a J.G.

Me pongo a hacer cuentas y saco en claro que más de la mitad de mi vida la he vivido al lado de ingenieros de diversas especialidades, como subordinado o asociado o coordinándolos, amén de mi fugaz paso por la entonces Escuela Nacional de Ingenieros de la UNAM. A este tránsito debo agregar que mi primer trabajo remunerado fuera de la familia tuvo lugar en el despacho de un notable arquitecto y que desde hace años he tenido contacto frecuente con un buen número de sus colegas. En el camino he cultivado amistades inapreciables.

De todo esto he derivado algunas convicciones cuya pertinencia soy el último en calificar, pero ello no me impide que de cuando en cuando eche mi gato a retozar y externe mis opiniones sobre la valía de algunas obras.

En fecha reciente viví una manifestación de mi atrevimiento al externar mi opinión negativa acerca de algunos proyectos que a lo largo de su fructífera vida logró concretar un arquitecto mexicano merecedor de amplio elogios en vida, reiterados a raíz de su relativamente reciente y lamentado deceso. Me refiero al arquitecto Teodoro González de León, sabedor de estarme exponiendo a un contundente zapatazo.

Pero como cuando hay inteligencia se puede dialogar y polemizar, pude referirme a obras específicas de don Teodoro, acerca de cuya funcionalidad tengo, según yo, dudas sustentables.

En respuesta recibí una sólida referencia a las raíces del trabajo de Teodoro González de León, a su manera de elaborar, directa y personalmente, cada uno de sus proyectos, al origen del manejo del concreto aparente, amén de la amplia gama de sus intereses musicales, literarios y demás.

A propósito de esto último recordé la lectura de un estupendo texto del arquitecto acerca de Sor Juana Inés de la Cruz, publicado poco después de su muerte, y después de otras referencias no pude sino pensar en él como un verdadero hombre del Renacimiento.

El intenso diálogo tenía lugar en uno de los grandes edificios que González de León proyectó en la etapa final de su vida, cuyo perfil triangular se puede apreciar desde la parte en que el Paseo de la Reforma bordea el bosque de Chapultepec.

Ante mi crítica por no haber aprovechado, de piso a techo, toda la superficie del predio en el que está ubicado el edificio, mi interlocutor me condujo al exterior para explicarme, con lujo de detalle, el porqué de la forma para sobreponerse sin eliminar en su totalidad una construcción diseñada por el arquitecto Vladimir Kaspé, nacido en Manchuria, de origen ruso, quien llegó a México en 1942 y se vinculó con su colega Mario Pani.

Vino a mi memoria el revuelo que causó este asunto, del que sólo me enteré por la prensa, sin ubicar el sitio, pues surgieron varias voces, entre ellas las de los vecinos, en busca de preservar la obra de Kaspé, considerada como un ícono.

La solución ideada por don Teodoro fue aprovechar en la parte superior del edificio la mayor superficie del predio, dejando libre la parte fundamental de la citada obra que funcionó como gasolinera y taller mecánico.

Dicha solución, audaz desde el punto de vista estructural, requirió del concurso de especialistas extranjeros, los cuales manejaron con absoluta solvencia el triángulo (figura geométrica indeformable, según aprendí en los cursos en la materia), sin el uso de las robustas columnas que hubiera requerido un edificio de la altura del que estoy hablando, que lo mismo ha sido llamado Torre Virreyes, que apodado Torra Chueca o el Dorito, por su forma y sus cerca de 30 niveles.

El resultado, visto a escala 1:1, con la orientación y explicaciones de un profundo conocedor, resulta emocionante tanto por la imaginación arquitectónica como por ser una hazaña de ingeniería. Todo ello sin dejar de mencionar el cuidado en la restauración del edificio del Autoservicio Lomas y de las áreas verdes y urbanas que lo rodean. Con lo cual se ha logrado un elemento edilicio funcional, con un rotundo éxito económico, que eso también buscan la arquitectura y la ingeniería.

Lo único que puedo añadir respecto a este encuentro es haber tenido la oportunidad de un aprendizaje amistoso y gratuito.

Todo lo anterior. Sin renegar de mis opiniones desfavorables acerca de obras puntuales de González de León, pero esa es otra historia.

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