Conforme fui creciendo, me enteré de que existe un lugar llamado el llano, que por alguna razón está en llamas; también un lugar llamado Comala donde los muertos conviven con los vivos y donde la vida no discrimina a la muerte. Yo crecí con esas alusiones, al principio poco entendibles pero que yo decía entender sin problemas. Es más, ya sabía antes de leer Pedro Páramo que todos eran muertos, todos eran fantasmas. Recuerdo la primera vez que mi padre me dijo eso: cuando me hablada de los libros y sobre todo de algunos ‘secretos’ que en ellos encontraba, la cara le resplandecía, los ojos le brillaban, entonces lo único que yo debía hacer era mostrar interés en el tema y la historia iba a llegar a mí como una anécdota familiar que se debe transmitir a las otras generaciones, so pena de transgresión.

Se acercaba entonces, o se acostaba conmigo en una hamaca y me decía suavemente al oído, como murmurando la combinación secreta de una caja fuerte: «todos estaban muertos ya» o «es realismo mágico». No era la primera vez que algo así me sucedía.  Mi padre que siempre ha sido un gran lector, me hablaba de las historias de El llano en llamas como si fueran enseñanzas bíblicas o historia elemental que uno debe saber porque sí. Es más, ahora que lo pienso bien podría ser una forma de acercarse a mí y a mi abuelo al mismo tiempo, a mí porque de alguna manera pretendía que me volviera un lector (pretensión en la que tuvo éxito) y a mi abuelo porque al provenir de una familia campesina y prácticamente haber crecido entre yuntas de bueyes y acarreos de leña, quería que yo (el último hijo de una pareja de maestros) no olvidara de dónde venía nuestra estirpe, era creo yo, su forma de reivindicar el pasado, de que entendiera su historia, de que valorara el trabajo de las personas que viven de la tierra, como mi abuelo lo hizo.

Yo infería que su amor a El llano en llamas se explicaba con el cuento No oyes ladrar los perros, que pienso era su favorito, seguramente porque la historia si uno lo piensa bien, podría retratar prácticamente cualquier parte del Istmo de Tehuantepec; quizá también porque se imaginaba cargado por los hombros de su padre, moribundo, tratando de oír los perros para guiarse y llegar al fin a un pueblo para encontrar al médico.

Las historias del Llano en llamas siempre contenían moraleja, es decir, después de la lectura en voz alta siempre había una charla de por lo menos varias horas, donde al igual que me decía que los políticos no valoran a la gente humilde y que los líderes se olvidan del pueblo cuando tienen el poder, podría también contarme que su padre repartía él solo, sobre una yunta, leche, queso y derivados que él mismo hacía con sus manos trabajadoras desde las primeras horas del día. Incluso me contó que en alguna ocasión una carreta le pasó a mi padre encima de la cabeza sin que le causara algún daño. Eran historias así, realistamente mágicas. La verdad es que nunca se me ocurrió preguntarle a mi abuelo si lo de la carreta fue cierto, creo que lo di por hecho considerando el aire mágico que también tenían los cuentos de Rulfo.

Aprendí a leer a temprana edad por la ayuda de mis dos hermanas, quienes fueron mis primeras dos maestras. Aún sobrevive en casa el pizarrón verde empotrado en la pared donde recibí mis primeras lecciones. Sin embargo, recuerdo de esa época la tortura que me provocaba el leer en voz alta, sobre todo para mi padre. Muchas tardes me decía que debía leer en vez pedir permiso para ir a jugar, y aunque la mayoría de veces me dejaba ir sin más, en varias ocasiones tuve que demostrarle mis avances en lectura, leyéndole en voz alta una de dos cosas: El llano en llamas o el periódico La Jornada. Aun hoy, cuando invoco esos recuerdos, tengo la firme convicción de que su personalidad se resumía en esas dos lecturas.

Digo que me torturaban aquellas tardes de inspección lectora, porque qué niño que desea solamente jugar no se asusta cuando ve una plana entera de un periódico. Las letras tan pequeñitas, me provocaron un gran deseo por volverme completamente ciego para no leer más, pero para mi tristeza sí podía leer letras pequeñas. Después de las primeras dos planas, argumentaba cansancio y entonces él me daba la opción de leer únicamente los titulares más grandes. Aprendí, además de la manera correcta en que se debe agarrar un periódico tan grande, todas las siglas que en esa época existieron, dudo que muchos niños supieran a los pocos años que CONASUPO significara Compañía Nacional de Subsistencias Populares o que el EZLN fuera un Ejército Zapatista de Liberación Nacional sub-comandado por un tal Marcos. En fin, eran así mis tardes de lectura en voz alta.

Lo mejor de aquellas tardes, evidentemente no era que yo leyera y mejorara mi habilidad, sino que mi padre se emocionara cuando nos tocaba leer El llano en llamas y terminara leyendo él mismo alguno de aquellos entrañables cuentos. Entre mis favoritos están Nos han dado la tierra y No oyes ladrar los perros. Esa lectura dramatizada sobrevive intacta en mi memoria. Mi padre tomaba en una mano una pequeña edición azul del Fondo de Cultura Económica, que aún traía el precio ($35) marcado a lápiz en la primera página, y se disponía a interpretar a ambos personajes con una pasión que nunca he visto otra vez, entonces retumbaba su voz en las paredes cerca del patio, retumbaban los lamentos de un Ignacio agonizante bajo la sombra de nuestra árbol de mango. Se escuchaba:

“—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.

—No se ve nada.

—Ya debemos estar cerca.

—Sí, pero no se oye nada.

—Mira bien.

—No se ve nada.

—Pobre de ti, Ignacio.”

Y entonces inevitablemente las lágrimas se me escapaban y lamentaba, y padecía el abatimiento de Ignacio en los hombros de su padre. Y me encorajinaba por mi primer encuentro con la injusticia social en el mundo. ¿Cómo es posible que Ignacio pudiera morir porque en su pueblo no había algún médico? Y haciendo alusión a Nos han dado la tierra ¿Cómo es posible que a esa pobre gente les haya tocado el llano, ese pedazo de cuero de vaca?

Es fácil de entender por todo lo anterior, la emoción que sentí por visitar por primera vez Comala, Colima, hace algunos años. El pueblo con todas las casas pintadas de blanco, tan blancas que los pobladores comenzaban a quedar ciegos a corta edad por el reflejo del sol. Pensé en todo el tiempo que estuve allí que tarde o temprano vería a alguno de aquellos fantasmas. Vería a Juan Preciado preguntando por su padre o quizá con menos suerte, a Eduviges Dyada en algún rincón sombrío del pueblo, que si ponía atención descubriría sin problemas. Ese día no pude ver a ningún fantasma. Sin embargo, en el viaje me volví una especie de conspirador con mi padre, nadie más entendía por qué nos reíamos y nos mirábamos en claves buscando a Pedro Páramo entre las pocas casas blancas que aún quedaban en Comala.

Está de más decir que todo yo soy un producto de aquellas lecturas vespertinas. Al día de hoy, cuando se habla de Juan Rulfo, El llano en llamas, Pedro Páramo o Comala, me dan ganas de leer en voz alta y demostrar que cada vez lo hago mejor, me dan ganas de estar en casa y volver a escuchar las historias de mi padre, me dan ganas de decir que con Rulfo aprendí a leer bien.

*Un día como hoy, de 1918 nació en Sayula, Jalisco Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, mejor conocido como Juan Rulfo, grande entre los grandes, nunca olvidaré que fue de mis primeras lecturas.

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