las causas ciudadanas y los contrapesos reales que presente el sistema.

Por eso deberemos como ciudadanos abanderar todas aquellas causas que acerquen el poder a la mayor parte de las personas imponiendo una visión estratégica, entendiendo a los intereses de grupo como los intereses de todos los mexicanos, sólo así podremos estar más cerca de vivir en democracia.

Bienvenida sea la pluralidad en la ciudad de México, pluralidad que tendrá que venir acompañada de una mejor y más amplia ciudadanía, de lo contrario el proceso democrático quedará inconcluso.

Hasta la próxima.

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