Unos habitantes en Jojutla, México, trataron de rescatar los artículos personales que pudieron el miércoles de un hogar dañado por el terremoto que se registró el día anterior. Eduardo Verdugo/Associated Press

Los restos de su vida están tirados ante ellos como una cruel exhibición en una galería de lo que perdieron: una Biblia rosa, una camiseta de Mickey Mouse, platos de barro y ollas.

Su hogar quedó destruido, reducido a pedazos desmoronados de adobe que ahora sostienen una galería de diversos objetos recuperados de la devastación tras el terremoto del martes, el cual demolió grandes áreas de Jojutla, un pueblo que no está acostumbrado a los sismos, y ha causado hasta el momento la muerte de 28 personas. En México, la cifra de muertos se elevó a 273 el jueves, indicó el titular de Protección Civil en una entrevista radiofónica.

“Hemos visto esto en televisión, pero no habíamos imaginado que nos podía pasar”, dijo Hilda Nava Batalla, de 59 años, parada entre sus pertenencias bajo un techo improvisado en lo que era su hogar, donde la familia alineó los muebles que rescataron.

Jojutla, con 60.000 habitantes y ubicado en el estado de Morelos, está cerca del epicentro del terremoto y está entre los lugares del país que recibieron el impacto más fuerte. Casi la mitad de las pequeñas estructuras de uno y dos pisos en el centro del pueblo fueron destruidas. Muchas de aquellas que todavía se mantienen en pie sufrieron daños graves: balcones torcidos en los puntos de apoyo y agujeros expuestos en los costados de las casas.

Durante los años anteriores, cuando los temblores han sacudido a Ciudad de México y otras partes del país, los residentes de Jojutla superaron lo peor con pocos daños. Esta vez, recibieron más. “Por primera vez en la historia fue aquí”, dijo Efraín Castro, subsecretario de gobierno. “Jojutla ya no es lo mismo”.

Grupos de gente estaban parados en la acera, con la incertidumbre de qué seguía, en espera de que llegara la ayuda. La tarde del jueves, llegaron camisetas y bolsas de plástico con arroz, aceite para cocinar y otros artículos básicos que eran entregados por voluntarios que pasaban en camiones. Pero no estaban ni cerca de tener suficiente.

“Tenemos víveres para cuatro días”, dijo Castro. “Los expertos nos han dicho que esto es suficiente para tres o cuatro semanas”. “No estamos preparados para enfrentar una catástrofe de estas dimensiones”, agregó.

Los esfuerzos para recuperarse continuaron el jueves, dos días después del sismo más devastador registrado en México en tres décadas. Los rescatistas continuaron la búsqueda de aquellas personas aún con vida, atrapadas bajo los escombros, pero la esperanza se esfumó. En una escuela que colapsó sobre decenas de estudiantes en Ciudad de México, los funcionarios dieron un saldo final de muertos, que fue menor al anunciado inicialmente: diecinueve niños y seis adultos murieron, con la ligera esperanza de que una persona todavía esté vivo bajo los escombros.

Por todos lados en la capital, la vida parece comenzar a regresar a la normalidad. Los rescatistas y los voluntarios todavía llenan los sitios de los edificios derrumbados, pero el tráfico volvió a las calles y los negocios abrieron por primera vez desde el terremoto.

El primer impulso —salvar a personas, retirar escombros, alimentar y dar albergue a aquellos en apuros— se ha ido.

Ciudad de México está llena de recursos, a tal grado que algunos voluntarios y donaciones ya no han sido aceptados en algunos lugares. En cambio, dos horas hacia el sur del país, Jojutla es un ejemplo de escasez: los camiones con ayuda han comenzado a llegar desde Ciudad de México, pero la necesidad continua en Jojutla es en varias maneras un reflejo de la disparidad entre la capital del país y las áreas más rurales.

“Estamos pidiendo ayuda”, dijo Rosalba Baena Padilla, de 70 años, al abrir su cartera y contar los últimos 20 pesos (poco más de un dólar) que le quedan. “No tenemos trabajo, no tenemos ropa, no tenemos nada”.

En el sentido inmediato, esa necesidad es para obtener alimento y agua. Pero familias enteras acampan afuera y más de 800 personas están en los albergues. Trabajadores vestidos en overoles rojos y naranjas han comenzado el lento proceso de evaluar los daños a los edificios. Algunas familias podrán regresar a sus hogares, pero otros no podrán volver a entrar ni siquiera para recoger algunas fotos de sus seres queridos.

Cuando el terremoto ocurrió, Gloria Arcos Carpio, de 62 años, quedó sepultada en su hogar. Su esposo la desenterró con las manos con la esperanza de que lograra sobrevivir cuando la encontró todavía respirando. Pero las heridas eran demasiado graves. Ella falleció, dijo el jueves su hija, Cristina Popoca Arcos, parada al otro lado de la calle, mientras miraba los escombros en el lugar donde antes se ubicaba la casa familiar.

Popoca Arcos rompió en llanto mientras contaba la historia. Un vecino amablemente le pidió que se calmara. “Piensa en tu hijo”, le dijo el vecino.

Su hijo, Mauricio, de 5 años, jugaba tranquilamente en la acera junto a las bolsas negras de plástico que contenían todas las pertenencias de Popoca Arcos.

“No tenemos nada”, dijo.

Ellos, como los demás, buscarán alojo temporal en un albergue del gobierno hasta que llegue más ayuda.

En las calles de Jojutla se pueden ver escenas de destrucción total.

La Iglesia Presbiteriana Reformada de México Ebenezer quedó reducida a un montón de piedras. Los vecinos afirman que nadie estaba en el interior en el momento del sismo, lo cual ofrece algo de gracia ante todo el sufrimiento.

“Esto es lo importante, la vida, lo demás sigue”, dijo Ángel Gutiérrez, un doctor que trabaja en la clínica de al lado.

El jueves, el gobierno comenzó a laborar con retroexcavadoras para retirar los restos de lo que los funcionarios denominaron la zona cero. Dos hermanos, René y José Antonio Contreras Méndez, observaban en un estado casi catatónico mientras la maquinaria pesada empujaba los restos fracturados de su hogar.

José Antonio, de 26 años, estaba en el segundo piso cuando sintió la sacudida de la casa. Él logró descender por las escaleras y llegar a la calle, después volteó y vio la casa colapsar ante sus ojos.

René y otro hermano estaban en el primer piso donde la familia tenía una tienda de helados y una carnicería. Los tres hermanos lograron ponerse a salvo, pero no pudieron rescatar ninguno de sus bienes.

“Todo lo que nuestro padre nos heredó está perdido”, dijo José Antonio.


Fuente: NYTimes / Elisabeth Malkin y Azam Ahmed

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