Hay muchas maneras de pensar sobre la definición de un país; ¿qué somos? esta pregunta, que antes parecía descabellada cuando creíamos la ancestral fórmula un-territorio-una-nación-un-país, no es de ningún modo cosa menor en nuestros tiempos de corrientes migratorias, diálogo cultural intesivo y recurrentes miradas a la memoria y a la esperanza del futuro. A mi entender aparece la cultura como la mejor definición de un pueblo; somos las lenguas que hablamos, la estética que apreciamos y los sueños a los que aspiramos juntos y que sólo juntos podemos alcanzar; la mexicanidad no es un asunto constitucional – aunque mucho tenga que ver – tampoco es una regla ni una medida absoluta, la hay de diversos tonos, colores y sabores; somos así, la obra de los grandes que la van creando constantemente – somos Aura de Carlos Fuentes y también los tianguis de los domingos a donde vamos a comprar la comida de la semana con la esperanza y la nostalgia de cuando nuestros padres, nuestros abuelo o nosotros mismos la comprábamos en la milenaria plaza de nuestros pueblos – pero somos también la mano de la artesana que hace muñequitas de trapo articuladas y con vistosos botones a manera de ojos somnolientos y nuestros tenores y sopranos triunfando en Nueva York y Viena, nuestros directores y compositores que dirigen en Berlín, Roma y Buenos Aires. Somos todo eso y más, la telenovela manida y canónica que disfrutamos con un café en las tardes de hogar y también la última entrega de Jorge Volpi. Somos eso, todo eso y mucho más. Somos nuestras contraculturas y tribus urbanas punketos y skatos, darketos y reggaetoneros que comparten espacios con quienes adquieren el boleto para ver a Jaroussky en Bellas Artes. Para quienes nacimos en la década de 1970, hay un nombre de resume la organización de todo ese mundo que parece imposible de comprender y dirigir. Rafael Tovar y de Teresa.

Cuando el recordado Víctor Flores Olea presidió, en calidad de fundador el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, don Rafael fue llamado como coordinador Jurídico, luego como Coordinador de Asuntos Internacionales, unos años más como director del Instituto Nacional de Bellas Artes y, a la muerte de don Victor, ocupó por primera vez la presidencia del Consejo. Entonces, como ahora, la gestión de Tovar buscaba unificar criterios, cuando no crearlos, en materia de adminsitración cultural, despejar el batiburrillo administrativo y jurídico en materia de entidades culturales y sobre todo, dar rumbo e identidad a la gestión cultural en el país. Avanzó en ese sentido y logró mucho más.

Los mexicanos, en especial en torno al tema de la cultura y las artes tenemos peculiares contradicciones, nos quejamos por método y también por costumbre, decimos que nadie acude a los museos y que los mexicanos no leemos; las cifras duras dicen otra cosa; aunque nunca es suficiente, lo cierto es que los mexicanos leemos ahora más que nunca antes y que las exposiciones en todo el país están llenas siempre y cada vez disfrutamos de propuestas más arriesgadas e interesantes; en los últimos treinta años nuestro país salió de cierta administración provincial que se había sucedido después de las décadas gigantes que corrieron desde 1940 hasta 1970. Esa apertura al mundo, mucho más agresiva y penentrante que incluso la más tímida de nuestras conquistas comerciales, nos da vista y presencia en el mundo; después de presidir el Conaculta en dos ocasiones y ser el primer secretario de cultura, mucho del sello personal de Tovar viste nuestra manera de hacer cultura.

Tovar y de Teresa era, por sí mismo, una especie de compendio cultural mexicano personificado. Tantos años dedicó al tema que aun cuando sirvió al país fuera de nuestro territorio como embajador en Francia y en Italia, recordaba a algunos de nuestros mejores representantes, los que dieron una visión de México no sólo como fuerza comercial o como actor político, sino como una cultura que establece diálogos permanentes y profundamente afectivos con otros pueblos. A don Rafael no lo recordaremos como un gran escritor o como el enorme crítico musical que también fue, se dedicó a una tarea en la cual otros pudieran brillar y alcanzar cimas importantes para nuestro acervo cultural, eso por un lado, pero por el otro, por llevar oferta cultural a quien quisiera tomarla haciendo accesible el arte a muchos sectores que antes no la tenían; Rafael Tovar y de Teresa fue un constructor de instituciones culturales que es lo mismo que ser, desde lo más profundo, un constructor de identidad nacional.

En la conflictiva escena política nacional, la cultura en manos de Tovar nos parecía una especie de ámbito creativo en el que – con la crónica carencia de recursos – se hacía mucho más de lo que se podía; y es que ese sello personal de Tovar, en el que figuraba cierta elegancia mexicana que se remonta a muchos siglos, su serenidad y su gentileza, nos reflejaba una cultura de mesa puesta en la que amablemente todos nos acercábamos a tomar lo que nos apetecía; Tovar creo el Centro de laImagen, los fondos para el apoyo a la cinematografía FOPROCINE Y FIDEECINE, el Centro Nacional de las Artes, el Sistema Nacional de Creadores, el Sistema  Nacional de Fomento Musical y el programa de Apoyo a la Infraestructura Cultural de los Estados; esto es, una política cultural nacional basada en la identificación e impulso de los creadores para beneficio de quienes quisieran acercarse a la cultura.

Sin duda, la cultura de nuestros tiempos en México lleva la firma de don Guillermo, pero es una firma en marca de agua, de esas discretas que se notan si uno se fija bien y quiere observarlas, porque el nombre y el mérito era siempre para quienes lo conquistaban con su esfuerzo y su trabajo; pero como una forma de moderno Vasconcelos, sin más ambición política de servir a un jefe más estable y más duradero que el entorno político, eligió a la cultura en su conjunto como un ámbito de acción permanente. Tovar era prácticamente el último representante de una especie política que vistió por décadas nuestro quehacer público, el del funcionario culto, que declaraba públicamente su placer por la lectura, que se reconocía por su educación, buenos modos y conocimiento; frente a los bárbaros que golpean piñatas alegóricas con ánimos electoreros, los venales ladrones de míticas dimensiones y los políticos de medio pelo y amplias oficinas para las que la cultura es un territorio no sólo vedado sino hasta peligroso; la figura de Tovar no se basaba en la rapacidad, sino en la amistad, en una enorme red de conocidos, amigos y colaboradores que habían asumido con él la tarea de la creación y la difusión cultural como una misión social, política y personal. Tal vez por eso sus tareas fueron casi siempre polémicas, grandes debates generaban sus creaciones institucionales, pero tenía una virtud que pocas veces vemos en los servidores públicos, la del arrojo y la actitud para atreverse, para dejar algo donde antes no había nada, de modo que las siguientes generaciones pudieran perfeccionarlas y llevarlas hasta donde él mismo, como creador, no había podido imaginar.

Tovar había pasado por todos lados con idéntica soltura y cuidado; desde las aulas de la Escuela de Derecho en la UAM Azcapotzalco hasta las aulas de la Sorbona de París; escucharlo, era un placer y no podré olvidar jamás la de bromas y alegría que a un acto solemne con el premio Alfonso Reyes, protagonizó en aquella sesión memorable con Juan José Arreola, en un debate sobre una foto de don Alfonso en la que aparece con los “nickers”, aquellos pantalones cortos con que jugaban los golfistas de mediados del siglo pasado. Al mismo tiempo, era capaz de hablar de genealogías antiquísimas, de arte colonial con una sapiencia que asombraba, para terminar con una sonrisa satisfecha y un apretón de manos.

No cabe duda, Tovar ha sido el mayor promotor de la cultura en los últimos cuarenta años en nuestro país, y en realidad hoy la cultura está en el centro del debate donde antes no existía; dejó de ser banderín deportivo y manifestación patriotera; será difícil encontrarle un sucesor a su altura, pero si algo debe conservar es esa misma pasión por el conocimiento y por el saber; ese mismo gusto por la cultura y por los buenos modos; lejano de las aventuras tragicómicas del complejo cultural mexicano de la dependencia y la periferia; pienso, por ejemplo en José Carreño Carlón, que comparte esa pasión cultural y que es, también la representación de una cultura moderna y dialogante; espero que no se deje como cosa de segundo término y nos juguemos en aventuras el capítal más grande que tenemos , el único que nos puede garantizar tranquilidad en un ámbito mundial en el que todo parece tan descompuesto, nuestra cultura que es, desde luego, nuestra permanencia en la historia y en el mundo.

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