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Colombia, entre la oligarquía y la demagogia

Después de los resultados de la primera vuelta, dos candidatos se disputarán la presidencia de Colombia el 17 de junio de 2018: Gustavo Petro, de Colombia Humana, e Iván Duque, del partido Centro Democrático. Raúl Arboleda/Agence France-Presse — Getty Images

Colombia se decantó por los extremos este domingo y en tres semanas deberá decidir si elige presidente al candidato de la extrema derecha, Iván Duque, o al de la extrema izquierda, Gustavo Petro. El centro, sin embargo, con Sergio Fajardo y el 23,7 por ciento de los votos, aunque ya no estará en la boleta de la segunda vuelta, tiene mucho que decir en esta contienda de extremos: la que habrá entre el candidato preferido por la oligarquía, Duque, y el candidato de la autocracia populista, Petro.

Hay que decir que la pura mecánica electoral funcionó perfectamente. En poco tiempo la Registraduría tenía los resultados y nadie cuestionó su transparencia. Ni siquiera los que perdimos.

Ya a las seis de la tarde, apenas dos horas después de cerradas las urnas, Álvaro Uribe Vélez recibía la noticia del triunfo de su partido desde la empalizada de una de sus fincas. Si la estacada era establo o caballeriza no se veía bien en las imágenes, pero en todo caso el sitio escogido por el expresidente para celebrar era un buen símbolo: ganó el candidato de los ganaderos, de los terratenientes y, en últimas, de la oligarquía rural más conservadora.

El partido del ganador, que lleva el muy orwelliano nombre de Centro Democrático, ganó con cierta holgura la primera vuelta, en cabeza del joven tecnócrata Iván Duque, exfuncionario del Banco Interamericano de Desarrollo, con el 39,14 por ciento de los sufragios y más de siete millones y medio de votantes. La celebración, en todo caso, solo fue a medias, pues los más convencidos militantes de la derecha que votan por el “Centro”, aseguraban que ganarían de sobra en primera vuelta. Pensaban que conseguirían los casi diez millones votos necesarios para conseguir una victoria definitiva. Pero no fue así.

Y no fue así porque el candidato de la extrema izquierda, Gustavo Petro, que también muy orwellianamente se presenta como “socialdemócrata”, les aguó la fiesta al sacar 4,8 millones de votos (la más alta participación por un candidato de izquierda en la historia del país) y el 25 por ciento de la votación. Quienes preferíamos las opciones de verdadero centro (representado por Sergio Fajardo y por Humberto de la Calle, quien obtuvo el dos por ciento) nos quedamos con los crespos hechos y con el único consuelo de haber ganado en Bogotá, la capital del país. Ahora nos queda por convencer a las mayorías ganadoras de que esta opción aburrida, la del centro, es la que puede resguardar, gane quien gane, los valores democráticos: el respeto por la pluralidad, el compromiso con la paz y la vocación social contraria a la voracidad de la oligarquía y a los atajos suicidas de la demagogia.

En la sede de Coalición Colombia en Bogotá, el excandidato a la presidencia Sergio Fajardo reconoció los resultados de las elecciones frente a sus seguidores. Juan Zarama Perini/EPA, vía Shutterstock

En todo caso, nos guste o no, el 64 por ciento de los colombianos optaron por las candidaturas más extremas y entre ellas deberán escoger al nuevo presidente el domingo 17 de junio, día del padre. No sabemos quién será el próximo padre de la patria, pero para muchos de nosotros la segunda vuelta será la elección entre dos males, o, para ponerlo en lenguaje popular: Que entre el diablo y escoja.

La elección será trágica porque en el caso de preferir a Duque estaríamos respaldando al candidato de la oligarquía que se opuso al proceso de paz, que tiene un odio enconado contra Juan Manuel Santos (el presidente que firmó la paz con las Farc), del cual se quieren vengar, y está aliado no solamente con los sectores más conservadores de los terratenientes y la industria, sino también con los fanáticos religiosos, tanto del catolicismo como de las iglesias evangélicas. Iván Duque, en realidad, ha optado por un discurso más moderado durante la campaña, pero él sabe que sin el apoyo explícito de su mentor, Uribe, jamás habría llegado a donde está, y tendrá que ser muy obediente con él si no quiere problemas. Su mayor dilema será si destruir el proceso de paz y devolvernos al conflicto. Son los votos del centro los que pueden impedir que haga esa locura.

Por el lado opuesto no vamos mejor. Gustavo Petro fue un simpatizante del comandante Hugo Chávez, de él copió la retórica incendiaria y las propuestas populistas y en su movimiento, Colombia Humana, tienen acogida el rencor, el resentimiento, el odio de clases y el revanchismo de quienes consideran que nada en nuestro país ha sido ganado por méritos o por trabajo, sino por privilegios de clase, prebendas políticas o simple corrupción.

El discurso de Petro se nutre de una realidad que Duque se niega a ver: en Colombia, casi el 27 por ciento de la población vive en pobreza y en las zonas rurales la estadística se eleva. El problema es que aún si no aplicara las fórmulas demagógicas del chavismo, algunos analistas prevén que una victoria suya produciría tal conmoción que nos veríamos abocados casi automáticamente a una fuga de capitales, devaluación del peso, incertidumbre en la inversión internacional y a un cúmulo de problemas económicos que volverían al país inmanejable. O manejable solamente con una de las propuestas más peligrosas de Petro: la de convocar una muy venezolana Asamblea Constituyente. También el centro, en este caso, actuaría como moderador para impedir esta otra locura.

Algunos se preguntan por cuál de estas dos fórmulas, la oligárquica o la demagógica, va a optar Fajardo, que con casi 4,6 millones de votos que lo respaldaron podría tener mucho que decir en la segunda vuelta. Su decisión inclinaría la balanza de uno u otro lado. Con lo que no cuentan quienes coquetean con él, tanto entre los oligarcas como entre los demagogos, es con que la opción defendida por Fajardo es la opuesta al clientelismo. Él no negociará sus votos por prebendas, migajas de poder o ministerios. Si es coherente con lo que ha predicado hasta ahora, dejará en libertad a sus electores.

No escoger podrá parecer tibio, o cobarde, pero si uno considera que ambas opciones son malas para el país, y que ambas conducen a un ambiente de crispación nocivo después de alcanzar ciertos niveles de paz (jamás habíamos tenido unas elecciones menos violentas), lo mejor será el silencio del candidato de centro. Y la abstención o el voto en blanco para quienes votamos en primera vuelta por él y creemos que quien gane, sea el que sea, debe recibir por parte nuestra no un apoyo, sino un aviso de moderación, y nunca el cheque en blanco de un triunfo absoluto.


Fuente: NYTimes / Héctor Abad Faciolince

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