Ayer entró en vigor la nueva Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, misma que dará un giro con rumbo preciso, a un mercadoaltamente concentrado con barreras de entrada que significaban servicios deficientes con tarifas altas para la población.

El cambio se da después de casi 20 años de haberse expedido la primera Ley Federal de Telecomunicaciones en nuestro país.

Ayer miércoles también venció el plazo de 30 días naturales para poder impugnar la nueva ley a través de una acción de inconstitucionalidad, juicio que se puede promover cuando se plantea una posible contradicción entre una norma legal y la Constitución.

Vemos ahí que las fuerzas de la inercia aún desean y plantean que la legislación debe impugnarse, incluso, retan e instigan al Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) a que presente la controversia constitucional.

Estimo que las miradas ya no deben dirigirse hacia un pasado que quizá no fue el mejor. Tenemos ante nosotros la oportunidad de crear un mercado de telecomunicaciones y radiodifusión más diverso, con mayores opciones, donde el propio proceso de competencia genere mejores servicios con precios más bajos; pero ello significa un proceso de implementación y desarrollo de los objetivos de la nueva ley, a mediano y largo plazo.

Los cambios profundos y transformadores se gestan de forma gradual. Los grandes países se construyen con cambios de fondo que implican romper las condiciones de un rígido status quo.

Los beneficios que vienen son de largo alcance y sólo aquellos que tengan una visión serena, comparada e informada podrán entender que los cambios profundos que establecen las reformas estructurales, son de largo plazo, de carácter generacional.

Es casi unánime la opinión de múltiples analistas en el sentido de que una vez que han sido aprobadas por el Congreso, las reformas estructurales planteadas por el Ejecutivo federal, tanto en telecomunicaciones como en educación y energía, propiciarán una segunda etapa del actual sexenio presidencial que exigirá una enorme labor para echar a andar los nuevos modelos y hacer realidad sus bondades.

La complejidad de lo anterior se adereza con las razones de quienes apuestan a que tales beneficios no se concreten bajo un claro interés electoral, mismo que se entrelaza con aquellos intereses económicos que se han visto afectados por las reformas estructurales. Por lo que si el proceso de aprobación legislativa fue complicado, la ejecución, a no dudarlo, tendrá también sus vaivenes y jaloneos.

México está en un momento de oportunidad; se han roto viejas estructuras (como sindicatos y oligopolios públicos y privados) en lo que ha sido un paso valiente del sistema político mexicano a través de las fuerzas políticas que lo promovieron.

Lo fácil era mantener un modelo de crecimiento mediocre, con una educación de pobre calidad, con una empresa extractora de riqueza en telecomunicaciones y bajo un modelo energético ineficiente.

Auguramos mucho más trabajo y resultados paulatinos. Sólo así lograremos un México mejor.

 

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