En esta foto de archivo del 11 de diciembre de 2015, el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, saluda a una familia de refugiados sirios a su arribo al aeropuerto internacional Pearson. Nathan Denette/The Canadian Press, via Associated Press

El lema “Canadá está de vuelta”, usado con frecuencia por Justin Trudeau, suena algo exagerado en cuanto al cobijo de ciudadanos extranjeros en dificultades. En 1980, durante el gobierno de Pierre Elliott Trudeau, padre del actual primer ministro, el 28 por ciento de los recién llegados al país eran refugiados: el doble de lo que se espera este año.

En 2017 Canadá ha recibido a miles de solicitantes de refugio procedentes de Estados Unidos. No han llegado por los puestos fronterizos, sino por caminos y veredas. Tres provincias han sido escenario de los cruces: Columbia Británica, Manitoba y Quebec; el 90 por ciento a través de la provincia francófona. Los discursos y decisiones de Donald Trump en el tema migratorio han incentivado esta ola migratoria. La imagen de Canadá como un país sensible a temas humanitarios, difundida ampliamente por Trudeau, ha puesto su grano de arena.

Entre enero y septiembre fueron interceptadas 15.102 personas en la frontera. En un principio eran sobre todo individuos de países mayoritariamente musulmanes, temerosos de los planes migratorios de Trump. Durante el verano, los haitianos fueron el contingente más importante, ya que sospechan que el presidente estadounidense eliminará la protección que les fue acordada por el terremoto en 2010.

Los cruces han disminuido (de 5712 en agosto a 1881 en septiembre). Trudeau ha recibido críticas por el arribo de estos solicitantes de refugio. Han salido a colación señalamientos sobre la seguridad nacional y el gasto público. El primer ministro expresó en distintos momentos que Canadá tiene un sistema capaz de enfrentar esta situación. La gestión ha sido efectiva en lo general, aunque el gran flujo ha provocado que las decisiones sobre cada caso se retrasen considerablemente.

Una nueva oleada podría estar en camino, según medios canadienses. Alrededor de 250.000 centroamericanos (salvadoreños, hondureños y nicaragüenses) cuentan con estatus de protección estadounidense por catástrofes naturales en sus países. Trump aún no ha dicho si renovará o cancelará ese estatus, que termina a principios de 2018.

Estados Unidos y Canadá cuentan con el Acuerdo sobre Tercer País Seguro, el cual impide que un ciudadano no estadounidense solicite asilo en un puesto fronterizo canadiense debido a que podría hacerlo en Estados Unidos, considerado un país seguro. No obstante, si la persona cruza de forma irregular, será detenida por la policía, pero tendrá derecho a una audiencia para pedir esta categoría migratoria.

“Vimos en Facebook que Canadá es abierto y que aceptaría a los haitianos. Por eso llegamos”, declaró a la BBC un ciudadano de ese país al cruzar la frontera. Diversos analistas coinciden en que la reciente oleada de inmigrantes ha sido consecuencia de mucha desinformación. Circula la idea –errónea, sin dudas– de que obtener el refugio canadiense es sumamente fácil. Los números indican otra cosa: en los últimos diez años, la tasa de aceptación fue de 43 por ciento.

El gobierno canadiense también ha sido señalado. Trudeau no se ha cansado de afirmar que las visiones humanitarias son uno de sus temas prioritarios. Además, el pasado mes de enero, luego de que Trump intentara cerrar por primera vez la puerta a ciudadanos de países mayoritariamente musulmanes, el primer ministro escribió en Twitter: “A aquellos que escapan de la persecución, el terror y la guerra, los canadienses los recibiremos, independientemente de su fe. La diversidad es nuestra fuerza”. Muchas personas tomaron al pie de la letra las palabras de Trudeau, pero el gobierno canadiense aclaró que las solicitudes de refugio requieren ser estudiadas con detenimiento.

Trudeau después fue más cauteloso en la red: “Canadá es un país de acogida. Pero así como recibimos y alentamos a los recién llegados, también somos un país de leyes”. El diputado liberal Emmanuel Dubourg viajó a Florida para explicar a la comunidad haitiana que la protección canadiense no es automática. Trudeau envió también al diputado Pablo Rodríguez a California para hacer lo propio con asociaciones de centroamericanos. Las leyes migratorias son claras: para obtener la protección canadiense un solicitante de refugio debe demostrar cabalmente que si vuelve a su país, podría estar en peligro por motivos religiosos, políticos, étnicos o por ser parte de un grupo social específico.

Los lineamientos son precisos, de acuerdo, pero en un mundo donde crece la intolerancia, muchas personas se ven tentadas a intentar la aventura de migrar, sobre todo hacia un país cuyo gobierno ha pronunciado palabras cargadas de protección humanitaria; aunque estas no reflejen de forma fidedigna la realidad.

Como lo demostró Adnan R. Khan en Maclean’s, el amparo a los refugiados en Canadá no es tan amplio como se cree. La inmigración económica representa el 57,5 por ciento (unas 300.000 personas este año); luego está la reunificación familiar (28 por ciento); el resto es para los refugiados, por lo que el número que acepta el gobierno canadiense en este rubro, un 0,13 por ciento de su población total, se aleja mucho de los de otros países desarrollados. Suecia y Alemania, por ejemplo, juegan en otras categorías (0,70 y 0,20 por ciento, respectivamente).

Trudeau recibió a unos 30.000 refugiados procedentes de Siria, acción muy reseñada por distintos medios. Turquía, país cercano a la zona de guerra, acogió a cerca de 2,7 millones, mientras que Alemania unos 600.000. La imagen de Trudeau como un protector de los sirios en desgracia se encuentra sobredimensionada.

Una probable oleada de centroamericanos a Canadá haría parecer pequeño el número de cruces en lo que va de 2017. Trudeau jamás contemplaría cerrar los puntos irregulares, ya que iría contra sus críticas a los muros y sería una decisión insensata en una frontera tan extensa. Pero se ve difícil que tanto el statu quodefendido por el primer ministro como sus mensajes a los centroamericanos sean suficientes.

Una posible solución es que Trudeau le exprese a Trump que sus amenazas y planes migratorios están teniendo impacto en Canadá y, al mismo tiempo, cancele el Acuerdo sobre Tercer País Seguro porque Estados Unidos no garantiza ya esa protección, sugerencia que ha recibido por parte de varios organismos. Sería una acción valiente, en un contexto donde las renegociaciones del TLCAN son prioritarias, pero quizás sería inconveniente.

Una solución más realista es que Canadá se prepare ante una nueva oleada con más medidas y recursos. Cada país tiene la libertad (y la responsabilidad) de abrir puertas de acuerdo con cálculos propios. Sin embargo, el primer ministro debería seguir reduciendo los decibeles de sus discursos respecto a Canadá como un país muy compasivo frente a las dificultades de otros pueblos o, simplemente, continuar con las mismas palabras y aumentar el número de refugiados que está dispuesto a aceptar. No sería la primera vez que Trudeau sea invitado a calibrar mejor sus dichos.


Fuente: NYTimes / Jaime Porras Ferreyra

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