Una nueva etapa en el desarrollo democrático está por iniciarse en nuestro país. Hemos comentado que la gobernabilidad se da en diferentes formas, desde la más autoritaria, la de un dictador al estilo del norcoreano Kim Jong-un, quien se dice, mató a su tío para llegar al poder y entre sus incontables crímenes se cuenta el fusilamiento de su viceprimer ministro por discrepancias en la política forestal, o la ejecución de un arquitecto porque no le gustó su diseño del nuevo aeropuerto, es decir, en Corea, se gobierna bajo un solo criterio, no hay discrepancias, posiblemente disidencia, pero muy callada, que enfrenta grandes dificultades para derrocar a ese régimen. Así, con una sola voluntad, con un solo proyecto de gobierno, indiscutible e indiscutido, nos gobernó Porfirio Díaz por casi 30 años. Gobernabilidad total.

Entre 1934 y 1968, hubo un modo de gobernabilidad casi absoluta, pues la poca disidencia, la inconformidad de algunos sectores, los poderes fácticos, Iglesia, Ejército, industriales, comerciantes, banqueros, caciques locales, etc., eran apaciguados con plomo o plata. Pero desde inicios de los sesenta, la disidencia empezó a cambiar, las múltiples muestras de inconformidad hicieron cambiar el estilo, empezó un gobernabilidad deficitaria, hasta 1968, el régimen no pudo callar a todos ni con plomo, cárcel o plata. Nuevas fuerzas en el Congreso y algunos gobiernos locales empezaron a imponer cambios.

Ya para 1997, la voluntad absoluta del presidente, para imponer su plan de gobierno, dejó de ser automática, entraron al Congreso fuerzas no muy amigables y dóciles, la gobernabilidad tuvo que obtenerse a cambio de concesiones, prebendas y acuerdos, algunos en lo obscurito, pero para el 2000, aun cuando el régimen no cambió, la gobernabilidad sí; las fuerzas en el Congreso, y hasta la retrógrada Suprema Corte, hicieron que durante doce años el presidente cuasi absolutista, acordara, concediera y hasta cediera, pero la visión patrimonialista del gobierno no cambió, (con lo que llegamos a eso que hoy llamamos partidocracia) aunque la gobernabilidad empezó a volverse democrática.

Sin embargo, al constituirse de nuevo una mayoría en el Congreso a favor del presidente, se retrocedió al autoritarismo, solo que ahora las concesiones a la sociedad civil, el IFAI, el IFE, la transparencia y hasta la Auditoria Superior de la Federación, -sin olvidar la presión internacional a través de gobiernos y organismos democratizadores y observadores-, se vuelven obstáculos, hay déficit de gobernabilidad, pero se estila el autoritarismo para superar el déficit.

Y con el 2015, llegan dos ejemplos para reiniciar el camino de la gobernabilidad hacia la democracia, no obstante la vigencia de la partidocracia: nuevas fuerzas en el Congreso, una no dócil y otra que por sus resultados electorales dejará de serlo, además de algunos sin partido, los independientes (de los partidos) que no sabemos a qué amos obedecerán (pronto lo sabremos, Nuevo León será más visible). Pero lo mismo que pasa con la hegemonía, que hasta el 31 de diciembre tiene el presidente sobre el Congreso, ocurre en el gobierno capitalino, la asamblea legislativa se verá afectada por el antes fuego amigo, hoy enemigo, y la gobernabilidad cuasi absoluta se verá afectada, de hecho ya está sucediendo.

La lucha entre los factores reales de poder, los partidos, los ejecutivos y hasta los pocos ministros independientes en la Corte, moverá a la gobernabilidad hacia la democracia; eso espero yo, pero la ley de plata, desaparición o plomo, aún no se extingue en México, ahí están los periodistas y algunos candidatos (9) durante y después del proceso electoral, y los que faltan.

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