En décadas recientes, la preservación y protección de especies se ha convertido en un tema en boga para la sociedad internacional, poniendo en el “ojo del huracán”, todas aquellas prácticas que atenten contra la vida de cualquier espécimen, como lo es la caza deportiva, el comercio ilegal de seres vivos, contaminación ambiental, etc.

Entre estas prácticas una de las más criticadas y con mayor número de detractores es la cacería deportiva, la cual, a pesar de ser mal vista por el nuevo paradigma pro ambiental que protagoniza el escenario mundial, sostiene reservas naturales en el continente africano con los impuestos y permisos que pagan los cazadores.

Un ejemplo de esto es la gran aportación económica que hizo el recién depuesto rey de España, Don Juan Carlos I de Borbón, a una reserva en Botswana en plena crisis económica española, para casar unos cuantos elefantes que pocos iban a extrañar.

Por lo tanto, la cacería puede verse desde dos perspectivas: Una, en la que es vista como un pasatiempo, y a esta práctica se le crean reglamentaciones a nivel mundial que tengan la misión de incentivar a los administradores de los lugares destinados a la caza deportiva a reproducir y preservar a las especies. Si bien esto suena alarmante para muchos, generaría recursos a los Estados que albergan este tipo de eventos, además de ser un pretexto para seguir reproduciendo a las especies.

La segunda perspectiva es prohibir la caza deportiva, otorgando a las naciones la capacidad de hacer más seguras sus reservas naturales y dando a los gobiernos, medios para emprender una lucha contra la caza ilegal.

Si bien lo ideal sería que los estados se hicieran cargo de la protección de las especies, desgraciadamente muchos de ellos no cuentan con la capacidad económica para hacer frente a la cacería. Por esto, hoy en día optar por la preservación de la biodiversidad es bastante utópico, siendo la cacería un mayor negocio.

Esta deja como resultado cantidades exorbitantes de dinero para la manutención de varias especies. Lo políticamente correcto nos dice que lo mejor es no afectar nuestro medio y responsabilizarnos de preservar la vida de especímenes que están por desaparecer, pero ¿qué nos conviene más?

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