Las armas que entregaron los rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FarcFernando Vergara/Associated Press

Después de años de tumultuosos diálogos de paz, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, mejor conocidas como las Farc, dejaron las armas de manera definitiva en junio. Este acto anuncia el final de un conflicto de 52 años. Sin embargo, para que Colombia rompa de manera definitiva con su pasado, debe ser inteligente en su estrategia para reintegrar a la sociedad a los excombatientes.

La tarea es abrumadora: ¿cómo evitar que vuelvan a las armas las personas que han combatido durante décadas? Ayudar a los exguerrilleros sigue siendo un asunto controversial, pero las nuevas estrategias basadas en evidencias dan motivos para esperar que la reintegración tenga éxito pese a los desafíos.

Los antecedentes de los miembros de las Farc son el primer obstáculo. Como ideólogos comunistas que tienen vínculos con la narcoeconomía, muchos de sus miembros fueron reclutados de familias pobres y rurales en la infancia, y han sido guerrilleros por tanto tiempo que no conocen otra vida. La mayoría pasaron muy pocos años en una escuela como tal y no están acostumbrados a la vida civil.

Aproximadamente 7000 excombatientes viven en espera constante en 26 campos rurales. Los sospechosos de cometer crímenes de guerra están a la espera de que tribunales de transición juzguen sus casos. A la mayoría de los combatientes de bajo rango se les otorgó amnistía y podrían abandonar los campos este mes.

El proceso ha sido lento. Los campos que acogerían a los rebeldes durante la transición no estuvieron listos a tiempo. La corte constitucional echó abajo los procedimientos de vía rápida para aprobar la legislación en el congreso, y postergó leyes relativas a la reforma agraria, la participación política y una comisión de la verdad.

También ha habido obstrucción por parte de la oposición política, que siente que el acuerdo escatima a la hora de hacer justicia y castigar a los excombatientes; la oposición ha organizado protestas y apoyo político en contra del acuerdo en el congreso. Las encuestas muestran que la mayoría de los colombianos sienten que el proceso va por mal camino.

Un exguerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las Farc, ondea una bandera blanca de paz durante un evento para conmemorar la conclusión del proceso de desarme en Buenavista, Colombia, en junio. Fernando Vergara/Associated Press.

Un exguerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las Farc, ondea una bandera blanca de paz durante un evento para conmemorar la conclusión del proceso de desarme en Buenavista, Colombia, en junio. Fernando Vergara/Associated Press.

Mientras tanto, otro grupo rebelde, el Ejército de Liberación Nacional, todavía sigue activo, pero se encuentra en conversaciones de paz. Los líderes y activistas sociales que abogan por la restitución de la tierra y los derechos humanos han sido blanco de violencia de grupos criminales neoparamilitares. Esta tendencia preocupante recuerda el intento anterior de las Farc de incursionar en la política, en las décadas de 1980 y 1990, cuando miles de miembros del partido de izquierda Unión Patriótica, vinculado con los guerrilleros, fueron asesinados.

El desarme de las Farc demuestra que el gobierno y los guerrilleros están comprometidos con el acuerdo de paz. La Organización de las Naciones Unidas aprobó recientemente una misión para supervisar la reintegración, y la Agencia para la Reincorporación y la Normalización de Colombia ayuda a los combatientes recién desmovilizados a reincorporarse poco a poco a la vida civil. Aunque la cantidad de casos esperada podría ser sustancial, es pequeña teniendo en cuenta a los más de 50.000 combatientes que la agencia reintegró en los últimos catorce años. Según lo estipulado en el acuerdo, las Farc también tendrán la opción de convertirse en un partido político.

A pesar de ello, ya ha habido disidencia en seis “frentes” de las Farc en las regiones donde se cultiva coca, y algunos combatientes han renunciado al acuerdo de paz. Apenas hace unas semanas, uno de los frentes belicosos bombardeó una patrulla militar, y lesionó a dos soldados y cuatro civiles. Si el pasado sirve de prólogo al porvenir, los cálculos de las desmovilizaciones anteriores de los grupos armados de Colombia presagian una tasa de reincidencia de quince a veinte por ciento en el transcurso de cinco años.

Nuestra investigación sobre la reintegración de los exguerrilleros y paramilitares colombianos ofrece una idea. Analizamos datos de una encuesta y registros de arrestos y realizamos entrevistas para identificar los factores asociados con los combatientes reincidentes, aquellos que regresaron a las actividades criminales o beligerantes. Para hacer más atractiva la vida como ciudadanos respetuosos de las leyes, el gobierno y los organismos internacionales deben adoptar una estrategia de tres vías ante los exguerrilleros.

En primer lugar, la asistencia debe atender las necesidades individuales, el subdesarrollo en las áreas rurales que el Estado ha descuidado. Descubrimos que los programas de educación pueden ayudar a contrarrestar la reincidencia. Un exguerrillero de una desmovilización anterior al que entrevistamos reafirmó el valor perdurable de la educación en vista del periodo limitado del programa de reintegración: “Si termino mis estudios, siempre tendré eso. Podré sobrevivir, encontrar un trabajo y mejorar mi calidad de vida”.

Por otra parte, los combatientes que se unieron a los rebeldes motivados por la venganza o la búsqueda de aventuras constituyen casos más difíciles que aquellos que llegaron a la guerrilla por cuestiones ideológicas.

Los hombres son más propensos a reincidir que las mujeres, ya que su idea de la masculinidad puede estar vinculada a la de su identidad como guerrilleros. Dado que la desmovilización de las mujeres puede presentar otros problemas, la atención psicológica debe satisfacer las necesidades de cada género.

En segundo lugar, la reintegración es una cuestión familiar. Descubrimos que tener hijos y buenas relaciones con miembros de la familia crea vínculos que hacen que los excombatientes observen las leyes. Otro exguerrillero al que entrevistamos nos dijo: “Tengo una hija y ella me da muchas razones para no volver a la delincuencia”. Una señal positiva es el auge de nacimientos que se está dando en los campos; anteriormente, para los guerrilleros era un tabú tener hijos.

Por último, la participación de las comunidades es crítica. Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, y otros funcionarios han enfatizado que “los territorios” ubicados en zonas rurales serán el punto de arranque del acuerdo de paz.

Descubrimos que los excombatientes participan más y mucho mejor en comunidades que tienen fuertes lazos sociales. El apoyo para las comunidades y las víctimas —por ejemplo, en forma de desarrollo de asistencia y fomento de organizaciones sociales— puede ser un camino efectivo y justo, aunque indirecto, para ayudar a los exguerrilleros. Las comunidades, por su parte, pueden alentar la reconciliación local y darles la bienvenida para que participen en reuniones y actividades, desde partidos de fútbol hasta trabajo público comunitario.

La adopción de la paz en Colombia es positiva en una región plagada de violencia. La reintegración exitosa puede aumentar la confianza pública en el proceso de paz y convertirse en una lección para el mundo sobre cómo lidiar con los problemas posteriores a un conflicto armado. Los próximos meses nos dirán si las víctimas y aquellos que hicieron la guerra pueden dar vuelta a la página en la historia del país.


Fuente: NYTimes / Oliver Kaplan y Enzo Nussio

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